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Encyclopédie internationale
des histoires de l’anthropologie

Runa. Una biografía (bastante) autorizada

Rosana Guber

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) – CIS-IDES, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

2024
Pour citer cet article

Guber, Rosana, 2024. “Runa. Una biografía (bastante) autorizada”, in Bérose - Encyclopédie internationale des histoires de l'anthropologie, Paris.

URL Bérose : article3222.html

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À l’occasion de la célébration de ses 70 ans, la revue Runa. Archivo para las Ciencias del Hombre a consacré en 2022 un numéro spécial à l’histoire de la revue et de l’anthropologie en Argentine. En concertation avec Virginia Manzano (directrice de l’Instituto de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires et actuelle directrice de Runa), et les directrices du numéro spécial, Mariela Eva Rodríguez (CONICET, UBA) et Ana Cecilia Gerrard (Universidad Nacional de Tierra del Fuego), Bérose republie une sélection d’articles significatifs pour l’histoire de l’anthropologie.

Résumé : Née en 1948, la revue anthropologique de la Faculté de philosophie et de lettres de l’Université de Buenos Aires témoigne de l’évolution dynamique et parfois turbulente de l’anthropologie en Argentine. L’histoire de la discipline révèle les engagements, les attaques et les survivances présentes dans son dialogue avec d’autres domaines des sciences humaines, sociales et naturelles, avec le processus historico-politique fédéral (dont le cadre le plus visible est la ville de Buenos Aires) et avec le monde éditorial des revues académiques. De son rôle d’organe interne de l’Institut d’anthropologie, Runa est devenue une revue ouverte à différentes institutions et a rejoint le marché des revues scientifiques et indexées. Cet article montre comment Runa a réussi à composer avec ces différents paramètres - le développement du champ anthropologique, des revues académiques et des revues scientifiques, l’Argentine, l’anthropologie, la politique scientifique, la biographie des objets.

Esta contribución forma parte de un volumen conmemorativo que reúne aportes analíticos, bibliográficos, teóricos, interpretativos, estadísticos y experienciales. Pero siete décadas de existencia de una revista que, durante seis, se las arregló para sobrevivir sólo en un cuerpo de papel y cartulina, y viajar en ásperos bolsones de correo, o amarrada en corsets de yute, es un lapso demasiado extenso, variado y diverso como para evocar, en la Argentina, un sentido semejante a la linealidad. Y sin embargo, Runa duró todo eso. En su honor, esta contribución se propone exponer, con una descripción analítica, esa extraña continuidad ; qué fue de Runa en estos setenta años y qué hicieron estos setenta años de Runa. Es claro que el misterio reside en averiguar cuáles fueron las condiciones de tamaña permanencia pese a los cataclismos políticos, económicos, financieros y académicos que rodearon, permearon y atravesaron a la Antropología de la metrópoli argentina, la de la Capital Federal. La Universidad de Buenos Aires o, más específicamente, la Facultad de Filosofía y Letras fue, como todos, el hogar contradictorio y el activo agente que decidió o al que se le ordenó albergar y expulsar, confrontar y reunir a quienes pretendieron hacer conocer sus reflexiones acerca de alguna variedad antropológica, cuya denominación fue cayendo o ascendiendo o pugnando por instalarse, según las modas de cada época ; modas que, vale recordar, no se limitaron al ámbito académico. Runa expresó las posiciones de los antropólogos de la Universidad de Buenos Aires en distintos formatos : artículos, comentarios, reseñas, necrológicas, cartas de lectores y noticias. También lo hizo en sus tapas, en las decisiones editoriales, en los prólogos, en la disposición y la denominación de las secciones, y hasta en sus ausencias y sus silencios. Ciertamente, por aquellas páginas deambularon europeos, americanos y argentinos de distintas inclinaciones, intereses e inspiraciones, que tenían mucho, poco y nada que ver con la Universidad de Buenos Aires y sus dependencias institucionales —la Facultad, el Instituto de Antropología, el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti, y el Departamento de Ciencias Antropológicas.

¿Cómo exponer este trayecto ? Examinando su evolución a través de los datos duros de regularidad, secciones, jefaturas, número y tipo de artículos, etc., al modo, por ejemplo, del magnífico trabajo sobre la revista Arqueología (Kligmann y Spengler, 2016). Los escritos actuales sobre revistas abarcan las de tipo cultural, con sus modos de expresar climas de ideas a través de las épocas y el perfil de la publicación (King, 1989 ; Quattrocchi Woisson y Girbal de Blacha, 1999 ; Pasternac, 2002 ; Beigel, 2003 ; Chiocchetti, 2011) y las de tipo académico con los posicionamientos de la producción intelectual escrita por disciplina y subdisciplina en el campo de las publicaciones académicas, sus sistemas de jerarquización e indexación desigual que contribuyen a una globalización académica ni igualitaria, ni democrática, sino estratificada en las revistas del mainstream y en las periféricas como las nuestras (Cajaraville 1998 sobre las publicaciones de Antropología Social desde 1984 ; Romanos y Giunti 2007 sobre la consolidación y relativa invisibilidad de las revistas antropológicas argentinas ; para revistas de Ciencias Sociales y Naturales ver Beigel, 2014 ; Vessuri et.al., 2014 ; Beigel y Salatino, 2015 y Beigel, 2017, entre muchos otros).

En las páginas que siguen me gustaría ensayar otro abordaje tanto conceptual como argumentativo. Se trata de una caracterización biográfica de Runa que abarque sus siete décadas de existencia universitaria y académica, como objeto a la vez sincrónico y diacrónico, que contribuyó a la difusión de ideas, a la discusión académica, a la proyección institucional, a la renovación de agendas, a la fama local, nacional e internacional, y a la promoción de carreras científicas e intelectuales. La propuesta es contar la vida de Runa en sus propios términos ; una vida entrelazada con directores, autores de tal o cual escuela, coordinadores y organizadores, editores, evaluadores, políticos, imprenteros, etc. Quizás alentada (no con demasiado rigor) por el giro ontológico, las agencias secundarias y los no humanos, trato de hacer de Runa un personaje cuya biografía comienza alrededor de 1948. Tomándome ciertas licencias, quisiera transmitir algunos de los avatares académicos de la Universidad de Buenos Aires, particularmente de la Facultad de Filosofía y Letras y de lo que devendría en el Instituto de Ciencias Antropológicas y en la licenciatura, desde lo que imagino como hitos donde continuidades y discontinuidades son atestiguadas, entendidas y confrontadas por la propia revista. Así, veremos a Runa posicionarse en el desarrollo universitario de la Antropología, principalmente desde Buenos Aires, en relación a los acontecimientos políticos federales y locales que tomaron, envolvieron, intervinieron y cercaron a la Antropología local, a la nacional, y a las publicaciones universitarias, hasta incorporar nuevas pautas taxonómicas intradisciplinarias y efectuar la transmutación del papel a la existencia digital.

Anexo al artículo, y gracias a la invalorable asistencia de Gabriela Mattina, se ofrece una serie de tablas y gráficos con los datos duros de la revista : año real y año formal, mes, volumen, número o parte, director y secciones. Esta información, que otros artículos del presente volumen exhiben y utilizan, puede ser muy útil para futuros estudios. De hecho, mi propuesta inicial fue hacer constar datos del esqueleto de una de las revistas decanas de las Ciencias Antropológicas en nuestro país. Pero, como decía Bronislaw Malinowski en su célebre introducción metodológica a Los argonautas del Pacífico Occidental, el esqueleto no es suficiente. A la vez, pensé que ensayar una biografía interpretativa puede ser interesante y no necesariamente contrario a la facticidad. Como sucede con las biografías noveladas, las ficciones pueden iluminar lo que entendemos como real, invitándonos a un ejercicio de imaginación alternativa acerca de la vida de un material, un objeto, una vía de comunicación del conocimiento, un lugar de poder, una fuente de consagración de una trayectoria, etc. Quizás este ensayo algo excéntrico sobre los setenta años de vida antropológica porteña y nacional desde la perspectiva de una revista académica, nos devuelva otra imagen de nuestras maneras de hacer Antropología, de hacer publicaciones y, sobre todo, de hacer temporalidades prolongadas ; es decir, de hacer un objeto que expresa, contribuye y reproduce la continuidad de la Antropología en la Ciudad de Buenos Aires y también en la Argentina.

Una hija única

A esta altura no creo que sea un secreto que Runa nació de un padre inmigrante italiano con altas credenciales, Giuseppe Imbelloni, y una madre argentina de clase alta y porteña llamada Facultad de Filosofía y Letras, de apellido linajudo, UBA, en un hogar situado en el centro histórico de la capital argentina, a dos cuadras de la Plaza de Mayo y del Poder Ejecutivo Nacional : el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti. Esta casa natal tenía sus particularidades. La leyenda dice que fue construida por un arquitecto de apellido francés para la Facultad de Derecho, hermana mayor de Facultad (de Filosofía y Letras). Pero el tiempo hizo lo suyo y le dispensó distintas funciones. Para cuando Runita dio el primer berrido de páginas, ya era una casa, pero de menor porte que aquella donde residía Facultad, un edificio en la calle Viamonte al 400, a ocho cuadras de distancia, que guardaba en el sótano una gran cantidad de objetos raros que no solían verse en los palacios de la auténtica oligarquía vacuna de Buenos Aires. Los Ortiz Basualdo, los Paz, los Pereda y los Álzaga Unzué preferían las porcelanas, las telas pintadas, los tapices, los bronces y los cuadros al óleo. Los objetos del sótano de Viamonte, más algunos que irían a sumarse, procedentes del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad, eran de barro cocido, hueso, lana y fibras vegetales, pieles y piedra, pero también de metales, marfil, ébano y plumas. La cosa es que en 1927 estos objetos que, según parece, suscitaban el interés de la gente culta y entendida en cosas de antes, fueron llevados a Moreno 350. Seguramente había mucho espacio para decorar, y como quedaban bien y la gente los visitaba y hablaba de ellos, se quedaron allí para siempre. No sin consecuencias, claro, porque a poco de llegar a la casona en 1927, Museo y objetos decorativos debieron compartir el edificio con los agentes de la moderna y pretenciosa oficina de estadística de la Municipalidad de la Ciudad. A los estadígrafos no debió caerles bien esto de convivir con antigüedades y exotismos salvajes tan ajenos al espíritu modernizador que primaba en la Ciudad Luz de la América del Sur a poco de su centenario. De manera que acabaron abandonando la mansión. Más aún, en 1947, un año antes de que la pequeña Runa saliera al mundo (un mundo acotado, pero mundo al fin), papá Imbelloni se hizo traer del Museo de Ciencias Naturales toda la colección de cosas hechas o usadas por pueblos supuestamente extinguidos (les decían “objetos arqueológicos”), de manera que la mansión se pobló de más y más objetos.

Así, la casa fue tomada por un nuevo idioma, y para hablarlo había que saber. Había que saber hablar y distinguir manos de morteros, urnas funerarias de sarcófagos, altares de rehues, puntas con pedúnculo de puntas cola de pescado, raederas de raspadores, keros de aríbalos. Runita nació rodeada de todo esto como su medio habitual. Alguna vez, una nodriza debió reprenderla cuando la encontró sentada en el suelo del salón oval principal, rodeada por calaveras a las que les hacía comidita en unos cacharritos negruzcos con dibujitos en blanco. La niña, evidentemente, daba muestras de cierta sintomatología digna de análisis (de psicoanálisis), cosa que se comprenderá en las próximas páginas y que haría eclosión en su vida adulta. Runita ocupaba el centro y había desarrollado una adaptabilidad y una facilidad de palabra totalmente inusual para su edad y a su relativo aislamiento, sin otras revistitas con quienes jugar.

A decir verdad, la mansión de Moreno era una casa chica, expresión que puede entenderse de muchas maneras. Pero es que en verdad era más pequeña si se la compara con aquella de donde procedía el padre de la criatura, un gigantesco santuario de sabios argentinos y extranjeros, en una zona parquizada de la ciudad. Con su afán de antropólogo morfológico formado en su Italia natal, había compartido salas y pasillos con expertos en megaterios y gliptodontes, trozos de pizarra y trilobites, arcos y flechas. Aunque céntrico, el Museo Etnográfico tenía una escala más hogareña, con sus habitaciones, altillos y sótanos, su patio con gomero, alguna jaula con canario y cabecita negra, y un galpón en el fondo convertido en biblioteca. Barrio de edificios históricos, conventillos, mercados e iglesias coloniales, fueron testigos de la fiebre amarilla, los tambores y los cañonazos ingleses o la muchedumbre que parecía venir desde muy lejos para descansar los pies y lanzar vivas a un hombre que asomaba desde un balcón de la mansión de las mansiones. En vez, en el Museo reinaba el silencio que sólo fue interrumpido por algunas fechas malditas para algunos, benditas para otros.

En fin : Runa nació allí pero, contrariamente a las apariencias, no fue la primera hija editorial. Aquella madre ya contaba con varios hijos muy instruidos en los profesorados en Letras, Historia y Filosofía. Su hijo mayor, un varón, era Boletín del Instituto de Historia Argentina ; nacido en 1923, salía todos los años del Instituto de Historia Argentina del Departamento de Investigaciones Históricas de la mano de su padre, Don Emilio Ravignani [1], con fuentes inéditas del pasado nacional y los resultados de las investigaciones de los historiadores que vivían en el instituto. Había alcanzado 29 tomos, lo cual ya le daba derecho a los pantalones largos, pero en 1947 llegó un regente de apellido François a la casa de Facultad y decidió, por unanimidad, encerrarlo en su habitación. El joven se las arregló para salir doble y retrospectivo a 1945, gracias a una manito que le dio mamá Facultad, pero recién volvió al aire libre en 1956, con otro tutor. Ricardo Caillet-Bois reemplazó a papá Ravignani, fallecido en 1954 y a cuyo funeral Boletín no pudo asistir por el encierro.

Veinte años más tarde que Boletín, en 1942, nació Logos, su medio-hermana. En su pila bautismal, el cura le dio la misión de expresar las tres habilidades profesorales que se impartían en la residencia materna. Su padre, el literato Ángel Battistessa, tampoco pudo evitar que François la encerrara (¡en otra habitación, claro !). Se la vio merodear por los pasillos en 1951, medio perdida, otra vez gracias a mamá Facultad que consiguió la llave con ayuda de un bedel, pero recién en 1956 un nuevo decano normalizador de la casa de Facultad le permitió salir.

El mismo año que Logos, en 1942, Facultad tuvo otro varón al que llamó igual que a su hermano mayor, Boletín, pero del Instituto de Sociología (era otro segundo nombre para diferenciarlo, como sucede con las Marías y los Juanes). Su padre era un famoso abogado al que le encantaba el pasado, Ricardo Levene, quien se hizo cargo del niño al que crió cerca del cuarto de su tocayo Boletín de Historia Argentina y con quien le enseñaría el enfoque de la Sociología de entonces. En 1947 el regente lo encerró junto a su medio-hermano Boletín del Instituto. En 1952, Boletín de Sociología pudo volver a salir, pero a condición de adaptarse a las instrucciones de un nuevo tutor, Rodolfo Tecera del Franco, ya que su padre Levene andaba ocupado en otros menesteres. Este joven abogado y escritor, a quien le gustaban más la política, la prensa escrita y los micrófonos de radio que la investigación académica, condujo los destinos del niño durante un par de años (1952-1954). Fue recién en 1957 que Boletín de Sociología salió del cuarto de la mano de su nuevo tutor, el italiano Gino Germani, quien lo convenció de que se encontraban en una etapa nueva y promisoria. Para diferenciarlo de su etapa anterior, Germani le antepuso otra denominación, y lo reinscribió como Cuadernos del Boletín de Sociología. Así, mientras Boletín había sido instruido a repetir lecciones aprendidas de otros libros y en otros idiomas —que Levene y Tecera le obligaban a traducir para utilizar en los cursos—, de ahora en más Cuadernos del Boletín hablaría por sí mismo o, mejor dicho, publicaría los resultados de investigaciones originales y debidamente fundadas, acerca de la siempre compleja, tumultuosa y controversial realidad argentina.

Ahora bien, mientras Boletín, Logos y Cuadernos del Boletín vivían con su madre Facultad, en el Museo Etnográfico había una hermana a la que ellos habían visto apenas una vez, nacida entre Boletín de Historia y la dupla Logos y Boletín de Sociología. Era Publicaciones del Museo Etnográfico, hija de Facultad y del tercer ocupante de la casona entre 1930 y 1939, un salteño tan enjuto como distinguido de apellido Outes. Tras el retiro y posterior fallecimiento de este ilustrísimo prohombre de la Antropología porteña, Publicaciones siguió con un nuevo tutor, Francisco de Aparicio, al que le encantaba dar clases y ocupar aquella casa de la calle Moreno con jóvenes estudiantes de Historia, objetos y mesas de laboratorio para Antropología Física y Arqueología, las dos materias junto a Geografía Física y Geografía Humana que se dictaban en el Museo. Lo que más le gustaba a De Aparicio era recibir amigos, hacerse de compadres, apadrinar jóvenes y recorrer la Argentina.

En realidad, esta costumbre de reunirse y viajar había empezado con Outes ; fue en 1936 cuando él y otros grandes amigos suyos, la mayoría de ellos arqueólogos, decidieron formar un club (social más que deportivo), la Sociedad Argentina de Antropología (SAA), y engendrar la revista Relaciones, a la que no se le conoce madre (ni paternidad única y certera, quizás porque fue el resultado de una suerte de comunismo primitivo intelectual, quién sabe…). Su primer hogar fue el Museo Mitre, que rememoraba al presidente-general-historiador Bartolomé. Lo cierto es que la sociedad fue formada por socios fundadores con distintos domicilios : la casona del etnográfico (Outes, Enrique Palavecino y De Aparicio), el Museo Nacional de Historia Natural (Eduardo Casanova) y el ostentoso Museo de La Plata, ya famoso por exhibir en sus enormes recintos y galerías los gigantescos restos de saurios y mamíferos largamente extintos, más algunos restos humanos de antiguas costumbres, que habían quedado en sus vitrinas para bien de La Ciencia (Fernando Márquez Miranda y Milcíades A. Vignati). Todos ellos visitaban la futura casa de Runita para estas reuniones de sabios,y llegaron a adoptarla como una de sus sedes temporarias. Uno de los asistentes al club tendría un gran protagonismo en nuestra historia.

Relaciones era, en todo caso, una joven que frecuentaba Moreno 350. Su tarea era mostrarle a las principales universidades argentinas, de las Américas y de la Europa civilizada, las contribuciones de sus autores. Esos estudiosos que viajaban, medían y excavaban, databan, imaginaban, escribían y argumentaban se reunían periódicamente para exponer sus habilidades bajo distintas denominaciones : antropólogos morfológicos, físicos o simplemente antropólogos clasificaban y medían huesos, cráneos y piezas dentarias (y las distancia entre huesos, cráneos y piezas dentarias) ; los arqueólogos prehistoriadores limpiaban, preservaban, describían, dibujaban y a veces fotografiaban cacharros y pedazos de cacharros de barro cocido, objetos de piedra y de hueso ; los etnógrafos viajaban, observaban y conversaban como podían con gente medio exótica que hablaba poco y nada el castellano ; y los geógrafos estudiaban climas, suelos, ríos, costas, alturas y depresiones, aglomerados humanos, sus medios de vida y sus desplazamientos. Divididos en geógrafos físicos y geógrafos humanos asistían, también, a las reuniones de la Sociedad : cenas, seminarios y pequeños congresos para intercambiar pareceres acerca de sus lecturas, sus viajes y sus escritos, y también para hablar mal de los demás. La comida y el vestido de tapa de la joven Relaciones y las masitas y los tés de las reuniones se financiaban con el dinero de los socios y algún fondito de una agencia estatal, la Comisión Nacional de Cultura. Ciertamente, Facultad aportaría, en unos años, alguna ayuda económica y en personal (pero el asunto de la maternidad desconocida de la chica, a la que no le faltaban ínfulas, siempre se interpuso para una relación fluida con esta especie de tía y madre prolífica de las demás publicaciones). Aparentemente, todo conducía a hacer de Relaciones LA revista antropológica argentina, hija de la primera corporación de los (aún muy pocos) antropólogos nacionales. A Publicaciones del Museo Etnográfico se la dejó de ver, lo cual se atribuyó a alguna descompensación de humores. Relaciones se ocupaba de los artículos serios o de fondo, con el promisorio horizonte transatlántico y las pasarelas de la Société des Americanistes y de las bibliotecas de Viena y de Berlín, París y Londres, Madrid y Roma, Nueva York y el Smithsonian. De este destino quedaba excluido el pequeño hermanito de Relaciones, Boletín de la Sociedad, más superficial, de cabotaje, encargado de dar las noticias y algunos chismes de la última reunión del Club y de las actividades científicas y sociales de sus miembros.

Ahora bien : con toda su arrogancia, Relaciones no se esperaba que le pasara lo mismo que a Logos y a los otros dos Boletines. Privada del dinero para el tranvía desde 1944 porque la Sociedad y sus actividades, según François, no tenían carácter social, es decir, no le importaban ni le servían a nadie, Relaciones pasó tiempos difíciles. Para revertir su decretada intrascendencia, el regente le exigía a los ilustres asociados que elevaran los temarios y las fechas de cada reunión por anticipado y para su aprobación “superior”. Ofendidos en su leal saber y entender, los sabios prefirieron manifestar su desacuerdo con una nota en los diarios. El efecto fue inmediato y varios fueron separados de sus cargos. Como De Aparicio y Márquez Miranda, que ya no dieron más clases ni continuarían dirigiendo los dos santuarios-museos, el etnográfico y el de La Plata. Esta práctica, llamada exoneración, se volvería bastante habitual en los años subsiguientes (bajo esta y otras denominaciones, como la de prescindibilidad), lo mismo que la suspensión temporaria de las publicaciones y de las reuniones científicas. Así que, esta vez sin encierro, Relaciones y Boletín dejaron de ser vistos en 1947. E igual que sus primos segundos Logos y Boletín de Historia, Relaciones volvió a circular en 1956.

¿Por qué recordar estas historias ? Porque la pequeña Runa nació, precisamente, cuando sus hermanos y los dos primos antropológicos estaban encerrados o quién sabe dónde. En cambio, ella contó con el padrinazgo del regente y la activa dedicación de papá Imbelloni ; un miembro sumamente reconocido del Club, que hasta lo había homenajeado por recibir un premio nacional a su investigación sobre deformaciones craneanas de los incas. Don Giuseppe se afianzó como Don José, daba clases en la casona del Museo, en la asignatura Antropología Morfológica del profesorado de Historia, mantenía fluidas vinculaciones con las autoridades que, desde 1946 y con François, ocuparon la residencia principal de Facultad y hasta le hizo un prólogo a un relevamiento toponímico del mismísimo presidente de la nación. Así, fallecido Outes y con De Aparicio recluido en una quinta de los alrededores de Buenos Aires adonde moriría en 1950, Imbelloni quedó como la gran autoridad de la Antropología porteña, amo y señor del Museo al que posicionó como dependiente del Instituto de Antropología, del cual él se proclamó flamante creador y director. Dueño de todos los comandos, se lanzó a concretar su gran proyecto, mientras Facultad le cumplía las diligencias bajo la estricta supervisión de François (quien estuvo sólo un breve período y fue sucedido por otro habitante del Museo, también con altas ambiciones) ; pero esta vez era un geógrafo de apellido Daus. El nuevo proyecto antropológico se llamaba Americanística. Para difundirla, el insigne italiano no tomó a Relaciones ni buscó resucitar a la pobre y casi fantasmal Publicaciones del Museo. Aprovechando sus contactos previos en el Club y su cargo de director de publicaciones, Imbelloni hizo que Runa se ocupara de difundir los últimos resultados de las investigaciones, mientras una colección de gorditos de la Biblioteca Humanior expondría los lineamientos programáticos de la nueva disciplina.

Aunque el avión era todavía una rareza, la vinculación con la cuna de la civilización occidental podía hacerse sin salir del país. Muchos europeos, algunos de prestigio, habían recalado en estas playas para iniciar una nueva y promisoria etapa personal e intelectual después de atravesar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y, encima, de haberla perdido. El mismo Museo vino a albergar a dos de ellos, un prehistoriador tirolés ya consagrado, Oswald Menghin, y otro mucho más joven pero con gran iniciativa y ambición, coterráneo de Imbelloni e instruido en Antropología Morfológica como él : Marcelo Bórmida. Después llegó un francés, Jehan Vellard, etnógrafo y biólogo especialista en los uros del Titicaca y en el curare y otros venenos empleados para la caza por los indios de las tierras bajas de América del Sur. Runa empezaría a mostrar esta Antropología centro-europea que se desarrollaba en la propia casa del Museo, donde el francés, el alemán y el italiano —no tanto el inglés— resonaban como lenguas de culto. De guardarlo todo se encargaría Runa, cuyo segundo nombre era, precisamente, Archivo para las Ciencias del Hombre. Y lo guardaría en su armario construido, sobre una inmensa pared, cuando Facultad quedó embarazada.

Recapitulando, entonces, Runa era la hija dilecta de don Imbelloni. Es más, por mucho tiempo se creyó la única hija, tanto que Facultad no se animó a revelarle que sus hermanos estaban encerrados en el otro edificio y que la pobre Relaciones andaba vagando por Buenos Aires, mendigando un umbral donde pasar la noche, mientras Runa se criaba entre algodones. Mucho menos, le contó la oscura historia que seguramente terminó en las mismísimas catacumbas de Moreno 350, cuando su hermana Publicaciones del Museo Etnográfico dejó de ser vista para siempre. Don Imbelloni (1948) justificaba la creación de Runa en que la Argentina “desde más de setenta años viene trabajando con mayor empeño en esta rama del saber, ya sea manteniendo cátedras y fundando institutos en sus universidades, ya editando tratados y monografías, ya organizando museos” (p. 17). Sobreentendía que era hora de apuntar a la profesionalización y a la consolidación profesional, cuyos materiales de estudio serían provistos por Runa ; ni por Publicaciones ni por Relaciones, concebidas alguna vez con la misma misión. El diagnóstico sobre la preciada niña era bastante sencillo : Runa creció sobreprotegida y creyéndose exclusiva, toda una hija única : única sin hermanas, única con nombre propio y única por derecho propio. A diferencia de Publicaciones, Boletín y Relaciones, Runa ostentaba un nombre antiguo sin referencia institucional, una alegoría de alta cultura [2] cuyas muñecas-interlocutoras eran valiosísimas calaveras y cuyos juegos de té para niñas eran artefactos exhumados de sitios arqueológicos o de objetos exóticos de los puntos más recónditos de la tierra.

Eso sí : muy pronto debería aprender a pagar tamaña distinción con la habilidad de la taxonomía editorial y con la virtud de la aparición regular.

Virtud y honor

Fig. 1
Recuerdos de infancia 1948-1968

Runa asomaba con cierta regularidad usando su único vestidito verde claro hecho de cartulinita de percal cosida en el lomo con hilo blanco y se paseaba como volumen anual con sus dos partes correspondientes a las dos mitades del año. Aunque la prenda le fuera un poco grande de sisa, era de tan buena calidad que le duró casi cuarenta años. La versión amarronada de la foto de infancia es, precisamente, la que le tomaban, un tanto mugrienta, ¡después de jugar con las calaveritas !

Con el dinero que Facultad recibía de François y de los dos regentes que le siguieron, Runa pudo salir puntualmente (1948, 1949, 1950, 1951 y 1952), aunque su padre debía hacer buena parte del trabajo. Por eso, al pie de la última página, hacía constar : “J.Imbelloni, director responsable” (lo cual dejaba en claro, además, que prefería que lo llamaran José, con J, y no Giuseppe, con G, como el padre de Pinocchio). Pero se ve que en 1953 Facultad empezó a tener algunas dificultades cuando el contador le dijo “plata no hay”, así que por primera pero no por última vez, Runa salió en 1954 como bianual (1953-1954). El truco de simular la continuidad de dos años cuando en realidad el volumen correspondía sólo a uno le gustó tanto que se lo sugirió a los tutores siguientes para el volumen VII (1956-1957), el VIII (1958-1959), el IX (1958/1959) y ni qué hablar para el X (1960-1965 pero impreso en 1967). No era un truco inocuo. Runa se empezaba a despedir de su infancia, pese a usar el mismo vestido, cada vez más pobretón, que sacaba de su armario dividido en las mismas secciones y con los materiales para publicar organizados como Trabajos originales, Reseñas, Crónicas y Bibliografía.

A fines de setiembre de 1955 llegó otro regente a la casa de Facultad. Runa recuerda aquel año porque hubo dos jornadas separadas por unos tres meses, en que temblaron los vidrios, las urnas, el altar Shinto y hasta el gomero de Moreno 350 ; un día de junio y otro de setiembre llovieron bombas y estallaron las calles, los tranvías, las personas y la mansión de las mansiones, lo cual alteró sumamente los ánimos en el Museo. Pero Runa era muy chica para comprender y en vez de encerrarse, se puso una máscara de diablo del Carnaval de Oruro y se puso a saltar y bailotear creyendo que se venía el fin del mundo.

La cuestión es que a partir del año siguiente, 1956, el nuevo regente dejó salir a sus mediohermanos (que se veían un poco apolillados de tanto dormitar) e invitó a Imbelloni a mudarse a un geriátrico (aunque el hombre, tenaz o empecinado, desobedeció y se fue a enseñar a una escuela de jesuitas). A duras penas, Runa salió con el número de volumen VII y fechado en 1955, pero sin referencia a autoridades. La indefinición se mantuvo en el volumen siguiente. El 55 fue un año de reorganización y Runa se encontró, de pronto, que sus muñecas eran calaveras y que sus juegos de té eran, en verdad, “vasijas cerámicas de cuerpo esférico, cuello evertido, asas macizas en los laterales, con decoración incisa” o bien “vasijas cerámicas, con forma de escudillas, decoración geométrica en el exterior y posible engobe negro”. Runa también aprendió que tenía dos hermanos y dos hermanas mayores que quién sabe de dónde habían salido.

La adolescencia, se sabe, es una edad difícil, ¡especialmente para las madres ! Y la adolescencia de Runa vino cargada de estos cambios y de la moda. A Facultad se la veía muy atareada organizando tés-canasta, torneos de bridge y tertulias de poesía con los nuevos mandamases del rectorado, para conseguir fondos que le permitieran sacar a pasear a sus hijos con cierta regularidad, y vestir a sus hijas con alguna distinción. Pero algo no anduvo bien, porque en el volumen 1969-1970 la chica salió con un minishort y una remera roja con su nombre en grandes letras blancas, como si viniera del Festival de Woodstock. Y esto no era lo peor : además, en el negocito de abarrotes de la calle Balcarce se había comprado ropa interior celeste para las últimas páginas en la sección Bibliografía. Como no podía ser menos, Facultad le pegó un reto memorable, que así no podía andar por un ambiente académico, que ninguna estudiante iba así de fatal a tomar clase, que se sacara eso de inmediato y que en castigo se quedaría encerrada en su habitación. Los alaridos se escucharon desde las exposiciones de Arte Pop del Di Tella. Ahora, Runa se emperró en que era una incomprendida, que estaba cansada de salir de vez en cuando. Pero ningún improperio causó efecto. Facultad estaba muy complicada con otras cuestiones, y Runa volvió a salir recién para el aciago número XIII, con el volumen tetra-anual 1976-1980, dedicado, precisamente, a su último tutor Bórmida ; la joven no salió de negro, sino de un liso marrón.

Fig. 2
Adolescencia y remera hippie de la Galería del Este, 1969/1970-1986

Cada nueva aparición después de un tiempo parecía requerir una justificación, de manera que Runa era presentada con unas palabras por parte del tutor de turno, bajo el título de Presentación, Prefacio o Prólogo. La costumbre había empezado con la edición bautismal de Imbelloni, quien sólo pronunció “Cuatro palabras” [3]. Los tutores siguientes introdujeron sus aclaraciones sea para dedicar un volumen (como hizo el nuevo director del Museo, Enrique Palavecino, para el IX de 1958-1959 en homenaje al tirolés Menghin por sus doce años en la Argentina), sea para marcar un hito en el desarrollo de la disciplina. Así pasó con el tutor Bórmida y el volumen XI de 1968, cuando dijo “unas palabras” para celebrar los “5 lustros” de Runa [4], haber sobrevivido a “los personalismos”, al “espíritu de inercia” y a “todos los cambios que sufriera la vida académica durante los últimos veinte años” (1968, p. 5). Eso de “sufrir los cambios” no se refería a una enfermedad de apego a las tradiciones, sino a las discontinuidades político-académicas, a los regentes, a las internaciones forzadas y a todo lo cual papá Imbelloni había sido arte y parte... pensó Runa para sí.

Pero el motivo de celebración más importante para el tutor Bórmida era el surgimiento de “carreras especializadas en Antropología, en Buenos Aires, en La Plata y en otras Universidades del país” (p. XX). De hecho, el secretario del número XI (1958-1959) era un inteligentísimo estudiante de Ciencias Antropológicas de la UBA, Miguel Hángel (con H) González. Así, y por única vez, en donde constaba la afiliación institucional de Runa en la tapa y la primera página, aparecía :

Ministerio de Educación
Universidad de Buenos Aires
Facultad de Filosofía y Letras
Instituto de Antropología
Departamento de Ciencias Antropológicas

En todo caso, el tutor Bórmida destacaba que Runa “estuvo y estará abierta a todas las tendencias y a todas las escuelas” (p. XX), con el límite puesto, solamente, en el control de la calidad. Tanta explicitación debió tener mar de fondo ; más aún, no sería ésta la última vez que Runa escucharía hablar de la “apertura a todas las tendencias” (p. XX), cosa que siempre la inquietaba ¡porque no sabía si le alcanzaría el armario ! Genuina o simulada, la alusión pretendía dar cierta tranquilidad, porque ¿quién podía asegurar que Runa no correría la misma suerte que le había tocado, años atrás, a la pobre Logos o, peor aún, a la desgraciada Publicaciones del Museo ? Por eso, en cada salida después de algún receso, el tutor de turno se sentía obligado a destacar sus virtudes, a dar una explicación de la ausencia y a asegurar que el honor familiar seguía (bastante) intacto, especialmente después del paso en falso del minishort. Es que también podía ocurrir, aunque no fuera la regla, que con cada nueva salida equivalente a un regreso, Runa reapareciera más hinchada. El aspecto era algo preocupante para las jóvenes solteras de aquellos tiempos ; los atrasos también. El suyo era un caso de recurrente trastorno “semenstrual” (porque su periodicidad no era mensual) que resultaba, en casos extremos, en volúmenes dobles con más de cuatrocientas páginas. Facultad hizo varias consultas a su hermana Medicina por este tema, pero las razones orgánicas quedaron desechadas y Medicina le recomendó preguntarle a carrera de Psicología a ver si no sería un problema de nervios.

Runa había aprendido en su tierna y sobreprotegida infancia, que un volumen doble permite presentar una imagen de constancia, garantizando así la virtud más entrañable y más difícil de sostener para las revistas de entonces y, por las mismas y otras razones, para las revistas de hoy : la continuidad. Esa virtud las hace confiables, les asegura un buen nombre y una buena presencia que se expresa en la prolijidad y también en la decencia. Y pese al escándalo pasajero de 1969-1970, el tamaño se mantuvo igual hasta el volumen XIII (25 x 17 cms.), las tapas fueron generalmente sobrias, sin escote ni colorinche, alternando el verde cada vez más aguado con algún vestido bobo amarillito y más delicado para su limpieza. Para decidir artículos, homenajes y noticias, pero sobre todo artículos, como para repartir culpas en caso de alguna exclusión, los tutores se reunían con los tíos y padrinos del Comité de Redacción que, salvo en uno o dos casos, residían en la misma casa. Con el tiempo, Runa cambiaría el cuerpo, el vestuario y el comité de tíos, según veremos. Pero lo más importante era que su virtud de continuidad ratificaba la existencia, también continua, del linaje UBA.

Pasados los sucesos de 1955 y tras superar el difícil trance de ver a su padre salir del Museo en una silla de ruedas que él a los gritos aseguraba no necesitar, Runa tuvo varios tutores : Canals Frau, un etnólogo mallorquín que dirigió los dos números del volumen VIII, del bianual 1956-1957 ; Enrique Palavecino, un etnógrafo porteño pero muy viajado, a cargo del volumen IX de 1958-1959, también doble ; el romano Bórmida, que pasó de la Antropología Física a la teoría etnológica y dirigió los volúmenes X (1967), XI (1968) y XII (1970), y su viuda, la arqueóloga Amalia Sanguinetti, que dirigió el volumen XIII (el que, quizás porque era un trece, terminó siendo cuádruple (1976-1980). Desde 1948 hasta 1980, Runa exhibía los artículos de los sabios del Museo y no tenía problemas ni siquiera en publicar más de un artículo de un mismo autor en un mismo número, sobre todo si ese autor pertenecía al plantel o, desde 1958, a la licenciatura de Ciencias Antropológicas. Por sus páginas pasaron Imbelloni, su socio deformólogo A. Dembo, Canals Frau, Bórmida, Menghin, el arqueólogo especializado en el Noroeste Ciro R. Lafon, Palavecino, y algunos estudiantes aventajados (Leopoldo Bartolomé, Jorge Bracco, Pablo Aznar, Santiago Bilbao) ; publicaban, también, profesores que vivían en el Museo de La Plata, como Márquez Miranda, Paulotti, Armando Vivante y una estrella en ciernes, Alberto Rex González. Desde Mendoza enviaba sus contribuciones un suizo alemán, Juan Schobinger, y desde la misma Europa, a los que se traducía en Buenos Aires, el polinesiólogo T. S. Bethel y el experto en Sudeste Asiático Robert Heine Geldern, un austríaco que transcurrió la Segunda Guerra Mundial como refugiado en Nueva York tratando de determinar el origen importado de la escritura pascuense. Desde las antípodas políticas, el alemán y gran especialista en raciología Egon von Eickstedt le mandó a Runa una finísima clasificación de toda la Humanidad, cosa que fue capaz de hacer gracias a sus dotes de etnólogo, médico y psicólogo en el frente de la Primera Guerra Mundial (aunque su especialidad eran los sikhs que servían a Gran Bretaña y a quienes podía medir a sus anchas mientras eran prisioneros de Deutchland über alles). Desde 1920 y como director del Instituto Wroclaw, Von Eickstedt aportó criterios científicos e inapelables para separar a los alemanes de los judíos completos, los medio-judíos y los cuarto-de-judíos, todo esto para tranquilidad de los verdaderos alemanes y de los verdaderos austríacos. Si bien podría interpretarse esta colaboración como una manifestación de nacionalismo rampante del autor y de los sabios de Runa, habría que tener en cuenta que la Raciología fue, hasta terminada la Segunda Guerra, una disciplina prestigiosa que abarcaba a nacionalistas pétreos y a liberales flexibles. A todos les interesaba averiguar cómo viajaban por el mundo los humanos y sus culturas, en tiempos sin barco a vapor, automóvil, camión, ómnibus, helicóptero y ferrocarril. Las páginas de Runa también exhibían a una autoridad sobre Teotihuacán, Pedro Armillas y al valenciano Alcina Franch, un experto sobre el poblamiento de América.

¿Mujeres ? Varias y desde 1952 con un artículo de Nélida Silvetti, discípula de Imbelloni y que estudiaba culturas cerámicas del noroeste argentino ; Delia Millán, esposa de Palavecino, que navegaba entre el folklore y la etnografía ; María Angélica Carluci, estudiante de Imbelloni que hizo Antropología Física, Arqueología y Etnología, y publicó un artículo sobre los aucas ecuatorianos y la práctica de la couvade [5]. Josefa Patti, esposa del antropólogo Benigno Martínez Soler y etnóloga de los Caingang, también publicó en Runa pero se casó más cerca, con un colega de nombre Benigno. Publicarían, además, las estudiantes de licenciatura Marta Borruat de Bun, Mabel Bianchi, la etnóloga Claudia Forgione, la etnóloga y arqueóloga Celia Mashnshnek, la etnóloga Alejandra Siffredi, la misma Sanguinetti de Bórmida y Ana “Pimbo” Mariscotti que emigraría a Alemania.

Y Runa estaba en el centro de estos despliegues de erudición y ciencia, en boca de todos, fuertemente local y con pinceladas internacionales. Durante aquellos primeros treinta y dos años, cada tutor le daba un sello a la selección de artículos, los que solicitaba a sus contactos y con quienes solía compartir perspectivas similares. ¿Referato ? ¿Doble ciego ? ¿Evaluadores ? Nada de eso. El tutor era garantía suficiente para establecer los criterios y nivelar la calidad. Y para implantar los temas.

Runa recibía muchos tipos de materiales y, salvo en el volumen-homenaje a Menghin, siempre usó su propio armario, con dos puertas de madera repujada y espacio para vestidos largos, otro para trajes, blusas y camisas, cajones para ropa interior, medias y chales, chalinas y lengues. Al principio, según papá Imbelloni, bastaba con diferenciar según el carácter del artículo, no según la temática. Por ejemplo, había un gran espacio de dos metros de altura para los “Trabajos originales” ; otro de un metro y medio para “Extractos y comunicaciones”, una cajonera con “Reseñas”, “Otras publicaciones recibidas”, “Noticiero”, y una bolsa de puntillas para la “Bibliografía” interior (recordar las bombachas celestonas) y una zapatera para “Necrológicas”. Eventualmente el orden podía alterarse y en vez de “Trabajos originales”, Runa creía mejor agrupar simplemente por “Artículos”, “Trabajos originales” y “Extractos y comunicaciones”. Esta mixtura fue bastante habitual en la época de los primeros atrasos ; en consecuencia, los artículos quedaban un poco arrugados.

En 1955, Runa sufrió muchas pérdidas, además de la partida de su padre. Desde entonces, los tutores se fueron sucediendo con finales algo próximos y generalmente trágicos. Primero fue Canals Frau quien falleció a los tres años ; después fue Palavecino, que dejó viuda a “Titú” Millán en 1966. Runa todavía recuerda aquel año porque, además, una tarde helada de fines de julio entró por el patio un extraño olor que le hacía llorar los ojos. Después supo que venía de un edificio más o menos cercano donde vivía una hermana de su madre que era demasiado precisa ; era tía Exactas, quien recibió un cachiporrazo tan fuerte de la policía que casi se va del país. A Palavecino lo sucedió otro habitué del Museo, discípulo y coterráneo de papá Imbelloni, a quien ya hemos mencionado, Marcelo Bórmida, casado en segundas nupcias con la arqueóloga Amalia Sanguinetti, quien habría de sucederlo cuando falleció en 1978. Bórmida fue tutor de Runa, director de la carrera de Ciencias Antropológicas y del Instituto de Antropología durante doce años, aunque con un breve intervalo de un año y medio, a raíz de fuertes discusiones con jóvenes estudiantes y ayudantes, en las que Facultad no pudo mediar.

A esta altura, Runa ya había aprendido que asegurar su virtuosa continuidad dependía de otra cualidad, nada menor, en vistas de los movimientos tectónicos de la política argentina en las universidades : la adaptabilidad. Ante tanto desfile de tutores de variado carácter, especialidad y formación había aprendido que lo importante era atenerse a ese paraguas llamado Ciencias Antropológicas, sin prestarle demasiada atención a cuáles eran esas ciencias ni cómo las definía tal o cual. De esto, en todo caso, deberían encargarse los tutores, que para eso habían estudiado, iban a congresos y usaban palabras difíciles que ella jamás entendería, como “Antropología tautegórica”, “epi-proto-paleolítico” y cosas por el estilo.

Ahora bien, desde 1984 cultivar estas cualidades le sería insuficiente, como veremos a continuación.

Mudanzas, revueltas y vientos de cambio

Pasado el 10 de diciembre de 1983 y con el cambio de gobierno, de régimen y de todo, tomó la tutoría de Runa una mujer muy movediza : había nacido al sur de la Provincia de Santa Fe, estudiado en Rosario, recalado en La Plata, vivido en París y llegado una mañana a la casa de Facultad para informarle que había decidido mudarse allí y que por favor le consiguiera un cuarto. A Facultad ya le habían informado que Ana María Lorandi sería la nueva directora del Instituto de Ciencias Antropológicas y tutora de Runa para los volúmenes XIV (1984), XV (1985), XVI (1986), XVII-XVIII (1988) y XIX (1989-90). Formada en una escuela arqueológica algo diferente de la que había reinado en el Museo, y con la que Runa estaba bastante familiarizada, se hizo cargo en el Instituto con una adivinanza que se refería a su especialidad :

Le apasiona el pasado, pero no es Historia ;
Estudia culturas extintas, pero no es Prehistoria ;
Se ocupa de los indios, pero no es etnóloga.
¿Qué es ?

Ethnohistoria

Se trataba de algo nuevo y viejo a la vez, que gente como De Aparicio y otros de la época ya habían cultivado un poco blandamente como una auxiliar de la Historia, uno de los tres profesorados que se dictaba en el edificio de Facultad. A Runa le impresionó esa mujer enjundiosa a la que no le faltaba el physique du role para acometer lo que fuera. Pero ni Facultad ni su hija habían escuchado de ella.

Lorandi llegó a la casa de Facultad casi al mismo tiempo que el nuevo regente del edificio, un gordo bastante simpático de bigote y trato campechano que se decía “sociólogo científico”, dispuesto a reordenar las cosas desde su cargo pasajero pero de alto impacto : normalizador. Ese reordenamiento haría traquetear a Facultad más de la cuenta ; si pese a que en el pasado no habían faltado las corridas ni los porrazos, ella estaba más acostumbrada a un orden mínimo con pocos estudiantes, pocos concursos, pocos profesores, y con andares estrechos y previsibles. Algo le decía que se avecinaban muchos y, quizás, profundos cambios ; muchos estudiantes, muchos profesores y, sobre todo, muchos concursos. Mamá Facultad le advirtió a Runa que cuidara su armario del Museo, donde disponía las pilchas y los materiales de cada nueva salida. No era para menos. Al tiempo la mayor parte de los tíos habitués de Facultad dejó de ser vista y aparecieron caras extrañas que, a pesar de ser argentinos, hablaban el castellano con acentos extranjeros.

Así que un día llegaron al cuarto del armario la nueva tutora y un carpintero que el normalizador/regente le contrató a Facultad para ayudar en las reformas del edificio central y de sus otras dependencias, como la de la calle Moreno. El carpintero, que conocía el Museo y a la misma Runa por haberse graduado allí no hacía mucho tiempo, acompañó a la flamante tutora al cuarto de Runa para presentarse y comunicarle que empezarían las reformas en el interior del armario. Desde entonces se guardarían allí materiales nuevos porque los existentes, dijeron muy convencidos, se olían rancios y se veían amarillentos y con agujeritos de polilla. Runa los miró desde su pequeña estatura y se dispuso a defender otra de sus virtudes : el extremo cuidado con que mantenía el “archivo para las Ciencias del Hombre” (y la abundante naftalina que le había ido poniendo en los atrasos de los últimos años). Rápidamente, cayó en la cuenta de que su propia continuidad dependería de aceptar las nuevas condiciones ; la tradición ya no parecía un argumento válido para saldar las cuestiones. En cuanto Lorandi empezó a explicarle el sentido de los cambios, y ante los ojos bien abiertos de Runa, el carpintero empezó a hacer acotaciones : —Mire Doctora que ese espacio no le alcanza. —Mire Doctora que la altura no da para otro tabique. —Mire Doctora, Mire Doctora… —Runa era testigo de un desacuerdo que seguramente provenía de que cada uno medía con métricas diferentes. Hasta que medio como sugerencia, medio como una orden, la doctora le pidió al carpintero que siguiera con las reformas del edificio central de Facultad y que ella se encargaría de Runa y de su bendito armario.

Inmediatamente, mandó traer a un par de carpinteros que ella conocía y los puso a trabajar. Juntos vaciaron el contenido, alborotando el polvo poco menos que cuarenta años ; sacaron los barrales, las perchas, los percheros, los tabiques, los cajones y las bolsitas de lavanda archi-resecas ; midieron ángulos y escuadras, y distribuyeron aquel hueco enorme en espacios más o menos iguales y con paneles móviles. Es que los espacios tendrían otros nombres, ya no según el tipo de material (Artículos, Comunicaciones, Bibliografía, etc.), sino por subdisciplina, lo que jamás le había ocurrido a Runa. En vistas de la decisión y para honrar sus treinta años de paciente labor, Runa se adelantó y sin que nadie se lo preguntara, dijo :

— Yo sé cuáles son las Ciencias Antropológicas —le dijo a Lorandi con aires de buena alumna— : ¡Etnología, Folklore, Prehistoria y Antropología Física ! —recitó como si tuviera diez años. Pero en vez de aplausos y un MuyBienFelicitado, obtuvo un contundente :

— ¡No ! ¡Esas no ! —Runa miró para todos lados, menos a su imponente interlocutora que la doblaba en altura y espesor.

— ¡No, querida ! —siguió Lorandi con una media sonrisita y bajando el tono para no apabullarla (más)— Eso era antes.

Entonces Runa atinó a retrucar con un razonamiento tan lógico como elemental :

— ¿Pero es “Ciencias Antropológicas” o no es “Ciencias Antropológicas” ?

— Sí —dijeron los pequeños labios pintados de Lorandi— pero las Ciencias Antropológicas son más, son distintas, ¡son otras !

— Chau, ¡acá se va a armar ! —pensó Runa cuando recordó a todos los que esperaban ilusionados con salir en sus próximas páginas.

Lorandi desplegó su amplia sonrisa con dentadura perfecta y se dispuso a explicarle las nuevas secciones del armario como si fuera una clase de Primero Inferior. A cada nombre, Runa levantaba las cejas y un poquitito, muy poquitito, los hombros :

— Uno, Arqueología —dijo Lorandi con el pulgar derecho en el aire.

— Bueno —contestó Runa obediente mientras anotaba.

— Dos, Antropología Biológica.

Runa se la quedó mirando.

— Tiene que ver con la Antropología Física de antes, pero toma otros problemas y otros enfoques —aclaró Lorandi.

— Ahhhh —dijo Runa pensando en la tontería de pelearse por los nombres.

— Tres, Etnohistoria.

— Pero señora…

Lorandi, que era Señora pero sobre todo era Doctora, la miró tan fijamente que Runa supo que había metido la pata en grande. Y no sólo por eso.

— Pero Doctora, Historia está en otro lado. Creo que con Boletín, el hijo de Ravignani.

— ¡No, no es Historia, querida ! Es el cruce de la Etnología, la Historia y la Arqueología de la época colonial, es el pasado de los pueblos indígenas y mestizos, concluyó como si le hablara a la posteridad.

— Ahhh —volvió a decir Runa esperando que la escena se terminara de una vez.

Lo que vino después, fue como un geiser que brotó de pronto y de las profundidades.

— Y cuatro, Antropología Social y Etnología, pero en el otro número la vamos a llamar sólo Antropología Social.

Runa empezó a ver puntitos, a oir un zumbido sintió un sudor frío que la empujaba hacia el suelo. Debió tener cinco de presión de tinta, pero como era su primer desmayo y, al menos en el pasado había sido bastante religiosa (solía rezar delante de un altar japonés del Museo), no tenía idea si se trataba de una pregnancia del Espíritu Santo (ningún embarazo terrenal era posible por el momento) o si obedecía a un castigo divino por no haber creado una sección para Antropología Filosófica. Con el tiempo se supo que Runa tuvo lo que técnicamente se conoce como un flashback, el retorno de una vivencia traumática del pasado y que, en este caso, procedía de un tiempo repleto de voces, coros, bombos y letras en aerosol, más algunas explosiones de misterioso origen, que la habían desvelado, interesado y asustado a la vez. Fue la época en que en la casa del Museo se creó el Instituto de Cultura Popular “José Imbelloni” en homenaje a su padre, que a todo esto ya había fallecido. Pero el homenaje duró tan poco como la marea de voces y de consignas. En aquel año y medio entre 1973 y julio de 1974 nadie la convocó, ni siquiera le habían puesto un tutor, y los jóvenes aquellos habían preferido atender a una joven briosa desconocida, desenfadada y con veleidades, Antropología del Tercer Mundo, que nada tenía que ver con Runa ni tampoco con Relaciones. Para todo tenía respuesta, llevaba un vestido rimbombante y sus textos eran estruendosos. Así que Runa se mantuvo en silencio y casi no salió de su cuarto. Como no tenía mucho qué hacer y afuera había mucho bochinche, decidió recluirse a revisar sus números anteriores como quien se pone a ver las fotos de un viejo álbum (ya que por falta crónica de presupuesto, jamás le compraron la Claudia ni la Femirama, que tampoco pegaban demasiado con ese ambiente).

Mientras se recuperaba de su lipotimia de 1984 sin ayuda de nadie porque Lorandi estaba revisando unos papeles, Runa recordó que poco después de todo aquel “tole tole” de los bombos y las voces y las explosiones, llegaron unos hombres sin bombos ni voces pero sí con estruendos, diciendo que venían a poner orden, un orden parecido al que sobrevino después del olor que hacía llorar los ojos en 1966. Y como entonces, pero más, ahora volvió a reinar el silencio. Es lógico que de aquel tiempo, a Runa le haya quedado como un trauma que nadie se esmeró en derivar o atender, y al que ella misma trató de disimular para que no le pasara lo que a Psicología, según veremos. El trauma, que no se sabía en qué consistía, qué origen tenía, ni cómo se curaba, se llamaba, precisamente, Antropología Social. Runa sólo pudo balbucear una respuesta demasiado rebuscada para la situación, pero que su interlocutora valoraría, o eso creyó :

— Usted disculpe, SeñDoctora, pero la Antropología Social no es Antropología… Es un, un, ¿cómo es ? (Lorandi se impacientaba, clavándole sus ojitos, mientras Runa trataba de recordar las palabras exactas de Bórmida) ¡Ah, sí ! Es un reduccionismo sociologista. ¡Y Sociología hoy vive en otra parte !

Para continuar con este relato, deberíamos hacer una nueva pero importante digresión relacionada con lo ocurrido diez años antes que esta conversación, y otra sobre las relocalizaciones constantes que, con toda parsimonia, Facultad sobrellevó estoicamente. Cuando llegaron los hombres del orden allá por julio del 74 al edificio de Facultad, Sociología fue internada medio a la fuerza en un Instituto de Menores custodiado por abogados. Facultad no había estado muy de acuerdo, pero no hubo nada que hacer, porque el nuevo regente que llegó con aquellos hombres empezó a sahumar las aulas para, según decía, purgar al edificio de los demonios que la habían habitado en el año y medio anterior. Se ve que hacía falta demasiado incienso porque a Facultad le dio un ataque de alergia que no le habían provocado, en el pasado, ni la Acaroína ni el Gamexane. El problema no eran los sacerdotes, a los que Facultad conocía. De hecho, había entablado una estrecha amistad con otro regente que había recalado justamente un año y medio atrás, en mayo del 73. Pero desde julio de 1974, el humo le produjo tal reacción que se fue a quejar al Señor Rector. Ni bien llegó al edificio de Viamonte, un viejo bedel le advirtió que el nuevo rector era un hombre de “pocas pulgas”, estrecho margen de raciocinio y que solía terminar las entrevistas abruptamente, con un saludo que consistía en extender el brazo derecho y la mano hacia adelante, a la altura de la vista y con la palma de la mano mirando al suelo. Runa sabía del asunto porque su padre le había contado, con tremendo orgullo, que era el saludo de los antiguos romanos cuando pasaba el César. Lo que no llegó a explicarle es qué hacían los antiguos romanos en el rectorado de Buenos Aires diecinueve siglos después. Ante semejante panorama, Facultad pensó que no valía la pena correr riesgos. Hizo algunas inhalaciones de mirra que le dieron al pasar por el Departamento de Historia de Oriente al verla tan pálida y se volvió a casa. O esa era su intención, porque en la puerta se topó con un policía muy sentado ante una pequeña mesita desde donde controlaba, con cara de burócrata, las libretas universitarias de los ingresantes al edificio. Es obvio que Facultad no la llevaba encima ; graduada de profesora años ha, era también la dueña de casa. —¿Qué libreta ni ocho cuartos ? —le contestó fuera de sí. Después de mucho gesticular y mandar a traer al regente, al que fueron a buscar al inframundo donde andaba sahumando roedores (sin demasiado éxito), logró trasponer el umbral. Allí, y recién allí, se encontró con la otra gran noticia : a Psicología también la habían deportado del edificio, aduciendo un cuadro crónico de histeria (que turbaba muy especialmente al sacerdote sahumador), así que la encerraron en un edificio sólo para ella y le recetaron un tratamiento de exorcismo por electroshock.

Diez años después, en la época en que tuvo lugar el diálogo entre Runa y Lorandi, Sociología les aseguró a los abogados que estaba encarrilada (los obnubilaba con sus conceptos y una parva de autores que ellos no habían leído ni pensaban leer) y en un descuido de los custodios, un día de verano del 84, se fue a Núñez, al lado del río. Años después creó una comunidad con dos jóvenes recién llegadas, Ciencias Políticas y Ciencias de la Comunicación, a quienes se unió Trabajo Social, harta también de la casa de los abogados. A esa comunidad se la conoce hoy como Ciencias Sociales. Por su parte, Psicología siguió viviendo sola (era bastante insoportable y le encantaba interpretar a los demás, aunque no se lo pidieran). Para 1984 los exorcismos ya habían pasado de moda y los electroshocks se habían interrumpido por aumentos desmedidos en la cuenta de electricidad. Para después de la guerra de Malvinas de 1982, Psicología pidió ser tratada por stress postraumático, pero no la atendieron ni a ella, ni a los ex combatientes, así que en 1984 y por propia iniciativa, Psicología consultó a una gran psicoanalista que la trató en un diván del edificio de Independencia, hasta que le dio el alta y un nuevo edificio por la zona del Once.

Hablando de edificios, la templanza y parsimonia de Facultad, sólo interrumpidas el día que le pidieron la libreta para ingresar a su propia casa, eran francamente envidiables. Y si pese a ser una mujer inteligente y culta, con modos tradicionales, había logrado resistir tantos embates, era por su devoción a los estudiantes. Su relación con ellos era mucho más plena que con ese deambular de hombres y más hombres devenidos en decanos, regentes, mayordomos y funcionarios de variado talante, modo y proceder, que la tenían bastante cansada.

Y hablando de deambular, Facultad misma solía sentirse una vagabunda. De todas las hermanas UBA, Facultad (nos referimos siempre a Filosofía y Letras) fue a la que más veces mudaron de residencia : de Viamonte la pasaron a la calle Florida, en un edificio donde había funcionado una institución oficial de economía y comercio exterior. Después la mandaron a un viejo hospital, también de apellido UBA, que a su vez acababa de mudarse a la manzana vecina. Lo llamaban El Clínicas y estaba cerca de otras hermanas de Facultad, como Económicas, Odontología, Farmacia y Bioquímica y la más pretenciosa y rimbombante, Medicina, que se creía la salvadora de la Humanidad. En el predio de “El viejo Clínicas”, Facultad se las tuvo que ingeniar para reparar las viejas instalaciones que, por momentos, parecían un laberinto y, por momentos, un edificio en ruinas. Allí transcurrió, también, el año y medio del entusiasmo juvenil, hasta que llegaron los hombres del orden y el cura sahumador. Entonces, Facultad fue llevada a un antiguo edificio en la avenida Independencia, que ella había visitado alguna vez, pero que le disgustaba porque había funcionado como un asilo de padres dominicos. Después lo ocupó su hermana Arquitectura UBA. Facultad debió permanecer en Independencia por unos años. No más de cinco años después, Facultad pasó al edificio de una vieja maternidad, en el mismo barrio del “viejo Clínicas”. A fines de los años ochenta fue a parar a su destino actual, una antigua fábrica de cigarrillos, en un barrio arbolado, de pocos edificios y bastante tranquilo al que, sin embargo, llegó para alterar.

Volvamos, con las debidas disculpas de los lectores, a la didáctica explicación de Lorandi y las nuevas secciones del armario, de las que el carpintero ya se había desentendido para evitar más discusiones. La nueva tutora le aseguró a Runa que la Antropología Social era la de los tiempos actuales, la que hacía falta para resolver problemas de nuestra sociedad contemporánea, y que la Argentina necesitaba de ella en elevadas y renovadas dosis. También le confió, no se sabe si para tranquilizarla o para humillarla, que la Antropología Social se venía haciendo en el país, pero que Facultad y Runa habían salido tan poco en los últimos años, que ni enteradas estaban (seguramente se refería a una licenciatura de apellido UNaM, por Misiones, que entre 1974 y 1983 fue la única que hubo en el país).

Ya repuesta de su lipotimia, Runa atinó a pedir, casi con vergüenza, que le permitiera mantener las viejas secciones en la edición de 1984, porque había varios artículos en cola pero que se encuadraban en la vieja usanza. Lorandi, esa mujer enjundiosa y de timbre resonante, aceptó pero con la advertencia de que en el futuro Runa sería y se vería diferente.

— ¿Y Folklore ? —alcanzó a preguntarle Runa con resignación y por las dudas que se lo hubiera olvidado. Pero la doctora ya se había ido [6].

Obediente como siempre (al menos, por el momento), Runa trató de aprenderse qué iba dónde, porque los nuevos criterios de clasificación apenas coincidían con los anteriores. En los meses siguientes, empezaron a lloverle artículos de autores desconocidos y que no vivían en el edificio de Facultad, ni tampoco en el Museo. Bajo la mirada atenta de su tutora, Runa saludaba con una sonrisa a quienes se cruzaba en medio de semejante desfile de gente que se acercaba para traerle artículos, ponencias, notas, gente que volvía a la Facultad, gente que regresaba a la Argentina, gente con idiomas académicos a veces mutuamente incomprensibles, gente que había publicado libros, gente que había publicado artículos en francés y en inglés, gente, mucha gente como ella nunca había visto.

Tal era la expectativa que Runa salió algunos años seguidos y continuados. El primer número de la nueva época (el XIV de 1984) no tenía secciones, sino sólo Artículos Originales, como en la vieja usanza. El número siguiente reconocía secciones, pero eran las viejas conocidas, o casi : Etnología y Folklore, Arqueología y Antropología Biológica, por Antropología Física. Con el tiempo fueron apareciendo Antropología Social, Nuevas Técnicas, Etnoarqueología y la mismísima Etnohistoria, además de una sección llamada Documentos, con material de la historia de la Antropología y de la época colonial en el hoy territorio argentino. Lorandi defendía su especialidad Etnohistoria importando, como lo habían hecho Imbelloni, Canals Frau y Bórmida, a sus maestros, particularmente al ucraniano-rumano-estadounidense John Murra, y al historiador-antropólogo francés Nathan Wachtel, que había estudiado la conquista y la colonización española desde la perspectiva de los conquistados y colonizados.

Fig. 3 y 4
Tiempos de cambio, 1984-86

Ambos figuraban, junto a otros nativos y extranjeros, en el Comité Editorial y en los Consultores Externos, dos consejos de tíos de la Antropología porteña y de la Antropología de otros parajes, que ayudaban a evaluar los artículos publicables. La novedad era importante porque comité y consultores se pronunciaron también sobre las secciones del armario, el tamaño y las telas de los vestidos para hacer de Runa una publicación verdaderamente renovada. Reducida de 25 x 17 a 23 x 17 cm, Runa salió en una cartulina de mejor textura y un color diferente cada vez y que llamara la atención : amarillo fuerte en 1984, salmón en 1985, verde en 1986.

Pero el entusiasmo inicial empezó a angostarse. Se ve que dilapidaron los fondos, porque de pronto Runa cambió de las telas en color a una batista desleída que sólo cambiaba con los collares donde se leía el título, número y afiliación institucional de la revista (aclaremos que la bijouterie era de lata pintada y algo de mostacilla comprada en la calle Libertad). Es que para abaratar costos, Lorandi pasó de contratar al modisto Litodar, a la propia Imprenta de Facultad. Pero lo barato sale caro, como dice el dicho. El primer número de la nueva serie, el de 1987-1988, estaba más o menos decente, pero los que siguieron llevaban el texto interior como si hubieran sido escritos con máquina de escribir eléctrica. Además, cada volumen llevaba distintos tamaños que variaban de edición en edición : el número doble y bianual XVII-XVIII de 1987-1988 medía 21.5 x 17 cm. El XIX, también bianual, 1989-1990, tenía fondo blanco con collar de letras verdes y medía 22.5 x 17.5 cm. Runa se molestó bastante con estos descuidos ¡no podía soportar la idea de figurar en el estante de una biblioteca con alturas tan dispares y evidentes ! Nadie le explicó, por entonces, que la calidad también menguaba con el aumento de los precios, la clausura de fondos para las instituciones académicas y que Facultad se había puesto muy ahorrativa y viajaba todos los jueves al Mercado Central a comprar papel para sus hijos. Y ella no lo dijo, pero masticaba la bronca porque a ella, una mujer sumamente distinguida, también la habían mandado a lavar los platos, ¡como a algunas científicas que habían estudiado en su casa años atrás !

Fig. 5 y 6
Tiempo de vacas flacas, 1988-2001

Ahora bien. La verdad es que había otras razones para estos descuidos y de iliquidez.

Maternidad y técnicas de fertilización editadas

Es que en medio de tantas novedades y con tanta gente que iba y que venía por convenciones, congresos, simposios, seminarios y jornadas pasó lo que tenía que pasar : Runa se embarazó. El primer parto fue en 1988 y el segundo, doble, en 1991. El tema de las paternidades es aún controvertido, aunque los tres hijos nacieron y crecieron bien cuidados, nutridos y educados, a expensas de la propia Runa que pidió licencia por maternidad y volvió a la vieja usanza de los volúmenes dobles, más atenta a los niños que a sí misma (cuestión evidente en el tipo de letra, los tamaños diversos y el color de sus tapas).

Al primer hijo lo llamó Cuadernos de Antropología Social. Le sonaba bien llamarlo Cuadernos como Germani lo había hecho con Cuaderno del Boletín treinta años atrás. Pero ahora, el pequeño Cuadernos de Antropología Social, producto del encuentro de Runa y (se dice que) el carpintero que acababa de terminar sus reformas, tenía un enterito celeste medio raído. Con el tiempo, fueron encontrándole algo mejor y hoy se viste como un cuadro del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

En 1991 nacieron las otras dos, mellizas pero diferentes : una se llamó Arqueología y la otra Memoria Americana. Cuadernos de Etnohistoria y Arqueología. Dejando de lado la moda, en que Cuadernos venía a ser en los 1980 como en los 1920-1940 había sido Boletín, este doble nacimiento fue el producto de un experimento de la genética que empezaban a practicar las parejas con dificultades : en el vientre de Runa se encontraron una concepción con un ser masculino, para Arqueología, y otra un poco más estrambótica, sobre todo en aquellos tiempos. Como era de suponer, Lorandi se encargó de todo el proceso de gestación de Memorita y, sin buscarle un candidato a Runa ni esperar su consentimiento, apuró los trámites, se hizo traer semen de un banco genético francés para asegurar la calidad académica, y una noche mientras Runa dormía, le pintó con la sustancia importada la página de los datos editoriales. Runa se despertó con una extraña sensación, pero como todo estaba en orden, supuso que había sido un dulce sueño y siguió con sus quehaceres.

Lorandi se dedicaría a su dilecta Memorita, mientras a Runa le nombraron un nuevo tutor que dirigía la casona del Museo Etnográfico, un pequeño gran arqueólogo que había nacido en Córdoba y transcurrido largos años aprendiendo en la gran capital latinoamericana de los museos, México. Como Lorandi, “el Pepe Pérez” había estudiado con Alberto Rex González, quien lo había llevado a La Plata, aunque después resolvió (bastante alentado por los hombres del orden) partir por unos años al exterior. José Pérez Gollán se hizo cargo de los volúmenes XX (1991-2), XXI (1993-4) y XXII (1995). En la casona de Moreno 350, el cordobés fue toda una revolución. Con prisa y sin pausa, cambió exhibiciones y criterios, reparó el edificio, se fue a la terraza y a los sótanos y empezó a separar lo útil de lo inútil, lo identificable de lo irrecuperable. No se podía estar de tanto albañil y plomero, tanto carpintero y pintor, tanta bolsa de desechos, pero para Runa fue una linda época en que revivió sus viejos tiempos, ahora más adulta y también más libre. Igual que sus antecesores, “el Pepe” también cedió a la práctica ancestral de introducir sus temas predilectos en el armario de Runa ; en este caso, fue su pasión por la museología que vio la luz en el volumen XXII de 1995 dedicado a exposiciones internacionales y ferias, museos de Antropología y de Bellas Artes. Eso sí : de las secciones proclamadas por Lorandi ¡ni noticias ! Runa aprendía, en los hechos, que los criterios de clasificación no eran tan definitivos y que cada tutor tenía su propio orden y sus propios intereses. Así que con tanto tutor y vientos tan cambiantes, la pobre tenía que adaptarse demasiado velozmente a las nuevas propuestas. Prioridades son prioridades y ahora, en su nueva condición familiar, velaba por los tres jóvenes a quienes los llamaba informalmente Memoria, Arqueo y Cuadernos, como a Mateo se le dice “Matu”, a Sol “Solchu”, y a Bernarda “Ber”.

Desde 2002, su tutor volvió a cambiar, y ahora era, por primera vez, un antropólogo social recibido hacía muchos años en la casa de Facultad. Carlos Herrán siempre estaba de buen humor, era amable y bromista, le encantaban las anécdotas y tenía una cabellera envidiable para su edad. Todo esto debió haberle servido para dirigir más volúmenes que sus predecesores (¡salvando a Imbelloni, claro !). Fueron XXIII (2002), XXIV (2003), XXV (2005), XXVI (2006), XXVII (2007) y se coronó con el XXVIII (2008) cuando Runa cumplió cincuenta años. Como nuevo tutor se sintió habilitado a imaginar un cambio de modelo de tapa con un formato de vestido chino con motivos de petroglifo tehuelche, si es que esto pudiera existir, siempre con fondo blanco y de 21 x 15 cm para todos los números. Obviamente, su impronta no tardó en manifestarse en los temas y los autores dedicados a la ciudad y a los pobres urbanos, que Herrán había conocido en una larga estadía en la capital misionera Posadas, cuando colaboró con su amigo y colega Leopoldo Bartolomé coordinando el equipo social que relocalizaría a los pobladores ribereños del Río Paraná en la fase final de la construcción de la Represa Binacional Yacyretá. Hay que decir, sin embargo, que no todas fueron flores. Por alguna razón que Runa se empeña en mantener en secreto, un mal día debió abandonar el Museo y trasladarse, con armario y todo, a la nueva casa de Facultad en la exfábrica de cigarrillos donde se encuentra hasta hoy.

Fig. 7
Kimono petroglífico, 2002-2008

Ahora bien, desde 1995 el mundo de las revistas empezó a cambiar aceleradamente y Runa comenzó a dar señales de una cierta crisis de identidad. Las malas lenguas aseguraban que esto se debía a que las hijas de Runa se llevaban toda la atención, mientras que nadie parecía dispuesto a reconocer la virtuosa existencia de una madre tan abnegada y que había atravesado tantas peripecias. Si después de cada atraso, el tutor o el decano o el regente de turno se empeñaba en explicar las razones de la ausencia y el proyecto del nuevo retorno, esto se debía a que, por una u otra razón, Runa seguía ocupando un lugar destacado. Pero cumplió los cincuenta y en un prólogo al volumen XXIII (2002, p. 7-9), el tutor de la abundante cabellera dijo lo que todos pensaban y nadie se atrevía a decir que “RUNA ya no es más la única publicación del Instituto de Ciencias Antropológicas” (p. 9). Cuando Runa leyó el borrador, ¡casi le dio un ataque ! Al lustre de Arqueo, Memoria y Cuadernos, Herrán agregaba las “excelentes revistas” que pululaban por América Latina y “en nuestro medio”, y que llevaban otros apellidos : Avá UNaM o Intersecciones UNICen. A lo que habría que sumar otras que también se decían “antropológicas”, como Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, hija del Colegio de Graduados en Ciencias Antropológicas, las norteñas Cuadernos UNJU y Mundo de Antes UNT, y ya en el nuevo siglo Etnografías Contemporáneas UNSAM, Estudios de Antropología Social, de una pequeña casa llamada IDES, y algo más tarde, la más moderna de todas, Revista del Museo de Antropología UNC. Ante semejante panorama, Runa se había vuelto una más en el enjambre de revistas, a veces virtuosas, a veces caprichosas y siempre pretenciosas. Cualquiera fuese su carácter, todas demandaban atención, artículos, autores, correctores, evaluadores, dinero y vestidos. Herrán se preguntaba cómo seguir y se respondía, para darse ánimos y darle ánimos a su ahijada, que ante tanta especialización en subdisciplinas, Runa podría ocuparse de “las Ciencias Antropológicas en su conjunto”, e incluir a arqueólogos, antropólogos biólogos, etnólogos, antropólogos sociales y todos los etcéteras posibles, además de científicos sociales (como los que vivían en la comunidad fundada por Sociología). Sugería, entonces, que Runa tuviera “un alcance más amplio” (p. 9) que las investigaciones que se hacían en el instituto de Facultad. El desafío era mayúsculo pero, como dicen los que saben, “lo que no te mata te hace más fuerte”. Ya que estamos en su cumpleaños número setenta, habría que sospechar que Runa salió fortalecida. ¡Y cómo !

Efectos de la excesiva virtud

En 2009, emplazada en el galpón de fábrica y última residencia de Facultad, Runa recibió a su nueva tutora Mabel Grimberg, otra antropóloga social y otra mujer de carácter que actuó desde el volumen XIX hasta la actualidad, con una constancia y una regularidad sin precedentes : un volumen por año con sus dos números semestrales, como papá Imbelloni la había concebido. Aunque tamaña regularidad no sólo se debió a Grimberg.

Fue precisamente para ese año que Runa empezó a mostrar un extraño comportamiento. Quienes la conocían lo atribuyeron a la mentada crisis de identidad (¡Soy sólo una revista más !), otros a la nueva tutora, y otros al llamado “viejazo”, un ataque de realismo ligado a la edad y al tiempo vivido, a los proyectos no realizados y a los errores que son ya irremediables. Los síntomas eran evidentes : de su habitual docilidad y disposición al trabajo, Runa se volvió prepotente. Quizás fueron los nuevos vestidos que Mabel le compró para la tapa, ya no más lisos ni sobrios. Madre de tres hijos creciditos, Runa había pasado por muchas vicisitudes y “sufrido todos los cambios”. Pese a ello, podía seguir mostrando la virtud de todas las virtudes de una revista bien nacida : si no con regularidad, la continuidad que demuestra la intención de serlo. Pero en vez de responder con la sabiduría que da la experiencia, si es que los obstáculos fortalecen, Runa empezó a destilar arrogancia. No era exactamente el individualismo diagnosticado por su padre y por su tutor, ambos italianos. Facultad se cruzaba con ella de vez en cuando, e intentaba reubicarla, pero Runa ya no escuchaba. De buenas a primeras, la fama tan postergada y que creía merecer se le subió a la cabeza, sobre todo cuando empezó a ver su nombre en las pantallas de televisión. Un técnico electrónico que asistía a Facultad en estos menesteres trató de explicarle que aquello no era exactamente un televisor, sino parte de un nuevo objeto llamado “computadora personal”. Pero no hubo caso. Runa hizo como que no escuchó y siguió adelante. Después de todo, el avance de las pantallas de TV y de las computadoras iría convergiendo hacia formatos cada vez más grandes, en imágenes más nítidas y coloridas. Y ahí estaba ella, cada vez más, exhibiendo algo impúdica su nombre, su partida de nacimiento y hasta sus volúmenes anteriores, su Índice Nacional de Revista (ISSN) impuesto en 1988, su domicilio y su afiliación institucional.

A decir verdad, Runa no era la única protagonista de estos avatares. Más bien, había quedado enredada en las algas de una marea técnica, electrónica y comunicacional que, desde los años noventa, lo fue invadiendo todo. Ya en el volumen 24 (no más en números romanos) de 2003, Runa daba su dirección de correo electrónico y dos años después pedía que le entregaran los artículos en papel, como siempre, y en un disco cuadrado de plástico que se fue achicando con el tiempo y que se conoció como diskette. Pasaron apenas unos años y empezaron a aparecer los registros nacionales e internacionales de revistas, los catálogos y directorios conocidos en el ambiente como indexaciones, una especie de marquesina gigante donde instituciones, autores, tutores y lectores se clasificaban y medían a través del estatus con que se inscribían las revistas. Runa mostró por primera vez algo de esto en el volumen 25 de 2004-2005. Aún se desconocían los efectos de estas tonterías pero, con el tiempo, se vería por qué Runa, la servicial, se había vuelto un tanto déspota en nombre de la apariencia y la aparición (valga la redundancia).

Entreverada en un mundo de redes sociales electrónicas, fotos e información, ya nadie podría dictarle qué y cómo publicar. No había quién la contradijera cuando empezó a vociferar que si su tutora lograba darse cuenta de la gema que tenía en sus manos, Runa podía convertirse en la principal revista antropológica de la Argentina. Es posible que tuviera cierta razón en sentirse la decana de las publicaciones en la materia (aunque Relaciones fuera, desde 1956, su más tenaz competidora) ; su calidad no había decaído, o en todo caso no había mucha diferencia entre ella y las demás. De manera que lo único que había que hacer era recauchutarla un poco, ponerla presentable y entrar en el concurso de revistas indexadas que se abría constantemente en cada portal y en cada catálogo virtual. Para participar de estos concursos de belleza, Runa sólo tenía que hacer bien los deberes : pintarse las referencias, adoptar medidas para las citas bibliográficas, elegir buena ropa y vestirla con un estilo estándar, hacerse un corte de pelo a la moda, convocar a un comité de tíos a los que no necesariamente conociera y asegurarse que los colaboradores no fueran todos de la casa de Facultad. ¿Y el contenido ? Bueno, el contenido no era un problema. Era un secreto a voces que si ella estaba convenientemente indexada, los artículos incrementarían automáticamente su valor. El verdadero problema era entrar en los concursos y ser, al menos, finalista. Y eran tantas las concursantes que todo dependía del trabajo administrativo de sus tutores para inscribirla y mantenerla inscripta. Si los tutores se ponían en frecuencia, Runa sería un objeto de deseo y todos querrían publicar con ella porque sus artículos los vería más gente y porque todos sabrían que si es Runa, es bueno. ¿La clave ? La tan mentada regularidad. ¿Y la calidad de los contenidos ? Con uno o dos evaluadores, Runa se aseguraría un material aceptable, aunque los evaluadores fueran siempre los mismos y para todas las revistas. La diferencia no estaba en la originalidad de los autores que la buscaban ; estaba en las gestiones de las oficinas donde se tramitaba el ingreso al concurso de indexación y luego en los contratos para desfilar en los portales, estar siempre disponible a toque de link y, sobre todo, ser muy muy pero muy regular.

Obviamente, allí estaba la tutora para establecer las grandes líneas, pero en el nuevo panorama de las revistas indexadas, Runa sentía que el Instituto de Ciencias Antropológicas UBA le quedaba un poco chico. Entonces comenzó un proceso de transformación asombroso : Runa empezó a perder su propio perfil. Sus artículos hubieran podido publicarse en cualquiera de sus competidoras, al menos las de la región, y Runa se convirtió en una más de las actrices del music hall titulado Publish or Perish. Ya hacía tiempo que cantaba en inglés ; lo había aprendido a fines del siglo pasado, agregando a los tres niveles de Facultad, su larga facilidad para incorporar otras lenguas. Pero ahora el inglés le servía para aparecer en las vitrinas indexadoras y para encarar interminables cursos de capacitación y modernización de la edición digital, uñas esculpidas, acceso abierto y otras expresiones esotéricas.

Runa, la antigua, la nacida en la otra y pequeña casa de Facultad, la que no entendía qué era Antropología Social ni Etnohistoria ni Antropología Biológica, ahora dominaba el lenguaje de los índices bibliométricos, el factor de impacto, y se competía en los concursos de belleza exhibiendo su regularidad, sus metadatos, sus tiempos de entrega y de respuesta, sus criterios de publicación, sus registros de ISSN, sus autoridades, entre tantos otros requisitos que le costaban, a su tutora, un trabajo infame para completar formularios, estar al día y, sobre todo, tenerla tranquila, cosa que no siempre lograba. Una mañana, Runa le mandó un e-mail y le dijo, TODO EN MAYÚSCULAS, es decir, a los gritos, que había que presentar los campos completos, que ella no se quedaría fuera de las nuevas indexaciones, que más le valía asegurar su periodicidad semestral, que los jurados internacionales de belleza eran muy exigentes y que Mabel y su equipo tenían que estar a la altura de las circunstancias para cumplir con los “estándares internacionales de calidad editorial científica”. Mabel respiró hondo y le contestó, todo en minúsculas, que se quedara tranquila. Pero eso de los estándares... internacionales… y sobre todo, de “calidad editorial” realmente la perturbaron. Acaso porque ella misma se había criado en un tiempo en que la calidad dependía del contenido de los artículos y no del traje de ocasión. Lo cierto es que, inmediatamente después de este intercambio de mensajes, Mabel se puso a trabajar —una vez más— en el laberinto digital-burocrático. Y si bien Runa no fue la reina —siempre ganan las rubias en esos concursos—, ocupó un lugar entre las finalistas. El concurso, sin embargo, no significó el final de las preocupaciones, porque los puestos en la web hay que mantenerlos, haciendo del concurso casi un modo de vida. Y así como para satisfacer a las agencias científicas, los investigadores necesitan publicar una y otra vez sin cesar ni importar demasiado ni el mensaje ni el contenido, lo que importa ahora de Runa es su vistosidad, su apariencia, ganar nuevos concursos y seguir participando. El del Núcleo Básico de Revistas Científicas Argentinas es un concurso de cabotaje ; los de Scielo y Redalyc tienen mayor proyección pero son latinoamericanos ; Latindex e Hispanic American Periodical Index son iberoamericanos, y Open Academic Journals Index y Ulrich’s Serials Analysis System ya hablan en inglés [7]. Pero Runa insiste y abruma a Mabel diciéndole que ella se merece sacar la tarjeta Gold de Elsevier y le hizo un escándalo cuando supo que su hija, Arqueología, ya tenía más indexaciones que ella y figuraba en Scopus (aunque por ahora duerme tranquila porque sólo está en el cuartil 2).

En fin. Mabel suele asentir con paciencia judeo-cristiana, pero al cabo de diez años ha visto su transformación : no basta con haber hecho todo lo que le pidió ; Runa cree que merece el título de Miss Primer Cuartil y no piensa descansar hasta pertenecer. Encima, y con toda la ola feminista y aunque su nombre, según cierta acepción, significa “hombre” en quechua antiguo, como le explicó papá Imbelloni y recordaron varios tutores (Herrán le dedicó todo un párrafo en el prólogo del 50º aniversario), ella cree que con sólo quitar la última palabra del subtítulo y llamarse “Archivo para las Ciencias”, ya podría integrarse al movimiento de las metropolitanas, con muchas más indexaciones que ella, y dejarse de afeitar las axilas. Por ejemplo, la británica Man armó un flor de “tole-tole” hasta que cambió el flemático “Man” por Journal of the Royal Anthropological Institute. Alguien, sin embargo, le advirtió a Runa que los franceses se siguen llamando L’Homme y que los vieneses-suizos siguen hablando de la más genérica Anthropos. Ella preferiría quedar como ¡Runa, Archivo para la Ciencia ! pero es dudoso que vaya a quedar así, porque a ella la han registrado, hace mucho tiempo, con su nombre primigenio.

Volvamos, pues, al principio y hagamos un balance. ¿Acaso Runa realizó el gran proyecto de su padre ? Cuentan los memoriosos que Imbelloni tenía grandes expectativas para la Antropología porteña y para su preferida cuando aún la llamaba Runita. Debe haber sido a poco de asumir como director del Museo Etnográfico y del Instituto de Antropología cuando recibió la visita del arqueólogo estadounidense Gordon Willey. El encuentro fue en la sala del director, pasando la puerta cancel, la primera a la derecha. Como ni el visitante dominaba el italiano ni el castellano para hablarlo, ni el visitado manejaba el inglés (al que jamás pudo tragar por razones extraacadémicas), requirieron como intérprete a un joven médico a quien ya hemos mencionado en esta historia : prometía bastante como arqueólogo, cursaba su doctorado en Columbia, Estados Unidos, y se llamaba Alberto Rex González. Wiley recibió la deferencia de una visita guiada por el mismo director y conversaron, Rex mediante, acerca de la Antropología de los dos extremos de América. Pero hubo un momento, sólo uno, en que el intérprete resignó su función y modificó el mensaje. Fue cuando Imbelloni le aseguró a Wiley, un poco solemne para compensar su escasa estatura, que “Desde aquí (señalando su escritorio) iluminamos América. El mensaje nunca llegó, al menos verbalmente, y el mensaje travestido no trascendió en el tiempo.

Si Imbelloni pudo creer siquiera que su ilusión era factible fue porque el destino manifiesto de la Argentina se imponía por encima de sus conflictos y sus azares, y hasta de su posición periférica al Incario, a las Américas y al mapa mundi. Desde la costa pantanosa del Río de la Plata, habitada por nómades sin Estado, el insigne ítalo-argentino inventaba una tradición de gloria bonaerense y portuaria, abierta al universo civilizado de la ciencia, universo algo diezmado por la guerra de todas las guerras y la inhumanidad de toda las inhumanidades. Runita fue criada en esta mentalidad, sin importarle que su nombre viniera de una civilización precolombina algo distante a estas tierras tan planas. Y sin embargo, pese a todo y con el tiempo, Runa aprendió que podía hacerlo, que podía encarnar aquel mandato paterno, una vida plagada de dificultades y cambios repentinos. Y está bien que así sea. Ella tiene mucho que enseñarnos a los que fuimos subiéndonos uno por uno, a cada vagón de la historia de la Antropología de los últimos setenta años. Con silencios, sobreentendidos, malentendidos e innumerables páginas impresas, Runa cambió y fue la misma, contó una historia continua y pespunteada por tironeos y algunos puntos corridos en la media de nylon. Su vestidito verde de percal pasó por distintas etapas y mudó por el formato adelgazado con tonalidades sedosas como un kimono petroglífico. Hoy luce tapas callejeras, como un jean rasgado, igual que su historia. Es que, haciendo de defecto virtud, se renueva con impulso constante y saca lustre a los girones de sus idas y sus vueltas acompañadas de cerca o a la distancia por Facultad, en algo así como un río de fluir constante.

Ojalá siga.
Ojalá su continuidad no se transforme en una finalidad en sí misma.
Ojalá sostenga su épica septuagenaria sin olvidar sus caídas, suspensiones, hinchazones y mareos.
Ojalá pueda usar su sabiduría para imaginar perfiles originales, menos iguales a todas y más propiamente nuestros.

Referencias bibliográficas

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Fuentes

Archivos del Museo Etnográfico

Anexos

Anexo 1. Vestidos de tapa desde 1948 [8]. Montaje realizado por Gabriela Mattina, 2022.

Anexo 2. Presidentes de la nación, rectores de la UBA y decanos de la Facultad de Filosofía y Letras
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Agradecimientos
Runa y esta biógrafa agradecemos a Gabriela Mattina, asistente de investigaciones del CIS-IDES/CONICET, por haber realizado la búsqueda de archivo electrónico y la sistematización visual y cronológica de los datos de las distintas ediciones y épocas de Runa. También agradecemos las lecturas preliminares de Axel Lazzari, Jazmín Ohanian, Rolando Silla, Sergio Visacovsky y el Maestro Carpintero Mauricio Boivin, y las sugerencias de Joaquín Vitali.

Biografía
Roana Guber se graduó como Licenciada en Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y como Magíster y Doctora en Johns Hopkins University. Es Investigadora Principal del CONICET y Directora del Centro de Antropología Social del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y de la Maestría en Antropología Social (IDES-IDAES/UNSAM). Investiga el método etnográfico, las antropologías argentinas y las experiencias de los protagonistas del conflicto anglo-argentino por las Malvinas e Islas del Atlántico Sur (1982). Es autora, entre otros libros, de El salvaje metropolitano (1991), La Etnografía (2001), La Articulación Etnográfica (2013) y de Experiencia de Halcon (2016). Es editora de Trabajo de Campo en América Latina (2018) y coeditora con Lía Ferrero de Antropologías hechas en la Argentina (2020, ALA). https://www.researchgate.net/profile/Rosana-Guber
https://conicet-ar.academia.edu/RosanaGuber
guber.rosana@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-0469-8982

Resumen : Nacida en 1948, la revista antropológica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires atestigua el dinámico y a veces turbulento devenir de la Antropología en la Argentina, sus compromisos, ataques y supervivencias en interlocución con otras disciplinas de las Humanidades, las Ciencias Naturales y las Ciencias Sociales, con el proceso histórico-político federal, del cual la Ciudad de Buenos Aires fue su más conspicuo escenario, y con el mundo editorial de las revistas académicas. Desde su ámbito de publicación de los investigadores del Instituto de Antropología, Runa se convirtió en una revista abierta a procedencias diversas y se incorporó al mercado de las revistas científicas e indexadas. Este artículo presenta cómo Runa fue sintetizando estos distintos ejes —desarrollo del campo antropológico, de las revistas académicas y de la política universitaria— y cómo se las arregló para sobrevivir, desde su propio punto de vista.
Palabras claves : revistas científicas, Argentina, antropología, política científica, autobiografía de objetos.

Runa. Uma biografía (bastante) autorizada
Resumo : Nascida em 1948, a revista antropológica da Faculdade de Filosofia e Letras da Universidad de Buenos Aires é testemunha do futuro dinâmico e às vezes turbulento da antropologia na Argentina, seus compromissos, ataques e sobrevivências em interlocução com outras disciplinas das ciências humanas, Ciências Naturais e Ciências Sociais, com o processo político-histórico federal, do qual a cidade de Buenos Aires era o cenário mais conspícuo, e com o mundo editorial das revistas acadêmicas. Como espaço de publicação dos pesquisadores do Instituto de Antropologia, Runa tornou-se uma revista aberta a diversas instituições e ingressou no mercado de periódicos científicos e indexados. Este artigo apresenta como Runa conseguiu sintetizar esses diferentes eixos —desenvolvimento do campo antropológico, periódicos acadêmicos e política da universidade— e como conseguiu sobreviver, a partir do seu próprio ponto de vista.
Palavras chaves : Revistas científicas ; Argentina ; Antropologia ; Política científica ; Autobiografía de objetos.




[1La publicación fue siempre anual salvo entre 1928-1932 y 1936-1937 que se editó semestralmente.

[2Al retomar su trayectoria, un editorial a cargo de Márquez Miranda, exonerado por el peronismo, advertía los motivos, no sólo financieros, de tal ausencia : la interrupción de la subvención universitaria obedecía a que “se” la consideraba “carente de interés para el desarrollo de la cultura argentina”. Era claro que las disidencias de Márquez Miranda no eran teóricas, pues sus artículos coincidían con la orientación que prevalecía entre los arqueólogos del Museo. Pero su regreso y puesta a cargo de la Sociedad y de la asignatura de la Universidad de Buenos Aires de la que fuera titular hasta 1947, mostraban en aquel Prefacio una divisoria que se había convertido en, y era ya reconocidamente, política. El ahogo financiero de la Sociedad y la subsiguiente falta de interés no eran cuestiones sólo académicas, y es imposible no ver el decurso de las revistas antropológicas en términos más generales : Runa venía de hecho a ocupar el lugar de Relaciones, como revista propiamente antropológica del Museo Etnográfico. Márquez Miranda y otros recién llegados a la Facultad desde 1956 publicarían en Runa y el carácter de ésta no sería muy diferente del de Relaciones, aunque con el tiempo Relaciones se volvería cada vez más arqueológica y Runa más etnológica.

[3El volumen de 1951 estuvo encabezado por un prólogo que explicaba la dedicación exclusiva a una temática, la isla de Pascua. Pero a Runa no la llevaron porque era muy chica. Sobre “Cuatro palabras” ver Masotta (2022).

[4La cumpleañera trató de corregirlo antes de mandar a imprenta ; aunque era joven, sabía que un lustro eran cinco años y que cinco lustros no daba veinte sino veinticinco. Nacida en 1948, en 1968 ella cumplía veinte (por suerte las mujeres y las revistas no debían hacer la conscripción a los veintiuno). Pero Bórmida no quiso escuchar. La opinión de las jovencitas no era muy tenida en cuenta por entonces.

[5Runa le cambió la vida, porque Carluci recibió una carta y la visita en Buenos Aires del antropólogo ecuatoriano Antonio Santiana (a quien Imbelloni definió como “el Imbelloni de Ecuador”). Se casó con él y, en estricto orden virilocal, se fue a vivir a Quito para siempre porque fueron felices y comieron perdices. A Runa siempre le gustó contar esta historia.

[6La pregunta no era inocente, ni tampoco neutra. En otra casa, pero muy lejos de allí, había un Cuadernos que databa de 1960 y que fue cambiando el segundo nombre a “del Instituto de la Tradición”, “del Instituto Nacional de Antropología” y, finalmente, “del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano” con lo cual quedó con un ligero sesgo nahua como INAPL. Hoy receptor de varios artículos de distintas subdisciplinas antropológicas, este Cuadernos nació como expresión del Folklore. Como otras disciplinas fueron tomando la delantera y Folklore quedó atado a la guitarra, una señora doctora solitaria llamada Martha Blache se las ingenió para inventar la Revista de Investigaciones Folclóricas. Runa no llegó a alternar demasiado con ellas, pero sabía y, a veces, temía de su existencia.

[8Los vestidos aquí fotografiados son ejemplares comprados ni bien se pusieron de moda, y siempre teniendo en cuenta el poder adquisitivo de Facultad. Runa solicita a los lectores que tengan en cuenta los gustos de cada época para una correcta ponderación de los mismos. Composición : Gabriela Mattina.