Antropología de las tierras bajas sudamericanas

Isabelle Combès

IFEA, CIHA - Santa Cruz de la Sierra, TEIAA Barcelona

Lorena Córdoba

CONICET/UCA, Argentina
CIHA, Bolivia

Diego Villar

CONICET/UCA, Argentina / CIHA, Bolivia

2020

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Combès, Isabelle, Lorena Córdoba & Diego Villar, 2020. “Antropología de las tierras bajas sudamericanas”, in Bérose - Encyclopédie internationale des histoires de l'anthropologie, Paris.

URL Bérose : article2130.html

Publié dans le cadre du thème de recherche « Anthropologie des basses terres sud-américaines », dirigé par Isabelle Combès (IFEA / CIHA, Santa Cruz de la Sierra / TEIAA Barcelona), Lorena Cordoba (CONICET/UCA, Buenos Aires / CIHA, Santa Cruz de la Sierra) et Diego Villar (CONICET/UCA, Buenos Aires / CIHA, Santa Cruz de la Sierra).

Desde un principio las “tierras bajas” de América del Sur fueron definidas de forma residual al abarcar todas aquellas regiones que no se correspondían con los Andes coloniales: la inmensa Amazonía, el Chaco, la Patagonia, el litoral atlántico. En efecto, las tierras bajas fueron construidas como una suerte de imagen en negativo del cuadro policromo que presentaban las sociedades andinas a los conquistadores: como los reinos de Mesoamérica, con sus reyes y sus nobles, sus ejércitos nutridos, sus excedentes productivos y sus construcciones monumentales, los Andes y los pueblos andinos constituían imágenes exóticas pero a la vez más comprensibles o al menos identificables puesto que la imagen de un Estado consolidado, con pueblos agricultores y sedentarios de una cierta magnitud demográfica, era más familiar para los europeos. No sorprende, por tanto, que la mayoría de las veces, a la hora de intentar comprender las poblaciones que había al Oriente, más allá del piedemonte, los observadores hayan reciclado buena parte de los prejuicios, categorías genéricas y estereotipos de salvajismo o barbarie acuñados por los propios pueblos andinos, y pensado entonces a los grupos de las tierras bajas a partir del prisma reductor de los “antis”, los “chunchos” o los “chiriguanos” –todos términos genéricos despectivos, más o menos equivalentes a “salvajes” o “bárbaros”.

Buena parte de la consecuente imaginería de la alteridad –de la cual tal vez el paradigma más acabado sea la protoetnografía jesuítica de José de Acosta (1985 [1590]) o un Martín Dobrizhoffer (1968 [1784])– persistió en las observaciones acumuladas en la obra de misioneros, naturalistas, funcionarios coloniales, aventureros y exploradores que, tanto en la época colonial como luego de las Independencias sudamericanas en el siglo XIX, y por diversas razones, atravesaron el territorio amerindio y al hacerlo registraron sus impresiones: voluntariamente o no, estos personajes oficiaron como ancestros disciplinares para la antropología y la etnohistoria de las tierras bajas sudamericanas. Sin embargo, la oposición canónica entre la “civilización” andina (asociada en bloque con la complejidad y la diferenciación social, la centralización y la jerarquía) y la “barbarie” de los llanos (asociada respectivamente con la simpleza, la atomización, la autarquía o el igualitarismo) no fue el único sesgo que marcó la exégesis colonial de la alteridad sudamericana. Más allá de reconocer la exuberancia medioambiental y la diversidad del paisaje indígena de las tierras bajas –con familias lingüísticas de una extensión llamativa, centenares de lenguas y un patrimonio cultural de asombrosa policromía–, la obra de aquellos ancestros asumidos como “clásicos” de la etnología sudamericana como Erland Nordenskiöld (2001 [1924], 2002 [1910], 2003 [1922]), Karl von den Steinen (1894), Curt Nimuendajú (1987 [1914]) o Alfred Métraux (1930, 1946), nos revela que, en mayores o menores dosis, persistían otros sesgos notorios como el implícito marco evolucionista, las explicaciones por difusión de rasgos culturales o cierta afición tipológica, por no hablar de ciertas idealizaciones utópicas: el comunismo primitivo, el buen salvaje, la pequeña comunidad, los natürvolker, el indígena ecológico.

Una vez asegurada la profesionalización institucional de la disciplina antropológica durante la primera mitad del siglo XX, particularmente en Europa y los Estados Unidos, la sedimentación temática prosiguió su deriva singular. Seguramente el ícono de la canonización sea la grandiosa síntesis que impone el Handbook of South American Indians editado por Julian Steward (1946-1950), con su ecología cultural que recicla nudos temáticos que a su vez podríamos rastrear hasta la protoetnografía jesuita: la clasificación de Sudamérica en “áreas culturales”, el medioambiente considerado como factor limitante de la adaptación humana, los resultantes niveles evolutivos de integración social. Luego del boom heurístico que dos décadas más tarde supusieron las crípticas Mythologiques de Claude Lévi-Strauss (1964-1971), la formación del canon antropológico produjo una suerte de explosión exponencial de estudios consagrados a las tierras bajas sudamericanas durante el último cuarto del siglo 20: florece así un nuevo imaginario antropológico de las tierras bajas caracterizado por la diversidad ecológica pero a la vez por la variabilidad de su historia y su complejidad social, lingüística y étnica, por la persecución de una sinergia entre las explicaciones estructurales e históricas, y por la preferencia –más programática que real– por la síntesis interdisciplinaria. En este nuevo paisaje las lecturas evolutivas, funcionalistas o estructuralistas debieron aprender a convivir con los estudios sobre la etnogénesis y la etnicidad, con la antropología histórica, con la crítica deconstructiva de la antropología postmoderna, los estudios de género y los estudios postcoloniales e incluso con la actual moda de la ontología, pero a la vez con el involucramiento progresivo de los propios estudiosos indígenas que trascienden cada vez con mayor éxito las redes de la intermediación intercultural.

Lejos de la razón monocromática e insular atribuida a los esencialismos, y procurando a la vez evitar las explicaciones metonímicas que reducen la complejidad social a fórmulas monocausales (el medioambiente, la alteridad constituyente, el Estado, la cosmología), el análisis contemporáneo apela cada vez más a un imaginario que impone las realidades fluidas de la hibridación, el mestizaje o el multilingüismo. Parecen haber pasado ya, asimismo, los tiempos en que podían oponerse las tierras altas y bajas sudamericanas como universos independientes e incluso antagónicos. En este contexto inédito, la antropología de las tierras bajas sigue ganando lugar por derecho propio en la arena generalista e incluso atreviéndose a reconstruir algunos de los antiguos puentes comparativos con Mesoamérica, Norteamérica, Melanesia o hasta el Norte de Asia. Al mismo tiempo, resta por dilucidar mejor su propia heterogeneidad interna, puesto que a todas luces no son lo mismo las Guyanas que el Chaco, o el Mato Grosso que la cuenca del Río de la Plata o que la propia Patagonia. Resta, por fin, echar luz sobre una paleta de matices epistemológicos generados por la propia geopolítica académica: el residuo colonial en la doctrina disciplinar, o el peso respectivo de academias nacionales, las redes científicas e incluso las propias lenguas sudamericanas a la hora de modelar los problemas antropológicos.

En un universo de profesionalización y universalización crecientes, así como de la consiguiente formación de expedientes bibliográficos poco menos que inabarcables, “Antropología de las tierras bajas sudamericanas” aspira a trazar colectivamente el proceso de formación histórica de los linajes disciplinares, los nudos temáticos y asimismo sus respectivas hetorodoxias, tomando en cuenta tanto la vida, la obra y los contextos de los autores consagrados como los de aquellas otras figuras olvidadas a fin de reconstruir una genealogía lo más plural posible de los individuos, las redes, las tendencias y las instituciones que contribuyeron a formar nuestro actual conocimiento de las tierras bajas de Sudamérica.

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