Estereotipos étnicos de los indígenas en los primeros estudios coloniales sobre la Guinea española (1900-1936)

Juan Aranzadi

Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Madrid

2021

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Aranzadi, Juan, 2021. “Estereotipos étnicos de los indígenas en los primeros estudios coloniales sobre la Guinea española (1900-1936)”, in Bérose - Encyclopédie internationale des histoires de l'anthropologie, Paris.

URL Bérose : article2347.html

Las primeras publicaciones etnológicas sobre las poblaciones “indígenas” de la Guinea española que merecen el nombre de estudios –la etnología de los Padres Claretianos sobre los bubis y la etnología del IDEA [1] sobre los fang y los ndowe– son posteriores al triunfo de Franco en la guerra civil española (1936-1939). Pese a sus desiguales y por lo general incumplidas pretensiones “científicas”, están impregnadas de la ideología nacional-católica del régimen franquista y heredan los estereotipos étnicos de los “indígenas” guineanos elaborados en las primeras publicaciones coloniales (1900-1936), que son objeto de atención en este artículo. [2]

Primeras síntesis enciclopédicas

En la lista de “Publicaciones sobre Fernando Po” que incluye en Los bubis (2008 [1923]), Günter Tessmann, que hace un análisis muy crítico de todo lo escrito antes de su obra y es más bien reacio al elogio, [3] añade una nota, la nota 11, a su referencia al “Diccionario enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo octavo (F). Barcelona. 1891” en la que dice: “Un compendio muy útil y exacto de todo lo que se conocía, hasta entonces, sobre Fernando Po”. El autor de ese artículo sin firma, elogiado por Tessmann, es Ricardo Beltrán y Rózpide, autor asimismo unos años más tarde del número XVII de los “Manuales Soler” dedicado a La Guinea Española (1901), primera síntesis enciclopédica de los conocimientos sobre la colonia africana, cuyo índice de materias tratadas [4] se mantendrá básicamente idéntico en obras posteriores elaboradas con la misma finalidad sintética y divulgativa, como Báguena (1950), Pelissier (1964) o Terán (1962). No parece por tanto mala idea tomar como línea directriz inicial de los estudios coloniales sobre Guinea una somera comparación de lo que, en estas sucesivas síntesis divulgativas, se (des)conocía y de lo que interesaba acerca de Guinea y especialmente sobre su población, en 1901, 1950, 1962 y 1964. Sólo la primera de esas síntesis se publica antes del franquismo; las otras tres las edita el IDEA. En el capítulo I, Beltrán y Róspide da “Noticia histórica” de las expediciones militares comandadas por el Conde de Argelejos, Lerena, Guillemard de Aragón y Chacón; expone asimismo cuáles son las publicaciones de viajeros –Andrés; Moros; Pellón (1870)– [5], de misioneros –Usera; Martínez y Sanz; Irisarri– y de exploradores –Iradier , Ossorio, Bonelli–, de las que, junto a los informes administrativos y datos oficiales, extrae las informaciones con las que elabora su síntesis.

En los cuatro primeros capítulos, Beltrán y Róspide va exponiendo el caudal de conocimientos que los colonizadores españoles han ido adquiriendo sobre la geología, geografía, climatología, ecología y biología (flora y fauna), condiciones sanitarias, etnología, etc. del país, conocimientos que irán creciendo y perfeccionándose en años sucesivos, exponiéndose con el mismo estilo y actitud objetivos, “científicos” y aparentemente desideologizados en las publicaciones africanistas españolas de años posteriores.

La ontología naturalista característica de la “composición del mundo” del Occidente moderno, [6] que los antropólogos actuales seguimos compartiendo, lo queramos o no, con los autores que aquí analizo, nos lleva por lo general, si no hacemos un esfuerzo crítico radical para evitarlo, a percibir el etnocentrismo ideológico únicamente en las ciencias humanas, permaneciendo ciegos a su abrumadora presencia en las ciencias naturales. En el caso de los estudios coloniales de carácter geográfico, biológico o ecológico sobre Guinea Ecuatorial, la manifestación más evidente de ese etnocentrismo naturalista que contempla el reino supuestamente autónomo de la naturaleza como un simple objeto a conocer, dominar y explotar, es el absoluto desprecio a la etnozoología, etnobotánica, etnomedicina, etc., de las poblaciones colonizadas, el completo desinterés por la ontología de los nativos (animista, totemista o analogista, según Descola) [7] y el correlativo estudio del clima, del territorio y de su flora y fauna (incluida la fauna humana) desde la exclusiva perspectiva de su utilidad productiva para los colonizadores.

Donde más claramente se manifiesta el carácter ideológico etnocéntrico, cuando no abiertamente racista y racialista, del pensamiento científico colonial es en ese ámbito ambiguo de intersección entre ciencias naturales y ciencias humanas configurado en la segunda mitad del siglo XIX por el entrecruzamiento de la biología, la antropología física y la medicina. El colonialismo español en Guinea se hizo eco desde el principio de todos los ideologemas de ese etnocentrismo científico colonial: desde la interpretación del “encuentro colonial” a la luz de un darwinismo social que extrapolaba a las “razas” la selección natural actuante sobre los individuos y permitía concebir el imperialismo como un proceso biológico y explicar el exterminio de las “razas primitivas” como un fenómeno natural inevitable, hasta la legitimación de la colonización como un proyecto de higiene y sanidad pública, [8] pasando por una concepción determinista climático-racial de las enfermedades y de su efecto diferencial sobre blancos y negros.

Con todo ese lastre ideológico, la medicina colonial fue el primero de los ámbitos de atención de los estudios sobre Guinea y lo fue por poderosos motivos prácticos. Fue el descubrimiento de la quinina lo que permitió la ocupación militar europea del continente y un simulacro de victoria pírrica contra el paludismo (una enfermedad convertida, como luego la lepra, en ícono de la “peste” africana que la civilización europea tenía la filantrópica obligación de curar); fueron los “milagros” que operaba la biomedicina occidental los que esperaban los colonos que destruyeran la teodicea y terapéutica nativas y provocaran la crisis y desaparición de su específica cultura de la salus (salud y salvación); fue el avance de la arquitectura hospitalaria colonial lo que fue interpretado por los nativos “como prueba adicional del control irreversible de las fuerzas de ocupación sobre sus propios territorios”; [9] fue –y sigue siendo, contra toda evidencia– la supuesta eficacia superior de la sanidad colonial el principal argumento a favor de las bondades del colonialismo. [10]

Beltrán y Rózpide se hace eco en 1901 de estos estudios sanitarios y los utiliza para justificar la división racial del trabajo entre blancos y negros. Pero sólo lo hace tras un capítulo dedicado a la etnología de las poblaciones nativas que, aunque puede ser calificado de pobre (porque pobres eran las informaciones que entonces se tenían sobre los llamados “indígenas”) y esboza ya algunos estereotipos etnocéntricos de dudosa fiabilidad y larga perduración, como la compra de mujeres entre los bubis o la antropofagia de los fang (estereotipos que Beltrán recoge de la dispersa literatura anterior sobre las poblaciones nativas), carece de los acusados rasgos abiertamente racistas que caracterizarán a la mayoría de las publicaciones posteriores. Dada la fecha en que el libro está escrito (se publica en 1901, año en que el Estado francés entrega al español el territorio del Muni, que sólo ocupaba en su zona costera), el autor maneja y expone mucha más información sobre los bubis que sobre los ndowe o los fang, entonces llamados pamues.

Primeras imágenes de los bubis

La imagen que presenta de los bubis del siglo XIX no cambiará mucho en informes etnológicos posteriores sobre esa época, como Terán (1962); [11] lo que sí cambiará es la situación efectiva de los bubis. [12] Esto es lo que de ellos dice Beltrán en 1901:

Los habitantes indígenas de Fernando Po son negros oriundos de las vecinas costas de África. Se les conoce con el nombre de bubis, voz que en su idioma significa ‘hombre’, y se calcula que son de 20.000 a 30.000. Viven en la zona del interior, en alturas de 300 a 600 metros, en lo que ellos llaman el besé, en rancherías y pueblos formados por unas cuantas chozas que no suelen pasar de 100… Viven en estado salvaje, a excepción de los pocos que sirven en Santa Isabel y los que educan los misioneros. Van desnudos… Suelen embadurnarse todo el cuerpo con una sustancia grasienta de color rojo, y se taracean la cara con líneas transversales de la frente a la barba… Los bubis son suspicaces hasta la exageración; siempre que pueden ocultan a los blancos y demás negros el nombre, número y situación de sus pueblos… Ambicionan riquezas, que para ellos consisten en el número de mujeres e hijos, plantaciones y ganado. La mujer ayuda al marido en todas las faenas, salvo las más rudas, de que se encarga el hombre. El matrimonio es una simple compra y cada cual tiene el número de mujeres que puede mantener… Creen los bubis en dos divinidades superiores: el que mira desde arriba, el Dios bueno o Rupe, y el espíritu del mal, Mo o Morimó. A este es a quien hay que temer, y a éste pues se adora y se le hacen sacrificios… En el orden social, figuran en primer término los butucus, los ricos, que son a la vez los jefes de los pueblos… Los bienes se adquieren por el trabajo y por herencia… Consideran como delitos, y los castigan, el asesinato, el robo y el adulterio… Desde el punto de vista político, no hay completa unidad. Los pueblos viven con cierta independencia, y sólo se aúnan los de un mismo distrito o territorio, bajo la soberanía del jefe más antiguo, llamado moitari. Hay, sin embargo, un jefe o rey al que llaman Moca, que tiende a imponerse sobre todos los distritos… Parece, sin embargo, que no todos los pueblos dan su contingente, y la autoridad de Moca es más bien nominal y honorífica… [13] Muestran los bubis buenas disposiciones para los trabajos agrícolas…Crían aves de corral, cabras y ovejas, y extraen el aceite de palma para venderlo a los europeos…Como mercaderes son muy honrados…La mayor parte de los bubis ni se dan cuenta de que pertenecen a España. Saben que hay en el Norte de la isla un jefe de los blancos y de los comerciantes, pero no de ellos”. [14]

Báguena nos dice lo siguiente sobre los bubis en 1950:

En contacto muy íntimo con infinidad de negros inmigrantes, brazos para la agricultura, y también con los blancos, su civilización primera, que estaba en la Edad de Piedra, va cambiando a saltos, y hoy está tan mixtificada que apenas se la reconoce para los estudios etnográficos… El bubi es poco trabajador, marrullero, dado todo lo que puede al alcohol, a las mujeres y al juego, sin freno moral ni social alguno… Sus costumbres han sido estudiadas por Tessmann en un trabajo de valor discutido… Pero todo está ya mixtificado en sumo grado por su contacto con los demás negros inmigrados en la isla y con los blancos. [15]

Y Pélissier añade en 1964:

Bubis: bantús destribalizados desde hace largo tiempo, son los primeros en fecha de los ocupantes actuales de Fernando Po. Los contactos con los europeos les habían diezmado (disminución del 50% en 1945 con relación a 1904) y estaban en vías de extinción. Las leyes dictadas por el Patronato de Indígenas suprimieron esa decadencia. Actualmente están reagrupados en cooperativas agrícolas prósperas. Escolarizados y catequizados en un 90%, electores e incluso a su vez patronos de braceros, eran 11.650 en 1950 y representaban casi un tercio de la población insular. [16]

Sobre el resto de los grupos étnicos de Guinea, Beltrán y Róspide escribe en 1901:

Los negros de Annobón son más accesibles que los bubis a la influencia europea… La población de Corisco pertenece a la tribu venga o benga, que también habita en el continente, de donde es originaria. Como ya hace años que están en trato con los europeos, hombres y mujeres van vestidos, y son los negros más inteligentes y civilizados de esta región africana… Hoy se hallan ya muy mezclados con otros pueblos o tribus que desde hace años vienen también avanzando… [17] La tribu que tendía a imponerse, y que ya es la principal por el número y por la superioridad de sus condiciones físicas, es la de los pamues, la que los franceses llaman fans y pahouins… Las diferencias entre los de una y otra tribu van desapareciendo con el tiempo; sus primitivos dialectos se unifican y ya se entienden perfectamente. Todos son polígamos, y las mujeres cuidan las plantaciones, las armas, construyen los utensilios caseros, etc. Hay una costumbre característica del pamue, la antropofagia; pero sólo mata y se come al enemigo. Tal práctica desaparece con el trato de europeos, pero en el interior aún se conserva. Entre estas gentes suele notarse la antipatía al blanco… Estos pamues, arrogantes, belicosos, de feroz mirada, que no se turban ni retroceden cuando se les pone el cañón del revólver en el pecho, nada tienen de tímidos. [18]

En contraste con esa pobreza informativa sobre los pamues en 1901, Luis Báguena, que vivió y ejerció la medicina en Río Muni durante bastantes años, hablaba fang y recorrió los poblados fang para elaborar la primera toponimia del continente, nos ofrece en 1950 una información etnológica ya mucho más rica sobre los pamues de Guinea, su división en Ntumu y Okak, sus distintos meyong (clanes), su religión y también (¡el estereotipo obliga!) su antropofagia, ahora reservada a “una sociedad secreta llamada Mbueti”. [19] Registra asimismo una división en diecinueve “tribus o razas” de los pueblos “playeros” que no tiene ningún parecido con la ofrecida por Beltrán en 1901, y concluye sobre ellos:

Influidos todos ellos grandemente por el contacto con los blancos, mucho más antiguo que el sostenido por los pamues, son amables, complacientes, serviciales y amigos de los colonizadores: los varones, dedicados por temporadas al servicio de los blancos o pescadores; las mujeres, entregadas al amor mercenario. [20]

Pélissier nos dice de los “fang (pamúes en español, pahouins en francés)” que “por su número y cohesión dominan a las demás razas”. [21]Sobre los “pueblos costeros (los bengas, los combes, los bujebas, los balengues, etc.)”, escribe que “fueron rechazados al litoral por la invasión fang. Su posición les hizo entrar en contacto primero con los españoles. Están mestizados (Corisco, la isla del amor), menos vigorosos, pero más occidentalizados”. [22]Y el autor introduce en el cuadro étnico africano de Fernando Póo, por su importancia económica, a dos nuevos grupos más difuminados en los estudios etnológicos anteriores: “Los nigerianos: sobre ellos reposa el porvenir económico de la Región”, [23] y “los ‘fernandinos’: constituyen la alta sociedad africana de la isla y son comparables por su origen y su modo de vida a los creoles de Freetown”. [24]

En los cambios que la imagen de los distintos grupos tribales y étnicos nativos va experimentando a lo largo del tiempo en los estudios sobre Guinea, influye obviamente, como hemos visto, el contacto más o menos temprano y el consiguiente mayor o menor conocimiento etnológico que se va teniendo de ellos; pero tanto o más influye su reacción a la colonización, las imágenes previas que de ellos se hacían los españoles y la satisfacción o frustración de las expectativas de todo tipo depositadas en ellos, especialmente de las religiosas en el caso de los misioneros y de las laborales y económicas en el caso de todos los colonos, incluidos los misioneros: [25] nada influye más en la imagen colonial del “indígena” que la mayor o menor facilidad que los colonizadores perciben para convertirle en un católico obediente y en un sumiso trabajador productivo.

Salud y trabajo

Volvamos a los comienzos, al Manual de Beltrán y Róspide en 1901. La perspectiva pretendidamente científica y objetiva de los primeros capítulos, incluido el etnológico, empieza poco a poco a cambiar y a convertirse en una perspectiva interesadamente colonialista sobre la naturaleza y sobre los hombres cuando, en el capítulo V, Beltrán y Rózpide reflexiona sobre el modo diferente en que el clima tropical afecta a la salud y a la capacidad de trabajo de europeos y africanos, de blancos y negros, imponiendo y justificando una división de tareas de trascendentales consecuencias. Tras una prolija discusión de las opiniones de distintos viajeros, exploradores, militares y médicos –Garibaldi, D’Almonte, Ossorio, Montaldo (1898), [26] etc. – sobre la salubridad de los distintos lugares y latitudes de Fernando Póo, las medidas higiénicas a adoptar y el mejor modo de usar la quinina para combatir el paludismo, Beltrán y Rózpide llega a una conclusión que todos los autores europeos posteriores compartirán:

El europeo que disponga de medios para evitar el peligro y tome precauciones higiénicas, puede vivir sano. Entre estas precauciones, las principales son buena alimentación y poco trabajo; el blanco que vaya allí para trabajar en el campo, en los barcos, en talleres, tiene muchas probabilidades de dejar sus huesos, y pronto, en tierra africana… El español que vaya a Fernando Po necesita comer más y trabajar menos que en Europa. [27]

Este diagnóstico sanitario universalmente compartido desaconseja desde muy pronto convertir Guinea en una colonia de población española, al menos de población española “respetable” [28]–siempre se podrá recurrir a presidiarios, [29] a subversivos o a negros cubanos emancipados, [30] cuya salud es menos preocupante para los colonizadores españoles– y plantea en cualquier caso un incómodo problema social y sanitario si se opta, como de hecho ocurrió, por una colonia de explotación: [31] ¿quién trabajará?, ¿de qué modo afectará el clima tropical a los trabajadores no europeos, es decir africanos? La obvia respuesta a esta pregunta (¡que trabajen los negros!, ¿quién si no?: respuesta que sólo es obvia desde un implícito presupuesto racista) la da Beltrán y Rózpide en el capítulo X, dedicado a “El trabajo en Guinea” y “La cuestión de braceros”, aunque una vez eximidos de trabajar los europeos ya no considera necesario preocuparse más por los problemas de compatibilidad o incompatibilidad entre trabajo y salud en los trópicos. [32] Para Beltrán y Rózpide, como para todos los autores posteriores, la salud de los negros no es un problema, al menos mientras su muerte excesiva no amenace con dejar sin brazos las fincas de los blancos. [33] Veamos:

La cuestión de los braceros es capital. La explotación y aprovechamiento de nuestros dominios exigen como condición indispensable el empleo de hombres aptos para los trabajos agrícolas, para las faenas propias de las industrias derivadas de éstos y para todas las operaciones de carga y transporte de los productos. Estos hombres no pueden ser inmigrantes o colonos blancos… A Fernando Po, a la Guinea española en general, no deben ir jornaleros de la Península, que no sirven para trabajar en aquellos climas, sino capataces inteligentes y prácticos en agricultura y oficios que dirijan el trabajo de los negros…Lo que hace falta son capitales, y no muy grandes, y capataces entendidos en agricultura e industrias para dirigir el trabajo de los indígenas… El trabajador blanco, europeo, es un elemento, no sólo inútil, sino perjudicial para la colonización africana. Los trabajos de desmonte y en general las faenas agrícolas deben encomendarse a los indígenas de las islas y del litoral del golfo de Guinea… Hay que empezar por la colonización de color… En suma, las tierras de la Guinea española no sirven para colonias de emigración. [34]

¿Qué africanos en concreto son los más recomendables para convertirse (para convertirlos) en trabajadores? Beltrán y Rózpide dedica un buen número de páginas a la discusión de un tema que se convertirá en un tópico obligado de todas las publicaciones posteriores sobre Guinea: las virtudes y defectos de los distintos grupos étnicos de negros, de dentro y de fuera de los territorios españoles de Guinea, desde el punto de vista de su productividad laboral. Beltrán pasa revista a los krumanes de Liberia, a los bubis de Fernando Póo y a los pamues de Río Muni, para terminar concluyendo que

Hoy por hoy [1901], las plantaciones ya establecidas y las nuevas empresas de colonización o explotación que pudieran emprenderse, no pueden contar con bubis ni con pamues para los trabajos… Hay que traer los negros braceros de otros lugares de la costa africana, y para conseguirlos el medio más seguro es pagarlos y tratarlos bien. [35]

El problema bracero

Desde entonces, el llamado problema bracero de Fernando Póo (la insuficiencia de mano de obra en la isla para trabajar en las plantaciones de cacao y la consiguiente necesidad de buscarla en Liberia, en Río Muni, en Nigeria o donde la hubiere) se convierte en el problema central de todos los estudios sobre la Guinea española y, lo que es quizá más importante, desde cuya perspectiva se afrontan, de forma consciente o inconsciente, todos los problemas de Guinea Ecuatorial: ecológicos, económicos, etnológicos, culturales o sanitarios.

Los capítulos VI a XIII del Manual de Beltrán y Rózpide, como toda la “Tercera Parte: Acción Española” (cap. V a X) del Manual de Báguena, la “Tercera Parte: el bosque, la agricultura indígena y la agricultura de plantación” de la Síntesis de Terán y la totalidad del libro de Pélissier están dedicados a la política colonial de España en Guinea, a la política comercial, agraria, religiosa, administrativa, sanitaria, etc., desde la perspectiva prioritaria de la política económica; son una discusión de las distintas propuestas y realizaciones coloniales encaminadas al objetivo obsesivo de cómo transformar la Guinea española, su territorio y su población, en una colonia productiva que genere beneficios económicos a los españoles de la colonia y de la metrópoli.

El indudable incremento del (des)conocimiento geológico, geográfico, climático, ecológico, sanitario, zoológico, botánico y etnológico de Guinea que se va lentamente produciendo hasta su independencia en 1968 es, casi exclusivamente, un (des)conocimiento centrado en dar una respuesta efectiva a ese problema, cuya manifestación, por lo que se refiere a la población, se resume en cómo transformar a los miembros de las distintas tribus y grupos étnicos de Guinea en “indígenas” (negros) destribalizados, convertidos al catolicismo (obedientes a la Iglesia), civilizados (sumisos al Estado colonial) y trabajadores disciplinados.

Sólo desde la aceptación explícita o implícita de la jerarquía racial y la división de tareas que la acompaña (los blancos dirigen, los negros trabajan) que subyacen a la centralidad del problema bracero para los colonos españoles, se hacen inteligibles las ligeras variantes en la representación de los distintos grupos étnicos de la colonia que pueden encontrarse en una larga serie de publicaciones a las que en adelante me referiré y en las que las impresiones subjetivas, los juicios morales arbitrarios y la visión interesada predominan sobre una pobre información etnológica que siempre permaneció muy sumaria y sesgada, incluso después de las “Expediciones Científicas” impulsadas por el IDEA en el período franquista.

Esas publicaciones, que no llegan a merecer el título de “estudios” y de las que voy a hacer a continuación una sumaria revisión comparativa, las firman autores tan distintos –de ahí el interés de sus coincidencias y divergencias– como dos deportados cubanos en Fernando Poo, Balmaseda e Ynfante; [36] dos gobernadores, Barrera y Ramos Izquierdo [37] y cuatro periodistas: dos de ellos, Arija y Bravo Carbonell, vivieron muchos años en la colonia y ocuparon en ella puestos oficiales (Bravo Carbonell fue durante un tiempo director de la Cámara Agrícola de Santa Isabel), mientras que Carlés y Madrid, republicanos ambos y muy críticos con algunos aspectos de la colonización monárquica –pero sin poner nunca en cuestión los fundamentos ideológicos etnocéntricos de su legitimación política y de sus objetivos económicos– visitaron y recorrieron Guinea durante un tiempo más limitado al objeto de documentar sus estudios.

Como todos los demás autores españoles de la época sin excepción, el gobernador Ramos Izquierdo (1912) parte del supuesto racista incuestionado del reconocimiento por los negros de la superioridad de los blancos, superioridad que es el fundamento de su deber de civilizarles y de su derecho a explotarles. A la luz de ese deber y ese derecho, concebidos como complementarios, Ramos Izquierdo expone una imaginería de los distintos tipos étnicos de indígenas, en la que se mezcla, a partes desiguales, el pragmatismo económico, el paternalismo cristiano y el desprecio racista: los fernandinos, civilizados, trabajadores y ricos muchos de ellos, son los que salen mejor parados, aunque sean metodistas; en el siguiente escalón figuran los bengas o playeros, “acostumbrados a trabajar” tras siglos de contacto con los blancos, pero muy pocos en número a causa de “la venta de mujeres y el uso de abortivos” [38] resultante de la vieja costumbre comercial benga de ceder sus bellas mujeres a los blancos; los pacíficos annoboneses, apasionados por los oficios de la mar, cuentan muy poco; y quedan los más numerosos, los bubis y los pamues.

Según Ramos Izquierdo, las virtudes psíquicas de los bubis contrastan con su debilidad física y con sus vicios (el uso de abortivos y el consumo de alcohol), que explican su degeneración y extinción. El gobernador reconoce que los responsables del alcoholismo de los bubis son los comerciantes españoles y no tiene empacho en proclamar que “un tal comercio es algo más que inmoral y antipatriótico: es criminal”, pero no hizo nada por impedirlo. Aunque algunos trabajen en las fincas, no necesitan hacerlo para vivir y sólo lo harán “siempre y cuando sean bien tratados y queden satisfechos en su jornal y ración”; de lo contrario “permanecerán en sus bosques”. [39] De todas maneras, dado su escaso número, los bubis no pueden resolver el problema bracero y la mirada de Ramos Izquierdo se vuelve hacia los pamues, con quienes tuvo un amplio contacto directo como subgobernador de Bata y cuya colonización efectiva estaba entonces en sus inicios.

En la imagen que da de los pamues se mezclan estereotipos de los primeros tiempos coloniales sobre su “primitivismo”, su carácter “infantil” y su antropofagia con informaciones etnológicas acertadas –y útiles desde el punto de vista colonial– sobre su habilidad en la forja, su afición al comercio de caucho y madera con los factores franceses y alemanes y su búsqueda de dinero para “comprar más mujeres” (pagar el nsoa o “dote” para casarse), lo cual podía incitarles a contratarse como braceros.

Ramos Izquierdo critica “la abusiva conducta de varios factores y colonos” que “expolian a aquellas razas y las tratan, no como a seres humanos, sino como a bestias”, e insiste en que se pague y trate bien a los trabajadores para que se presenten voluntarios y no sea precisa la contraproducente e ineficaz coacción, lo cual no le impidió poner en práctica durante su mandato [40] la prestación personal para obras públicas y el trabajo obligatorio en fincas privadas cuando lo consideró necesario para salvar la cosecha de cacao. Esta contradicción entre bellas palabras y hechos crueles, entre retórica asimilacionista y pragmatismo económico, se produjo también en el gobernador Barrera, el violento “pacificador” de Río Muni, [41] cuyas opiniones sobre los fernandinos, los annoboneses, los bubis y los pamues –de los que termina diciendo con infundado optimismo que “serán lo que nosotros hagamos de ellos” [42]– son muy parecidas a las de Ramos Izquierdo, como también lo es su voluntad de llevar a cabo una política de “atracción y acercamiento” [43] en lugar de otra basada en la coacción y la violencia, que es la que finalmente practicó él. Barrera incorpora a este complejo cuadro étnico de explotación diferencial de los indígenas los abusos de los claretianos con los krumanes y con los bubis, ofreciendo así testimonio desde muy temprano del siniestro cuadro de rapiña misionera que más tarde expondrá Francisco Madrid y que se silenciará, como todos los “excesos” cometidos en la colonia, durante el franquismo.

Ramos Izquierdo y Barrera hablan “desde arriba” de la pirámide social de la colonia, desde su condición de gobernadores; Balmaseda e Ynfante lo hacen, unos años antes, “desde abajo”, desde su condición de cubanos deportados. Cabe esperar que, siendo diferente su perspectiva, sea también diferente lo que ven. Y lo es ciertamente por lo que se refiere a su propia experiencia como deportados, desde la violencia física a la miseria y las deficiencias alimentarias que sufren, así como también en lo relativo a la dureza de los castigos infringidos a los indígenas por los colonos y por el gobernador mismo; éstos llevan a Balmaseda a escribir, recogiendo el testimonio de un capataz español, que “matar a un salvaje es lo mismo que matar a un perro”. [44] Pero resulta un tanto sorprendente la semejanza de las imágenes ofrecidas sobre los fernandinos, los krumanes y los bubis, siempre vistas a través del prisma de su relación con el trabajo, auténtica obsesión para todos a lo largo de toda la historia de la colonia.

En 1929, Juan Bravo Carbonell, periodista y colono, llegado a Guinea en 1909, secretario durante unos años de la Cámara Agrícola de Santa Isabel, recogió en un volumen, titulado Territorios Españoles del Golfo de Guinea, sus artículos en el diario El Sol durante los años 1920, centrados en la discusión de las distintas soluciones posibles al problema bracero en Fernando Poo y de las distintas alternativas económicas posibles de colonización del territorio guineano.

Durante la década de 1930, tras la proclamación de la República (1931) y antes de la victoria de Franco en la guerra civil española (1936-1939), se sucedieron publicaciones sobre la Guinea colonial [45] escritas por autores de diferente ideología política y distinta actitud y compromiso personal ante la colonización, [46] pero centradas todas ellas en el problema bracero. Todas estuvieron marcadas por el escándalo de Liberia (que provocó la sustitución de los braceros liberianos por braceros fang, nigerianos y cameruneses con destino a Fernando Poo) y por la Convención sobre el Trabajo Forzado (1930) que provocó los cambios en la legislación internacional y española destinados a atajar la perduración de la esclavitud disfrazada bajo nuevas formas.

Con la parcial excepción de Arija y Bravo Carbonell, menos críticos al respecto, todos los autores citados denuncian con distinto grado de radicalidad la prestación personal, la recluta de braceros y el trabajo forzado como formas disfrazadas de esclavitud y dejan constancia –condenándolo, lamentándolo, excusándolo o justificándolo en distinta medida- del trato violento que los finqueros dispensan a sus braceros. [47] Aunque poco a poco parece irse abriendo paso la conciencia del desconocimiento colonial de los nativos y de la ambigüedad de su relación con los blancos, perduran y se consolidan los estereotipos étnicos sobre los bubis, los pamues y los fernandinos, así como los tópicos sobre la pereza de los indígenas y la necesidad de utilizar distintos cebos y recursos para hacerles trabajar.

Recluta de braceros y relaciones sociales

De entre todas esas publicaciones de los años 1930, la que más merece el calificativo de estudio es sin duda La Guinea incógnita, de Francisco Madrid, pues a la crónica periodística de lo que ve y oye en Guinea (“Frivolidades administrativas”, “Política sanitaria”, “El suave negocio de las misiones”, “¡Ah! Pero ¿hay justicia?”, son los títulos de algunos de sus capítulos), añade informaciones etnográficas de primera mano en el marco explicativo de un esbozo de análisis sociológico de las relaciones constitutivas de la estructura social de la colonia, que sirve de soporte a la “Almoneda de negros”:

Existen tres clases de relaciones a estudiar en la colonia: la de los blancos entre sí, la de los blancos y los negros y la de los negros en comunidad. La relación entre los blancos y los negros está subdividida entre la que tienen las autoridades y los indígenas; los agricultores y los braceros y los braceros y sus reclutadores. La explotación de los negros la hacen los reclutadores…Los agricultores no explotan al negro en el sentido abusivo de la trata. Le hacen trabajar con exceso, que no es lo mismo… En buena parte, la explotación del negro está en la contrata. [48]

El hilo principal de ese ovillo de relaciones complejas entrelazadas es, según Madrid, la relación entre los reclutadores y los indígenas a los que la recluta convierte en braceros; pero el origen y motor de esa relación, la genealogía del reclutador, es la demanda de braceros entre los pamues de Río Muni por parte de los finqueros de cacao de Fernando Póo tras el escándalo de Liberia, y es asimismo esa necesidad de los colonos blancos lo que motiva el interés por estudiar las relaciones “de los negros en comunidad” con el exclusivo objetivo de hallar la forma más fácil y barata de convertir a los nativos en braceros. [49]

Las relaciones entre los blancos (entre los colonos de la isla y los del continente, entre los pequeños finqueros y los grandes propietarios, entre agricultores y usureros) se verán afectadas por la dinámica de la recluta, que aumentará las tensiones y contradicciones entre ellos, pero hay desde el principio, según Madrid, un factor condicionante de la misma que la convierte en una auténtica “trata de negros”: la ausencia o voluntaria ceguera del Estado colonial, la voluntad de los grandes finqueros de que la recluta de braceros sea un asunto privado sin control ni fiscalización estatal. [50] Ausente el Estado, es el reclutador el primer y principal “agente civilizador” que se interna en la selva y el primer “etnólogo” que estudia sus costumbres para lograr convertir al recalcitrante y salvaje pamue en civilizado bracero:

¿Tienes hombres para que vayan a trabajar a la isla de Fernando Poo? –No, contesta categóricamente el ‘kukuman’… Nacía el forcejeo. El ‘kukuman’ acababa por ceder. El dinero le tentaba. El ‘kukuman’ llamaba a todos los jóvenes que querían mininga, mamí. Se avanzaban unos cuantos. Se le entregaban trescientas pesetas, tipo medio del pago de una mujer, que no es que se compre, sino que es algo así como las arras del matrimonio indígena. [51] Estas trescientas pesetas se le descontaban, naturalmente, del sueldo que iba a ganar a la finca donde trabajaría durante dos años por un jornal de sesenta pesetas mensuales más la comida…De ese jornal de sesenta pesetas se le descontarán las trescientas pesetas de la mujer. Esas trescientas pesetas generalmente suele quedárselas el jefe del poblado, que la mayor de las veces se queda con las trescientas pesetas y con la mujer, que no va a la isla con su marido, sino que se queda en el poblado y sigue siendo tan mujer del ‘kukuman’ como antes del acto de marras…Así nace la trata de negros… El reclutador se llevaba del poblado cinco o seis muchachos. Había dejado por cada uno de ellos trescientas pesetas por la mujer, cien pesetas que le entregaba al jefe y chucherías que repartía entre los familiares del bracero. Al reclutador le quedarían limpias doscientas o trescientas pesetas por bracero. [52]

Así es, según Madrid, la más determinante de las relaciones sociales de la colonia y la más importante de las relaciones entre blancos y negros, la relación entre el reclutador y los indígenas convertidos en braceros. De la mano del reclutador, el indígena-bracero pasa a enfrentarse a los otros dos tipos de relación entre blancos y negros que Madrid analiza: la relación con las autoridades (el curador, el médico, la guardia colonial y el maestro) y la relación con los agricultores. En teoría –y también, con frecuencia, en la práctica– el curador y el médico son los dos tipos de autoridad blanca que mejor trato dispensan a los indígenas, pero en demasiadas ocasiones la tutela legal que deben ejercer sobre los braceros es burlada, con o sin su complicidad, por los hábiles reclutadores a los que sólo importa el beneficio. La relación de los indígenas con los maestros ha sido predominantemente una relación con los misioneros, con los catequistas y con los “profesores indígenas amaestrados”, y ya vimos lo que Madrid opina de la tarea de los misioneros. En cuanto a la relación del indígena con la guardia colonial, nos dice Madrid lo siguiente:

La guardia colonial está formada por cabos de la Guardia civil y por indígenas. En la guardia colonial hubo siempre desmanes lamentables. Ahí estaba el verdadero espíritu mandorrutón y conquistador de siempre. Ha habido cabo de la guardia colonial que se ha convertido en un dictador del poblado y se ha hecho servir por los soldados indígenas como un pachá, sin tener en cuenta para qué está allí España, y ha hecho correr el melongo más de la cuenta. ¡El melongo! Lo ha elevado a la categoría de insignia colonial. Los estacazos y las palizas han producido horror en el poblado. Estos cabos de la guardia colonial han sido verdaderos negreros. Los ha habido que se han puesto de acuerdo con los reclutadores para arrancar braceros a tanto por hombre, y los ha habido también que un día han abandonado el puesto de la guardia colonial para continuar dedicándose a la recluta de negros y ejercer la trata en mayor escala… [53] Ha habido cabo de la guardia colonial que ha hecho del poblado un harem…los cabos de la guardia colonial han sido pequeños tiranos que han sometido a su capricho y antojo a los poblados. [54]

La última de las relaciones entre blancos y negros que Madrid analiza dentro del ovillo de la trata es la que constituye su origen y finalidad principal: la relación entre los agricultores y los braceros, que Madrid compara con la relación entre los braceros y sus reclutadores:

La explotación de los negros la hacen los reclutadores…Los agricultores no explotan al negro en el sentido abusivo de la trata. Le hacen trabajar con exceso, que no es lo mismo. El jornal del negro viene a ser el de dos pesetas o dos pesetas cincuenta céntimos diarias. A esto debe sumarse el coste real de la comida que se les da, que debe ser el de una peseta con veinticinco céntimos. Además, el agricultor les paga la casa y les da camastro. Por otra parte, el agricultor paga una iguala a cualquier médico de Santa Isabel para que atienda en todo momento a los braceros…Teniendo en cuenta que el agricultor debe pagar todos los gastos de los pasajes y las primas a los reclutadores, el finquero tiene que amortizar en dos años estos gastos. El jornal de cada bracero viene a costarle, teniendo en cuenta las bajas por enfermedad, los braceros que se niegan a trabajar, los que huyen en el Continente, etc. etc., de unas cinco a seis pesetas diarias. Es más: por la cuenta que les tiene, puesto que el bracero va escaso y hacen correr la voz de lo que son fincas malas y fincas buenas, los explotadores de la riqueza de la tierra procuran que los braceros se hallen bien. – ¿Entonces, la explotación del negro está en la contrata tan sólo? –se preguntará. –En buena parte sí. [55]

Siendo así que la causa última de la trata de negros y de todos los males de la colonización monárquica de Guinea es, según el análisis de Madrid, la recluta privada de braceros y la ausencia e incompetencia del Estado colonial, la solución de esos males le parece obvia: la intervención del Estado.

La intención de este libro es mostrar lo que son las colonias y lo que deberían ser: lo que han sido y lo que no deben ser…El Estado debe suprimir al reclutador. Debe expulsarlo de la colonia…y encargarse del papel de reclutador el Estado o las Cámaras Agrícolas, cuando éstas estén integradas únicamente por personas de entera solvencia. La solución: la Bolsa de Trabajo o la Lonja de Contratación bajo la fiscalización del Estado. La República no puede envilecerse como la monarquía con la tolerancia de una trata de negros donde quien pone más esfuerzo, que es el bracero, gana una miseria y enferma, mientras que los reclutadores ganan mucho dinero, cómodamente, manteniendo un comercio nefando… Hay que organizar la vida colonial. Hay que expulsar a los reclutadores de la Guinea continental… y hay que adecentar la vida sanitaria del negro. No es posible mantener por más tiempo la supuesta neutralidad del Estado. [56]

El Estado que Madrid deseaba en 1933 que interviniera en Guinea y que apenas tuvo tiempo material de hacerlo era la República; el Estado que realmente intervino tras la guerra civil (1936-39) y en las tres décadas siguientes fue la dictadura franquista y, desde la perspectiva actual, no deja de ser una paradoja histórica que, aunque a Madrid le habría repugnado la omnipotencia de los misioneros y el adoctrinamiento falangista y nacional-católico de los indígenas, no habría puesto demasiadas objeciones a la política “oficial”, sanitaria y laboral del Estado colonial franquista en Guinea, en especial a la política paternalista del Patronato de Indígenas; lo que sin duda sí le habría disgustado y quizá sorprendido es que la presencia activa del Estado por la que él abogaba no supuso la expulsión de los reclutadores y la desaparición de la trata de negros, sino su incremento y “legalización”, la conversión de los traficantes de hombres en contrabandistas con amparo legal, de los delincuentes en policías. [57]

La dura y lúcida crítica de Madrid a la colonización monárquica y misionera de Guinea no debe ocultar que el objeto principal de esa crítica son las prácticas ilegales del capital privado y la desidia del Estado en el cumplimiento de sus obligaciones coloniales. Madrid en ningún momento cuestiona la legitimidad y bondad del colonialismo español y europeo, nunca pone en duda la superioridad cultural del colonizador sobre el colonizado; su objetivo expreso es evitar que ocurra con Guinea lo que pasó con Cuba y Filipinas y su principal pesadilla, contra la que previene de forma reiterada, es un levantamiento armado anti-colonial en pos de la independencia




[1El territorio de la Guinea colonial española, que en 1968 se convirtió en la República de Guinea Ecuatorial, estaba formado por las islas de Fernando Po, Anobón, Corisco, los dos Elobeyes y la región continental de Río Muni. Los Padres Claretianos, misioneros católicos de la Congregación del Inmaculado Corazón de María, llegaron a Fernando Po el año 1883 y fueron protagonistas de la colonización española de la isla. Sus publicaciones son la fuente principal de la etnología bubi. El IDEA, Instituto de Estudios Africanos, se fundó el año 1945, tras la victoria de Franco en la guerra civil española, y sus publicaciones ampliaron la atención etnológica a las poblaciones de la zona continental de Río Muni.

[2Este texto se publicó en el catálogo de la exposición Let’s bring blacks home! Imaginación colonial y formas de aproximación gráfica de los negros de África (1880-1968), Universitat de Valencia, y es parte de un capítulo de un libro que espero poder terminar y publicar pronto y que se titulará Introducción crítica a los estudios sobre Guinea Ecuatorial.

[3Los dos estudios etnológicos más consistentes sobre los fang y sobre los bubis, publicados respectivamente en 1913 (Die Pangwe) y 1923 (Die bubi auf Fernando Poo), son obra del alemán GünterTessmann y no se tradujeron al castellano hasta los años 2003 y 2008.

[4Cap. I: Noticia histórica; II: Territorios; III: Geología; IV: Etnología; V. El europeo en Guinea; VI, VII, VIII y IX: Los dominios españoles en Guinea desde el punto de vista colonial o mercantil; X. El trabajo en Guinea; XI. El Gobierno; XII. Las Misiones; XIII. Las Compañías coloniales. En total 191 páginas, de las cuales 15 (44 a 59) están dedicadas a la Etnología. No incluye bibliografía ni se da la referencia bibliográfica de las obras que cita.

[5“En esta época, de 1831 a 1832, el viajero español Dr. D. Marcelino Andrés recorrió toda la costa de Guinea y sus islas... En el año 1836 estuvo en Annobón otro español, D. José de Moros… De 1860 a 1870 se hicieron en Fernando Póo investigaciones y estudios geográficos, siendo los más importantes los realizados por D. Joaquín Pellón [Tessmann se refiere a esa misma persona con el nombre de Don Julián Rodríguez y Pellón]” (Ricardo Beltrán y Rózpide, La Guinea Española, Manuales Soler, nº 17, Barcelona, 1901, pp. 9 y 12). Aunque nunca le cite directamente, Beltrán y Rózpide da con frecuencia la impresión de haber leído el manuscrito de Pellón. Veinte años después, Tessmann sólo pudo encontrar el índice en la Biblioteca de Ultramar de Madrid. Véase, GünterTessmann, Los pamues (los fang), Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, 2008 [1923], p 41.

[6Philippe Descola, Par-delà nature et culture, Paris, Gallimard, 2005.

[7Si Australia hubiera sido colonizada por españoles y cristianizada por los claretianos, nunca habríamos sabido nada sobre la “Era del Sueño” y sobre la cosmología totemista de los aborígenes australianos.

[8Francisco Madrid, La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo colonial, Espasa, Madrid, 1933, p. 28 y pp. 33 y 43.

[9Fanon citado en Benita Sampedro, “La economía política de la sanidad colonial en Guinea Ecuatorial”, en ENDOXA, nº 37, Madrid, 2016, p. 285.

[10La frecuente y absurda discusión sobre lo bueno y lo malo que el colonialismo aportó a los pueblos colonizados –y más en concreto, sobre lo bueno y lo malo que el colonialismo español aportó a los nativos de Guinea– siempre termina acudiendo, como último recurso, a la medicina y la sanidad europeas como bienes indiscutibles, pero siempre lo hace comparando el estado sanitario de la población en una época de la historia de la colonia con su estado en una fase anterior de la colonización (por ejemplo, en Guinea, la sanidad franquista con la sanidad antes del franquismo) y no, como debiera, comparando la sanidad colonial en sus distintas fases con el estado sanitario de la población nativa antes de la colonización. Se olvida de ese modo, entre otras cosas, que buena parte de las enfermedades que la sanidad colonial contribuyó a curar habían sido generadas o agravadas por la colonización y que el único efecto sanitario universalmente producido por la colonización en todas partes es un descenso demográfico de la población nativa.

[11La “Segunda Parte” de la Síntesis geográfica de Fernando Póo, dedicada a “Los habitantes de la isla”, es una buena síntesis de la posterior etnología claretiana de los Bubis.

[12Los estudios etnológicos sobre los bubis (Véanse, Antonio Aymemí, Los Bubis de Fernando Poo, Dirección General de Marruecos y Colonias, Madrid, 1942; Carlos Crespo Gil-Delgado, Notas para un estudio antropológico y etnológico del bubi de Fernando Poo, Cuadernos de Cultura, Valencia, 1949; Amador Martín del Molino, Las figuras del Abba en la religión de los bubis, CSIC-IDEA, Madrid, 1956; Amador Martín de Molino, Los Bubis. Ritos y creencias, Ed. Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo, Madrid, 1993 [1989]; Amador Martín de Molino, La ciudad de Clarence, Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo, Madrid, 1993) muestran un paradójico contraste entre la conciencia de los profundos cambios demográficos y económicos experimentados por la sociedad bubi a lo largo del siglo XX y una presentación esencialista de la cultura bubi como eternamente igual a sí misma.

[13Esta frase es la conclusión final de un largo párrafo en el que se expone la “leyenda del rey Moca” tal y como ha pasado a la posteridad. Véase Juan Aranzadi. “Leyendas e historias sobre el Reino de Riaba” e “Historias claretianas sobre el Rey Moka”, en La colonización española en el Golfo de Guinea: una perspectiva social,Ayer, nº 109, 2018.

[14Ricardo Beltrán y Rózpide, op. cit., p. 52-60.

[15Luís Baguena Corella, Manuales de África española I. Guinea, Instituto de Estudios Africanos, Madrid, 1950, p. 51.

[16René Pélissier, Los territorios españoles de África, IDEA, Madrid, 1964, p. 48.

[17Tras exponer cómo se hallaban distribuidas geográficamente las distintas tribus de la costa (vicos, bijas, dibues, valengues, itemus, pamues ybundemus) cuando los delegados de la Sociedad de Africanistas obtuvieron su sumisión en 1884, Beltrán y Róspide hace un comentario muy ilustrativo de las dificultades que, ya en 1901, había para hacerse una idea medianamente clara de la etnología y etnohistoria de las tribus playeras: “De algunas de estas tribus ya no hablan viajeros posteriores; unas se confunden con otras, varias alteran, sin duda, su nombre, y todas viven en movimiento por la tendencia a ir avanzando las del interior”. Ricardo Beltrán y Róspide, op. cit., p. 62.

[18Ibid., Cap. IV.

[19Luis Báguena Corella, op. cit., p. 57.

[20Ibid., p. 55.

[21René Pélissier, Los territorios españoles de África, op. cit., p. 49.

[22Ibid.

[23Ibid., 48.

[24Ibid.

[25Sánchez Molina, El pamue imaginado, UNED, Madrid, 2011, es un penetrante estudio de la evolución de la imagen colonial del pamue entre 1858 y 1959.

[26Sorprende que el bien informado Beltrán no se refiera a Ferrer Piera (1900) que sólo un año antes había publicado un libro de medicina tropical sobre las condiciones sanitarias de la colonia (Véase, Benita Sampedro, op. cit.)

[27Ricardo Beltrán y Rózpide, op. cit., p68. Entre las enfermedades curiosas que afectan a los europeos en Guinea, Beltrán y Rózpide señala una muy interesante: “Otra enfermedad propia de aquellas latitudes, y muy singular por cierto, señala Ossorio. Es una disminución notable de la memoria, hasta el punto de que si en el momento no se ejecuta lo que se ha pensado, y se distrae casualmente la atención de la persona, aun cuando sólo sea con una pregunta que otra la dirija, es necesario un gran esfuerzo intelectual para recordar lo que momentos antes se tenía intención de llevar a cabo”. Ibid., p. 76. Ni Beato y Vilariño ni Ibarrola incluyeron la memoria en sus tests psicométricos a blancos y negros en Guinea, pero parece evidente que la pérdida de la memoria, o cuando menos su deformación, ha sido una auténtica epidemia entre los colonos españoles en Guinea.

[28Ibid., p 89. Beltrán enumera algunos lugares con especiales condiciones climáticas, como Basilé o Moca, como posibles excepciones a esa imposibilidad y apunta algunas transformaciones tecnológicas de la naturaleza de Bioko que podrían quizá permitir en el futuro una colonización blanca. Juan Bravo Carbonell insistirá más adelante en esa posibilidad, llegando a proponer la peregrina idea de la emigración “golondrina” de obreros europeos durante los dos o tres meses que dura la recolección. Véase Juan Bravo Carbonell, Territorios españoles del Golfo de Guinea, Imprenta Zoila Ascasibar, Madrid, 1929, p. 29-30.

[29Uno de los motivos que da Beltrán y Rózpide para desechar la colonización con presidiarios blancos es muy ilustrativo: “Como uno de los fines principales de la colonización debe ser elevar y civilizar a los indígenas y procurar que éstos reconozcan la superioridad del blanco, sería mal medio ponerlos en contacto con presidiarios. Hay pues que fijarse principalmente en los trabajadores de raza negra”. Ricardo Beltrán y Rózpide. op. cit., p. 144. Años más tarde, Francisco del Río Joan, un ingeniero obsesionado con la medición “científica” de la productividad de los distintos grupos humanos de la colonia, escribía: “No es la Guinea una colonia de emigración bracera. Ni el blanco puede vivir con el jornal del negro, ni su coeficiente de trabajo iguala al de éste, ni la dignidad de la raza le consiente encorvar el cuerpo ante la gente de color, ni, en fin, podría realizar este rudo trabajo sin quebrantar su salud”. Francisco del Río Joan, África occidental española, Imprenta de Infantería y Caballería, Madrid, 1915, p. 174. En ambos casos, el respeto a la jerarquía racial y la superioridad del blanco es un argumento al menos tan poderoso como el sanitario.

[30Ricardo Beltrán y Rózpide, op. cit., p. 143. De todas formas, que el determinismo racista predominante en Guinea era tanto climático como “de color”, lo muestra la propuesta más tardía de Bravo Carbonell de sustituir los braceros indígenas por “trabajadores de algunos lugares de la Tierra que tienen clima parecido al de Guinea, como algunas provincias del sur de China y el archipiélago malayo”. Juan Bravo Carbonell, op. cit.. Ya en la Cuba española del XIX se había producido la sustitución de esclavos negros por asalariados chinos en un intento de “blanquear”, o cuando menos “amarillear”, la mayoría negra de la población cubana.

[31La única hipótesis razonable que nunca se planteó fue abandonar aquella tierra inhóspita (para los europeos) y dejarla en manos de sus pobladores africanos, que parecían disfrutar de buena salud (del Rey Moka se decía que llegó a los 105 años), aunque algunos españoles manejaron en distintas ocasiones la posibilidad de venderles la colonia a los ingleses: el patriotismo lo impidió.

[32Quizá Beltrán –y el resto de colonizadores españoles con él– pensó muy sensatamente que, al fin y al cabo, los negros ya trabajaban en los trópicos antes de que llegaran los europeos y, a diferencia de éstos, sobrevivían. Pero entonces, ¿por qué esa insistencia europea en que los salvajes eran unos vagos y sólo sus mujeres, unas esclavas, trabajaban de verdad, aunque no por ello enfermaban y morían más que los varones?, ¿por qué les resultó tan difícil a los blancos hacerles trabajar a los negros dónde y cómo ellos querían que lo hiciesen, en las fincas de los blancos? Ni Beltrán ni nadie se preguntó nunca qué tenía de especial ese trabajo y en qué se diferenciaba de las tareas que los nativos llevaban siglos realizando para vivir sin que su salud se resintiese, como tampoco nadie se preocupó nunca de los efectos del trabajo en las fincas de cacao sobre la salud de los braceros ni comparó nunca la salud de éstos con la de quienes lograban eludir el trabajo en las fincas de los blancos. Al fin y al cabo, no es tan difícil imaginar que, ante los denodados intentos de los españoles de convencer a los indígenas con seductoras invitaciones al trabajo, éstos se preguntaran: ¿por qué tanto empeño en convencerme de las bondades de una actividad que ellos rechazan?

[33Los colonizadores españoles sólo empezaron a preocuparse por la salud de los indígenas cuando comprobaron alarmados que los 25.000 bubis de 1850 (las estimaciones demográficas varían entre 20.000 y 30.000) se habían convertido en 8.729 en 1935 y que su número escaso y decreciente, agravado por su negativa a trabajar como braceros, obligaba a los finqueros españoles a buscar mano de obra “semi-esclava” en Liberia, en Río Muni y en Nigeria (Véase, Carlos Crespo Gil-Delgado, op. cit., p 34). Sólo entonces se preocuparon los españoles por la salud de los bubis, mejor dicho, por su falta de salud, por su elevada mortalidad, por las causas de lo que muchos autores auguraban como su segura “extinción”: “las podemos dividir en dos grupos –escribe Crespo Gil– unas generales… otras específicas y peculiares de nuestra pequeña colonia”. La causa general y última, reconoce Crespo, no es otra que la colonización misma, eufemizada como “contacto brusco entre la civilización y los pueblos primitivos, común a todos los pueblos negros de África” y presentada como inevitable, providencial y paradójicamente beneficiosa para esos primitivos a los que el colonialismo condena a la enfermedad, la muerte y la extinción. Puesto que la inevitabilidad, legitimidad y bondad de esa “causa general” (el colonialismo) es incuestionable, la atención colonial de Crespo Gil y de los doctores Arbeló (1942), Beato (1942) y Vilarino (1944) se centra en las “causas específicas y peculiares de nuestra pequeña colonia”, en las costumbres de los enfermos mismos, culpabilizados así de su propia extinción: “los estragos producidos por el alcohol” (por el alcohol que les venden los colonos, porque el consumo tradicional de topé no había producido nunca “alcohólicos”), “la esterilidad de la mujer”, producida por “la costumbre de hacer trabajar a la mujer como a una bestia de carga” (que, de ser cierta, no había producido esterilidad hasta entonces), por las “enfermedades sexuales” generadas por “la amoralidad de las costumbres, con abuso prematuro del sexo”, por “la poligamia y la adquisición de mujeres mediante compra contra las que combate la Iglesia” (costumbres todas ellas que tampoco habían producido esterilidad hasta la dominación colonial); y finalmente, ejemplo extremo de la inversión entre causas y efectos, por “la falta de brazos para el cultivo, que siempre (sic) se ha hecho sentir en la isla y que ha dado lugar a la importación de braceros de las colonias vecinas” y a la “captación de mujeres bubis por parte de los extranjeros”. Ibid., 34-37. Al no preguntarse jamás por la legitimidad y bondad del colonialismo, ningún colonizador o ideólogo colonial ha puesto nunca en cuestión el principio moral etnocéntrico de Occidente según el cual “el infierno son los otros” y la enfermedad y la impureza, la falta de salus, vienen “de fuera”; ninguno se ha acercado nunca a esa moral de los mitos amerindios que, según Lévi-Strauss, propugna que “el infierno somos nosotros” y por ello hemos de preocuparnos por evitar a “los Otros” (hombres, animales y vegetales: el Cosmos en suma) los efectos perniciosos de nuestras acciones; nada más contrario a la “misión civilizadora” colonial, que se fundamenta en el sadismo filantrópico cristiano obsesionado con hacer el bien a los demás a cualquier precio, sin tener en cuenta los deseos expresos de los supuestos beneficiarios.

[34Ricardo Beltrán y Rózpide, op. cit., p. 140-142.

[35Ibid., p. 149.

[36Francisco Javier Balmaseda fue deportado a Fernando Poo en 1869 junto con otros 249 cubanos; Emilio Vicente Ynfante fue deportado en 1897 junto con otros 120 cubanos.

[37Ramos Izquierdo fue subgobernador del distrito continental de Bata desde 1904, dos veces gobernador accidental en 1906 y 1907 y gobernador en propiedad en 1908. En 1912 publicó un libro titulado Descripción geográfica y gobierno, administración y colonización de las colonias españolas del Golfo de Guinea que son en realidad sus memorias, que es el que cito. Angel Barrera fue gobernador interino entre septiembre de 1906 y febrero de 1907, y luego, entre 1910 y 1925, el gobernador más duradero de la colonia y el principal artífice y responsable de la “pacificación” y colonización del interior de Río Muni (VéaseGustauNerín, La última selva de España, Catarata, Madrid, Cap.4). Dejó constancia escrita de su pensamiento colonial en dos textos firmados por él mismo en 1907 y 1921 y en una biografía laudatoria, exenta de cualquier atisbo de crítica, que sobre él y con su aprobación y su concurso publicó Manuel Góngora Echenique en 1923; sus citas aquí remiten a ambas fuentes. Ramos Izquierdo y Barrera son quizá los dos gobernadores más representativos de la política colonial asimilacionistaantes del franquismo, es decir los que mejor intentaron, con variable éxito, armonizar el pragmatismo político y económico (la búsqueda de la eficiencia productiva de la colonia y la solución del “problema bracero”) con la ideología, la retórica y la práctica misionera de la “misión civilizadora” cristiana.

[38Luis Ramos Izquierdo Vivar, Descripción geográfica y gobierno, administración y colonización de las colonias españolas del Golfo de Guinea, Felipe Peña Cruz Impresor, Madrid, 1912, p. 77.

[39Ibid., p. 33 y 34.

[40Bandos del 23 de agosto de 1906 y del 1 de diciembre de 1907. Luis Ramos Izquierdo Vivar, op. cit., p. 260 y 265 y Agustín Miranda Junco, Leyes coloniales, Madrid, 1945, p. 142.

[41Gustau Nerín, Un guardia civil en la selva, Catarata, Madrid, 2010.

[42Ibidem., p. 21.

[43Manuel Echenique Góngora, Ángel Barrera y las posesiones españolas del Golfo de Guinea, Imprenta San Bernardo 85, Madrid, 1923, p 50.

[44Francisco Javier Balmaseda. Los confinados a Fernando Poo. Impresiones de un viaje a Guinea, ed. Antonio Martín Lamy, La Habana, 1899, p 135. Es muy reveladora la expresión que, según Francisco Madrid, solía utilizarse ante la muerte de un negro: “¡No están contados!”. Véase, Francisco Madrid, La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo colonial,op. cit..

[45Julio Arija, La Guinea española y sus riquezas, Espasa Calpe, Madrid, 1930; Emilio Carlés, Misioneros, negreros y esclavos. Notas de un viaje a Fernando Poo, Cuadernos de Cultura, Valencia, 1932; Francisco Madrid, La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo colonial, op. cit.; Guillermo Cabanellas, ¡Esclavos!, Valencia, 1933; Juan María Bonelli y Rubio, Un año viviendo entre los bubis, Sociedad Geográfica Nacional, Madrid, 1934; Ángel Miguel Pozanco, Guinea mártir, Imprenta moderna, Valencia, 1937.

[46Arija fue un entusiasta colonizador de Guinea durante nueve años, bajo el gobierno de Barrera. Juan María Bonelli era hijo del explorador y agente de la Trasatlántica, Emilio Bonelli, y fue gobernador de Guinea tras la experiencia que narra en Un año viviendo entre los bubis. Cabanellas fue secretario del gobernador republicano Sostoa y trabajó como curador colonial. Pozanco fue secretario del gobernador Sánchez Guerra. Carlés y Madrid fueron dos periodistas republicanos que no ocuparon ningún cargo oficial en la Guinea colonial.

[47Véanse, Emilio Carlés, op. cit., p. 38 y Francisco Madrid, op. cit., p. 61-117.

[48Francisco Madrid, La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo colonial, op. cit., pp. 110-111.

[49“La voluntad de los ‘kukumanes’ no se doblega fácilmente. Hay que untarles largo, pródigamente… El negro no es tan tonto como creen los pobres blancos mediocres. El negro tiene un concepto moral de la vida completamente distinto al nuestro… A los pamúes no les gusta el trabajo. No les interesa. La Naturaleza es pródiga y les da cuanto necesitan. El sistema social les permitiría vivir sin hacer nada. Se unen a una mujer y ésta es la que va a trabajar al bosque… La mayor ambición de un pamue es ser jefe de poblado. En cuanto se casa y tiene una mujer o dos y algunos familiares a sus órdenes, forma un poblado. Se interna en el bosque, cuanto más lejos, mejor, para que no le molesten los blancos. Allí ejerce su máxima autoridad y vive sin hacer nada. Todos trabajan para él. El, a veces, se dedica, más que por necesidad, por deporte, a la caza o a la pesca. Mientras el bosque está cercano, toman de él todo lo que necesitan. Pero los árboles que cercenan desaparecen. Es preciso caminar ya un poco más para hallar lo que les impone el consumo diario… De ahí esta especie de nomadismo tropical…Todos los países civilizados, por llamarles así, crean necesidades a los indígenas para que se vean precisados a trabajar o a llevarles riqueza natural… Pero el pamue ni tiene noción de la civilización ni le interesa. Vive mucho mejor tal cual. La factoría es el principio de toda civilización”. Francisco Madrid, op. cit., p. 103-104. Y la recluta, es decir la trata –podría haber añadido Madrid–es su final y su finalidad.

[50Ibid., p. 88 y 106.

[51Madrid es uno de los pocos autores españoles que no confunde el pago matrimonial del nsoa con la compra de mujeres.

[52Francisco Madrid, op. cit., p 93-9.

[53Citado en GustauNerín (2007) sobre el teniente Ayala.

[54Francisco Madrid, op. cit., p. 113-114.

[55Ibid., p. 111.

[56Ibid., p. 16 y pp. 108-110.

[57Véase, Enrique Martino, “Corrupción y contrabando: funcionarios españoles y traficantes nigerianos en la economía de Fernando Poo (1936-1968)”, en La colonización española en el golfo de Guinea: una perspectiva social, AYER, nº 109.