Un capítulo en la olvidada historia de la antropología en México (1906-1940): Miguel Othón de Mendizábal, el constructor

Andrés Medina Hernández

Instituto de Investigaciones Antropológicas
UNAM

2019

Télécharger en pdf
Pour citer cet article

Medina Hernández, Andrés, 2019. “Un capítulo en la olvidada historia de la antropología en México (1906-1940): Miguel Othón de Mendizábal, el constructor”, in Bérose - Encyclopédie internationale des histoires de l'anthropologie, Paris.

URL Bérose : article1776.html

La primera comunidad para formar investigadores en el campo de la antropología se establece en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, de México, en los comienzos del pasado siglo xx (1906-1915) El núcleo de profesores lo integraban estudiosos que trabajaban en el Museo Nacional, cuyo perfil profesional manifestaba el tipo de especialista procedente de las carreras liberales vigentes a lo largo del siglo xix: médicos, abogados, ingenieros, quienes continuaban las grandes líneas de investigación establecidas por el nacionalismo.

En 1906 comienzan los cursos, impartidos por los profesores Nicolás León, Jesús Galindo y Villa, Genaro García, Manuel M. Villada, Cecilio Robelo, principalmente. Los alumnos inscritos gozarían de una pensión, o beca, y algunos de ellos se integrarían al personal del Museo, incluso varios de los trabajadores de la institución se incorporarían al grupo de los estudiantes (Rutsch, M., 2004: 283). Entre los estudiantes inscritos estaban Isabel Ramírez Castañeda—que sería la primera arqueóloga mexicana—, Manuel Gamio, Juan Bautista Iguíniz y Miguel Othón de Mendizábal, para referirnos a quienes se convirtieron en profesionales de las investigaciones antropológicas.

En este ensayo nos centraremos en la obra de Miguel Othón de Mendizábal (1890-1945), quien se forma bajo los planteamientos evolucionistas y positivistas dominantes en México en el último tercio del siglo xix (Moreno, R., 1984:39) y llegan a esta primera generación de estudiantes de antropología del Museo Nacional. Posteriormente, tanto Miguel Othón de Mendizábal como Manuel Gamio se incorporan al movimiento nacionalista que emerge con los regímenes de la Revolución Mexicana, sin que haya un cambio en su formación teórica aunque, por otro lado, desarrollarán cada uno a su manera la propuesta de “ingeniería social” desarrollada por Andrés Molina Enríquez, maestro del Museo Nacional, constituyéndose en actores importantes del desarrollo de la antropología en el país.

El señalamiento sobre la formación evolucionista, y específicamente darwinista, de la primera generación de estudiantes de antropología del Museo resulta significativa por la tendencia de estudiar sus trabajos con una perspectiva presentista, es decir desde las prácticas contemporáneas. Así, atribuirles una concepción “integral”, como lo habría de plantear la propuesta boasiana que se implantó en el programa de estudios en la Escuela Nacional de Antropología en los años 40 –fundada en una teoría general de la cultura de orientación historicista– oscurece el hecho de que, desde la perspectiva evolucionista y positivista, la jerarquía de las ciencias antropológicas se funda en el carácter determinante de los fenómenos biológicos, y específicamente de la raza. Tanto la lingüística como la etnografía, y la etnología también, asumen en esta perspectiva teórica un carácter complementario a los datos duros sobre la “raza”, tema central de la antropología física.

La tradición nacionalista y el contexto teórico del evolucionismo (1903-1940)

La primera comunidad de profesores y alumnos constituida en el Museo Nacional a principios del pasado siglo xx va a continuar con las orientaciones teóricas vigentes en su tiempo; sin embargo, los temas de sus investigaciones se inscriben en una tradición historiográfica fundada por los criollos nacionalistas del siglo xviii, en la que el estudio de los pueblos mesoamericanos ocupa un lugar importante, particularmente aquellos de la Cuenca de México, a los que se aplicará el nombre de “México Antiguo”, y se sintetizará posteriormente, ya en el siglo xix, en el concepto de lo “azteca”.

Dos son los acontecimientos que podemos considerar como referentes centrales en la construcción del discurso nacionalista criollo: la publicación de la Historia Antigua de México, escrita por el jesuita Francisco Xavier Clavigero, de la generación expulsada de la Nueva España por Carlos III y refugiada en Italia, específicamente en Bolonia; es publicada originalmente en italiano en 1780, y traducida al español, inglés y alemán poco después. Este libro expresa un conocimiento profundo de las fuentes históricas de los pueblos mesoamericanos, particularmente de los del Altiplano; es una tradición que el autor recibe de diversos estudiosos criollos que le anteceden, pero también muestra la fuerte influencia del pensamiento ilustrado italiano y europeo en general. Contiene dos elementos claves del nacionalismo: el repudio de la conquista española y la exaltación de la sociedad mexica, o “mexicana”, como la llama, a la que sitúa como una de las grandes civilizaciones de la historia, equiparable a la griega y a la romana (Trabulse, E., 2003).

El segundo acontecimiento es el descubrimiento, en la Plaza Mayor de la ciudad de México, en 1790, de dos grandes esculturas: la de la diosa Coatlícue, que es rescatada y trasladada a uno de los salones de la Real y Pontificia Universidad de México, y el llamado inicialmente “Calendario Azteca”, o Piedra del Sol, cuyo tamaño impide transportarla con facilidad, por lo que es mantenida empotrada en el muro oriental de la catedral de México. Estas dos enormes y vistosas esculturas serán estudiadas por el sabio criollo Antonio de León y Gama, cuyo resultado es publicado en 1792, con el título de Descripción histórica y cronológica de las dos piedras (1990). Esta investigación funda la tradición de los estudios histórico-arqueológicos que dominarán todo el siglo xix; es a lo que se refiere David Brading sobre la creencia de los intelectuales criollos de conservar “la clave de las antigüedades indígenas” (1980:29). Pero, sobre todo, ambas esculturas se convertirán en poderosos símbolos nacionalistas, como lo expresa el lugar central que ocupan actualmente en la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, inaugurado en 1964; ya desde los tiempos dictatoriales de Porfirio Díaz se habían instalado en un lugar destacado de la sala de Monolitos, particularmente la Piedra del Sol, en el antiguo Museo Nacional situado en el palacio de La Moneda, en el centro histórico de la ciudad de México.

La consigna del libro de Clavigero era la exigencia de conocer mejor la historia antigua de los mexicanos y su libro mostraba a la sociedad mexica en su plenitud, de tal suerte que la conquista y colonización por los españoles aparece como un atentado contra una gran sociedad y una alta cultura. Los intelectuales situados en la transición de la sociedad novohispana al país independiente continúan esta línea de reflexión, desarrollando diversos argumentos con el fin de legitimar el proceso de independencia y señalar las rutas para fundar una nación con su propia identidad, asentada en la tradición del México Antiguo. Una de las tareas señaladas era el estudio de las fuentes históricas y delos testimonios arqueológicos. Este es el papel que fray Servando Teresa de Mier y Carlos María de Bustamante. Este último destaca por su insistencia conocer a fondo la obra de fray Bernardino de Sahagún, difunde, en traducción y comentarios muy discutibles.

Posteriormente estas líneas de investigación son continuadas por la generación siguiente de investigadores, entre quienes destaca José Fernando Ramírez (1804-1871), un político e intelectual que desarrolla una intensa actividad en los turbulentos años de los principios del periodo independiente de México. Destacado político en Durango, forma parte de una familia con sólidos recursos económicos, y dedica parte de sus actividades al trabajo histórico, sobre todo a la búsqueda de obras relativas a la historia antigua. En este sentido, establece contactos con instituciones de investigación de Europa y de Estados Unidos, así como con los libreros de Francia e Inglaterra que negocian con obras antiguas; de esta forma va construyendo un acervo bibliográfico considerable, que se equipara con los que hacen también otros estudiosos franceses en México, como el caso de Joseph Aubin, quien durante su estancia de diez años en México adquiere buena parte de las bibliotecas de Lorenzo Boturini y Antonio de León y Gama, las cuales se mantienen actualmente en la Biblioteca Nacional de París (De la Torre, E., 2001).

En la de México José Fernando Ramírez ocupa diversos cargos políticos de primer orden, así es Secretario de Relaciones Exteriores en dos diferentes gobiernos, entre otros puestos gubernamentales; pero también dedica tiempo a sus investigaciones, de tal suerte que es también un notable estudioso de la obra de Sahagún, ofreciendo una visión amplia de sus investigaciones. Cuando descubre la obra de fray Diego Durán, Historia de la Nueva España e islas de tierra firme, en una biblioteca de España, encarga una copia y se propone publicarla en México, lo que hace posteriormente con un cuidadoso estudio preliminar. El primer volumen aparece en 1867, cuando Ramírez está ya exiliado en Alemania; en tanto que el segundo volumen y el Atlas son publicados hasta 1880.

En su afán de rescatar y estudiar los documentos históricos del México Antiguo, José Fernando Ramírez encuentra un valioso manuscrito en el de San Francisco, en los años en los que el gobierno liberal expropia los bienes de la iglesia y Ramírez es comisionado para rescatar los documentos valiosos de los acervos conventuales. Este documento es conocido como Códice Ramírez, en su honor, aunque actualmente es más conocido por el título que el propio Ramírez le asignó: los Anales de Cuauhtitlán. n documento fundamental para el estudio de la historia y la cultura de los pueblos mesoamericanos del centro de México.

En esta gran empresa de buscar, adquirir, conservar y estudiar los documentos del México Antiguo destaca también la obra de Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), quien reúne una inmensa bibliografía de fuentes históricas. Miembro de una rica familia de hacendados del sur de México, dedica sus esfuerzos y sus recursos a la formación de un notable acervo documental. Tanto Joaquín García Icazbalceta como José Fernando Ramírez se constituyen en los más importantes estudiosos que reúnen, conservan y estudian una documentación fundamental para los estudios históricos de la historia antigua de México. Ambos son referentes centrales de una nueva generación de jóvenes estudiosos que preparan investigaciones históricas fundamentales, respaldados por el acervo de estos dos estudiosos, tal es el caso de Manuel Orozco y Berra y de Alfredo Chavero. Todos ellos sientan las bases de los estudios de la historia de los pueblos mesoamericanos, tanto en el periodo novohispano temprano, como en el anterior a la dominación colonial.

La culminación de esta corriente historiográfica del siglo xix es la obra de don Francisco del Paso y Troncoso (1842-1916), quien ingresa al Museo Nacional, en 1889, como visitador y director interino; en esta condición organiza una Comisión Científica de Cempoala, Veracruz, que realiza sus investigaciones arqueológicas de agosto de 1890 a mayo de 1891. Con su llegada al Museo, del Paso y Troncoso impulsa la producción editorial, moderniza la imprenta y estimula la publicación de fuentes documentales.

En 1892 es nombrado miembro de la Comisión Mexicana en la Exposición Histórico-Americana de Madrid, donde lo acompaña su discípulo Jesús Galindo y Villa. Ya en Europa, Paso y Troncoso decide quedarse para explorar los archivos y bibliotecas en busca de documentos importantes para el estudio de los pueblos indios. En vista de esta situación se le nombra “Director en Misión en Europa” en 1902, por lo que sus funciones administrativas son asumidas por directores “interinos”, hasta 1907, cuando el historiador Genaro García asume la dirección del Museo Nacional con la indicación de preparar, en el ámbito editorial, los trabajos para las celebraciones del “Centenario de la Independencia”, de 1910. Del Paso y Troncoso es quien pronuncia el discurso en náhuatl en la inauguración del monumento a Cuauhtémoc (el 21 de agosto de 1887), situado en la avenida Paseo de la Reforma, ante una nutrida representación gubernamental encabezada por el propio Porfirio Díaz.

El gobierno nombra a una Junta Colombina, presidida por Joaquín García Icazbalceta, para participar en la Exposición Histórico-Americana que habría de tener lugar en Madrid, España, en 1892in embargo no todos los miembros de esta comisión viajan a España el reducido grupo que lo hace está encabezado por don Francisco del Paso, quien se reúne con quien sería el jefe de la comisión, el general Vicente Riva Palacio.

Después de haber participado en esta Exposición, Del Paso se instala en Madrid y comienza una intensa búsqueda de documentos y obras históricas sobre el México Antiguo en bibliotecas y archivos de diferentes países europeos, que le lleva el resto de su vida, pues fallece en la ciudad de Florencia en 1916.Deja en Florencia y en otras ciudades los documentos empacados en cajas listas para enviarse, las que llegan al Museo varios años después. El acervo documental constituye un enorme aporte que no acaba de publicarse, entre ellos son fundamentales las Relaciones Geográficas del siglo XVI, que aparecen en los Papeles de la Nueva España. Durante su estancia en Europa participa en congresos que se llevan a cabo en diferentes países; en 1906 publica el Manuscrito del Real Palacio Matritense; una de sus más importantes contribuciones es el análisis y explicación del Códice Borbónico.

En el campo de la lingüística también encontramos una línea de reflexión que parte de los criollos nacionalistas del siglo xviii; el propio Clavigero había ya indicado la necesidad de tener un conocimiento de las lenguas amerindias habladas en el país. Esta tarea es señalada también por fray Manuel de San Juan Crisóstomo Náxera (1803-1853), quien presenta su Disertación sobre la lengua othomí (1837-1845) en la American Philosophical Society, de Filadelfia, en la que desarrolla un alegato contra las concepciones de los europeos, quienes atribuían características de inferioridad de los pueblos y de las lenguas de América. Náxera es también autor de una Gramática de la lengua Tarasca, publicada póstumamente, en 1870-1875 (Cifuentes, B., 2002).

Sin embargo, el autor más importante por la magnitud y la calidad de su obra es Francisco Pimentel (1832-1893), autor de la obra Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México o Tratado de filología mexicana, publicado en 1862, en donde lleva a cabo la primera descripción de las lenguas de México y establece una clasificación tipológica.

Es necesario indicar la importancia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE) como espacio de discusión y de presentación de los productos de la investigación científica de la época; es en este ámbito en el que Pimentel ingresa, en 1861, con una conferencia sobre la importancia de la filología, señalando que las tres grandes tareas que le incumben son: el origen de las naciones, la mezcla de las razas y las migraciones de los pueblos. En ese mismo año la SMGE establece dos comisiones, encargada de investigar los lugares donde se hablan las lenguas indígenas y el número de sus habitantes, bajo la responsabilidad de Manuel Orozco y Berra; otra dedicada a los estudios lingüísticos, a cargo de Francisco Pimentel (Cifuentes, B., 2002: 89).

Entre los resultados de los trabajos de ambas comisiones están: el libro de Orozco y Berra, publicado en 1864, Geografía de las lenguas y Carta Etnográfica de México, y el libro ya citado de Pimentel, Tratado de filología mexicana. Mientras que en el primero se da una representación cartográfica de la distribución de las lenguas amerindias, en el segundo se ofrece una primera clasificación tipológica de las mismas lenguas. Como apunta B. Cifuentes, es la primera descripción exhaustiva de las lenguas indígenas de México (op. cit.: 93).

Nicolás León (1859-1929), de la primera comunidad antropológica del Museo Nacional, ya en el siglo xx, continuará con la línea de investigación de las lenguas amerindias y reproducirá la tipología establecida por Pimentel. Este mismo investigador tiene un papel fundacional en la introducción de la antropología física. Formado como médico cirujano, incursiona en varios de los campos de las ciencias antropológicas, particularmente a partir de su posición como director del Museo Michoacano. De hecho su formación como científico responde a las características vigentes en la segunda mitad del siglo xix; es decir, asume una condición enciclopédica, pues lo mismo incursiona en el campo de la historia, de la medicina, de la lingüística, como ya lo apuntamos, de la bibliografía, que de la etnología y de la arqueología.

Nicolás León publica en 1919 la primera historia de la antropología física en México, en un artículo que aparece en la revista American Journal of Physical Anthropology. Ahí da cuenta de los diferentes intentos para establecer esta ciencia en el Museo Nacional, a partir de las actividades de algunos miembros de la Comisión Científica formada durante la ocupación francesa, lo que es conocido como Segundo Imperio (1862-1867). En 1887 se forma una Sección de Antropología Física, básicamente a partir de una colección de cráneos precolombinos, pero pronto desaparece; posteriormente, en 1895, con motivo de la realización del xi Congreso Internacional de Americanistas en la ciudad de México, se restablece el Departamento de Antropología, bajo la responsabilidad de los científicos Alfonso L. Herrera y Ricardo Cicero.

Para el año de 1900 Nicolás León ingresa al Museo Nacional como ayudante naturalista y, dos años después, durante la visita del antropólogo físico Ales Hrdlicka, recibe un entrenamiento que lo actualiza tanto en la parte técnica, instrumental, como en la teórica. A partir de entonces comienza a adquirir los instrumentos necesarios para la formación de un laboratorio de antropometría. En 1905 es nombrado profesor de las cátedras de antropología física y de etnología; posteriormente, en 1907, debido a conflictos con el director, Nicolás León sale del Museo Nacional, para regresar en 1911 y dedicarse entonces exclusivamente a la enseñanza de la antropología física; todavía en 1912 viaja a Estados Unidos para recibir las enseñanzas de Hrdlicka, para a su regreso impartir tanto la teoría de la antropología física como la parte técnica, antropometría y osteometría.

La primera escuela de antropología en México (1906-1915)

Justo Sierra Méndez, uno de los más destacados funcionarios del gobierno de Porfirio Díaz, integrante del grupo conocido como “los científicos”, expresa un profundo interés en mejorar la educación nacional, pero sobre todo la superior, teniendo como uno de sus objetivos la fundación de la Universidad Nacional. Así, comisiona, en 1903, a Ezequiel A. Chávez ‒que será su brazo derecho en la organización de la futura universidad‒ para estudiar los sistemas universitarios en varios países europeos y en los Estados Unidos. En ese mismo año incrementa el presupuesto del Museo Nacional para impulsar las investigaciones, particularmente para el trabajo de campo, de tal suerte que cuatro de los profesores llevan a cabo una exploración dentro del campo de sus intereses a finales de 1904 y comienzos de 1905; ellos son Nicolás León, Jesús Galindo y Villa, Manuel M. Villada y Genaro García Granados (Rutsch, M., 2007: 104).

Justo Sierra es nombrado Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes en julio de 1905; dos años después, 1907, Genaro García es designado director del Museo Nacional y se le comisiona para desarrollar diferentes actividades como parte de las celebraciones del Centenario de la independencia de México. Todo esto redunda en el estímulo a las investigaciones, pero particularmente en la organización de los cursos para formar especialistas en el campo de la antropología.

Como resultado de su trabajo de campo, Nicolás León dicta una conferencia en 1905 y publica un ensayo con el resultado de sus investigaciones en la región popoloca, situada en el sur del estado de Puebla. Como expresión de su enfoque enciclopédico y naturalista, Nicolás León recoge datos sobre lingüística, etnografía, antropología física, historia y arqueología, lo que será llamado posteriormente un “método integral”, particularmente en el trabajo que Manuel Gamio realiza en el Valle de Teotihuacán.

Los cursos en el Museo Nacional comienzan en enero de 1906; Nicolás León estará a cargo de los de etnología y antropología física, en tanto que Jesús Galindo y Villa impartirá el de arqueología, Manuel M. Villada el de paleontología y Genaro García el de historia; posteriormente, en 1908, Mariano Rojas será el profesor de idioma mexicano (Rutsch, op. cit.: 139). Nicolás León abandona el Museo Nacional en 1907 a raíz de un conflicto con el director del mismo, Genaro García, y su lugar es ocupado por Andrés Molina Enríquez, quien había ingresado un año antes. En 1911 Nicolás León regresa al Museo y se dedica exclusivamente a la antropología física, tanto en lo que se refiere a la docencia como a sus investigaciones, para lo cual organiza un laboratorio, con una orientación metodológica influida por Paul Broca y por Ales Hrdlicka.

Entre los primeros alumnos que se inscriben en los cursos del Museo están Isabel Ramírez Castañeda, Porfirio Aguirre y Manuel Gamio; para el año de 1910 se inscriben 53 alumnos, entre quienes aparecen varios que posteriormente destacarán como investigadores y como funcionarios; tales son Porfirio Aguirre, Agustín Loera y Chávez, Ignacio B. del Castillo, Luis Castillo Ledón, Juan Bautista Iguíniz y Miguel Othón de Mendizábal; éste último gana por concurso una beca, y posteriormente se incorpora al área de etnología. En 1913 se inscriben 45 alumnos, de los cuales 14 son becarios (Rutsch, M. 2007: 156).

La situación de los cursos del Museo Nacional comienza a cambiar a partir de la inauguración de la Universidad Nacional de México, que tiene lugar en septiembre de 1910, en el marco de las grandes celebraciones del Centenario encabezadas por el dictador Porfirio Díaz. Así, en ese mismo mes tiene lugar el xvii Congreso Internacional de Americanistas, aunque sólo una primera parte, pues la segunda se realiza en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. La Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas, encabezada por Eduard Seler, y organizada con los esfuerzos de Franz Boas y del propio Seler, es también inaugurada en este escenario festivo.

La fundación de la Universidad Nacional habría de implicar una reorganización institucional, pues diversas escuelas de enseñanza profesional se integran, por decreto, a la nueva estructura universitaria, entre ellas la escuela del Museo Nacional. Con esta situación se abre una discusión entre los profesores del Museo para definir el estatuto académico de los cursos que imparten; para fines de diciembre de 1911 la junta de profesores concluye que no otorgará títulos, de tal suerte que los estudios realizados en sus aulas serán considerados como preparatorios para ingresar a la Universidad (Rutsch, M., op. cit.).

Sin embargo, los cursos continúan impartiéndose en los salones del Museo Nacional, de tal manera que en 1913 se inscriben 45 alumnos, de los cuales 14 son becarios, y entre quienes se encuentra Nemesio García Naranjo. A partir de este año la situación de los cursos, y la del país mismo, entra en una profunda crisis política, que tiene como acontecimiento central el golpe de estado que lleva a Victoriano Huerta a la presidencia de la República.

Si bien los cursos se trasladan definitivamente a la Universidad Nacional en 1915, la crisis política de 1913 afecta a los miembros de la comunidad escolar del Museo. La ubicación del Museo, en el centro histórico de la ciudad de México, en el costado norte del Palacio Nacional, donde está la calle de Moneda, lo sitúa en las cercanías del barrio universitario; a una cuadra al oriente está la Academia de San Carlos, donde se forman artistas en diferentes campos de las artes plásticas, y tres calles al norte está la Plaza de Santo Domingo, corazón del barrio. Esto significa que los miembros del Museo están inmersos en la zona de acontecimientos políticos y culturales de alcance nacional, en los que se involucran de diversas maneras.

La ciudad de México reúne al grupo social y político conservador que domina la política nacional; el triunfo del movimiento revolucionario por el que se consigue la renuncia de Porfirio Díaz y se instala como presidente interino Francisco León de la Barra, genera un movimiento de rechazo hacia quien resulta triunfador en las elecciones presidenciales, Francisco I. Madero. Las raíces de la oposición al gobierno de Madero remiten a la situación anterior, en los finales del antiguo régimen. Por una parte, el ejército federal continúa con su misma estructura y privilegios, asimismo la clase dominante de terratenientes y hacendados se mantiene intacta y con ánimos revanchistas; por otra parte, Madero no cumple con algunas de las cláusulas establecidas en los Acuerdos de San Luis, como el inicio del reparto agrario, lo que conduce a la oposición del movimiento zapatista.

Una respuesta a esta situación es el levantamiento de uno de los profesores de la escuela del Museo Nacional, Andrés Molina Enríquez, quien plantea su Plan de Texcoco, del 25 de agosto de 1911, siendo detenido y encarcelado. Este acontecimiento nos deja ver algo que todavía no se ha explorado con detalle: las filiaciones políticas de profesores y alumnos de la comunidad del Museo Nacional. Así, el propio Molina Enríquez publica su obra clásica, Los grandes problemas nacionales (1909) con el apoyo financiero del general Bernardo Reyes, como lo indica en el propio libro. Para estos años, anteriores al estallamiento del movimiento revolucionario, Bernardo Reyes representa una oposición a la dictadura porfirista y de hecho se desarrolla un movimiento que lo respalda en sus ambiciones políticas, las cuales emergen en el contexto de la última reelección del Porfirio Díaz.

Uno de los seguidores reyistas, el doctor Francisco Vázquez Gómez, visita el Museo Nacional con intenciones proselitistas para su movimiento y es retratado con varios de los profesores, entre ellos Molina Enríquez (Rutsch, M., 2007: 143) Posteriormente, ya en el gobierno maderista, el general Reyes se levanta en armas, en noviembre de 1911, pero no teniendo apoyo se entrega y es encarcelado en la prisión militar de Santiago Tlatelolco. Por otra parte, Félix Díaz, sobrino del dictador, también realiza un fallido levantamiento en octubre de 1912, y es llevado a la cárcel de Lecumberri, también en la ciudad de México.

La conspiración anti-maderista crece a comienzos de 1913 y estalla el conflicto militar en la ciudad de México el 9 de febrero; entre quienes aparecen formando parte de este movimiento se encuentran tres miembros de la comunidad escolar del Museo Nacional: un profesor, José Juan Tablada, y dos alumnos, Enrique Juan Palacios y Miguel Othón de Mendizábal. Por un lado, Tablada, periodista, poeta y diplomático, escribe textos críticos y sobre todo satíricos contra el presidente Madero, en un medio periodístico violentamente anti-revolucionario y en particular anti-maderista. Por otro lado Enrique Juan Palacios y Miguel O. de Mendizábal forman parte de los grupos golpistas que ese domingo 9 de febrero se dirigen a la prisión militar para liberar, por la fuerza, al general Bernardo Reyes, y a la de Lecumberri para sacar a Félix Díaz (Guzmán, M.L., 1984: 853, 858).

Todos ellos se encaminan a la Plaza Mayor de la ciudad de México, conocida localmente como el Zócalo. Un contingente es encabezado por los líderes que van a caballo y por gente de a pie que los rodea, con el fin de tomar el Palacio Nacional, que suponían ya tomado por los miembros de la Escuela de Aspirantes. Sin embargo, la fuerzas leales, bajo la iniciativa del general Lauro Villar, los esperan con un despliegue de soldados con las armas listas, fusiles y ametralladoras. El general Reyes se lanza hacia el Palacio y enfrenta a Lauro Villar, conminándolo a rendirse y entregarse. Sin embargo, ante la posibilidad de que el general Villar fuera asesinado, la tropa apostada frente al Palacio de gobierno dispara sus armas y se desata una balacera en la que caen cientos de combatientes, pero sobre todo curiosos y fieles que acudían a la misa dominical de la catedral, situada en el lado norte del Zócalo (Gilly, A., 2013).

El general Bernardo Reyes cae muerto con los primeros disparos, sus acompañantes se dispersan en medio de la balacera. Comienza entonces la llamada Decena Trágica que culmina con el asesinato del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez, así como con la usurpación del poder por el general Victoriano Huerta. Este momento político abre otra etapa armada de la Revolución Mexicana, a raíz del desconocimiento del usurpador Huerta por parte de los gobernadores de los estados del norte del país, encabezados por Venustiano Carranza, quien propone su Plan de Guadalupe para unificar a los opositores a Huerta y enfrentar al ejército del régimen porfirista.

Historia de dos amigos, Enrique Juan Palacios y Miguel Othón de Mendizábal

Enrique Juan Palacios (1881-1953) y Miguel Othón de Mendizábal (1890-1945) entablan una gran amistad en el contexto de la comunidad escolar del Museo Nacional. En 1912 ambos proponen, junto con otro alumno, Porfirio Aguirre, una excursión a una zona arqueológica situada en las márgenes del río Usumacinta, en el estado de Chiapas (López Hernández, H., 2016: 60). Mendizábal está becado, y posteriormente ocupa una plaza dentro del personal del Museo Nacional.

Por su parte, Palacios participa en el mundo académico y cultural instalado en el centro de la ciudad de México; maestro normalista, se acerca a la comunidad del Museo y lleva varios cursos que le conducen a seguir la formación de arqueólogo; de hecho se asume como discípulo de Jesús Galindo y Villa, profesor de arqueología en el Museo. Su presencia en el mundo intelectual y político de la época se advierte en la publicación del libro México en el Centenario de su Independencia, publicado en 1910 y en el que aparece como redactor. En 1914 comienza la redacción de una novela, Paisajes de México. Cien leguas de tierra caliente, publicada en 1916 en las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, uno de los más importantes espacios que reunía a los científicos de la época. En las páginas de esta publicación participaban Nicolás León, Jesús Galindo y Villa y Jorge Engerrand, profesores del Museo Nacional; el propio Palacios “publicó doce trabajos en ese espacio (…) y mantuvo una relación con la sociedad hasta su renuncia al gremio arqueológico, entrado ya el siglo xx” (López Hernández, H., 2016: 62).

No tenemos noticia sobre el paradero y actividades de Mendizábal después de su participación en el movimiento contra el presidente Madero. Es posible que se haya incorporado al ejército zapatista, como lo sugiere el comentario de Moisés Sáenz al referirse a él como antiguo “coronel zapatista” (Sáenz, M. 1936: 55). Lo cierto es que para, los años veinte, Palacios aparece como bibliotecario del Museo, puesto en el que permanece hasta 1924; durante su permanencia publica diversos artículos tanto en los Anales como en el Boletín del Museo.

Con motivo de las celebraciones del centenario de la consumación de la Independencia nacional, en 1921, se prepara la publicación del Álbum histórico mexicano, editado y costeado por Salvador Betancourt y Alejandro Sodi; para su preparación se convoca a un grupo de estudiosos, entre los que se encuentra Enrique Juan Palacios, quien redacta los capítulos correspondientes a “la época prehispánica, la conquista y la hispanidad del país”; participan también Jesús Galindo y Villa, Luis González Obregón y Miguel Othón de Mendizábal (López Hernández, H. 2016: 45).

Para el año de 1925 Enrique Juan Palacios obtiene el nombramiento de arqueólogo en el Departamento de Antropología de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el cual se integra al Museo Nacional. “En este nuevo escenario, los profesores Castillo Ledón, Nicolás León y Ramón Mena renunciaron a sus puestos, mientras que Palacios y Mendizábal se integraron como arqueólogos a la nueva dependencia”. Al año siguiente, 1926, se crea la Dirección de Arqueología, en la sep, “encargada de la inspección, custodia e investigación de los monumentos prehispánicos”, en tanto que la antropología aplicada se instala en el Departamento de Educación Rural e Incorporación Indígena. Entonces el Museo recupera su autonomía, por lo que los antiguos profesores regresan a su seno, excepto Palacios, quien permanece como inspector de arqueología en la sep. Con esto Palacios se incorpora al equipo que había organizado Manuel Gamio desde el Departamento de Antropología de la Secretaría de Agricultura y Fomento, todo este grupo se traslada completo a la SEP cuando Gamio es designado Subsecretario, ya bajo el gobierno de Plutarco Elías Calles, y lo abandona, cuando renuncia a consecuencia de conflictos políticos con el Secretario, Manuel Puig Casauranc (op. cit.: 74).

Miguel Othón de Mendizábal, del Museo Nacional, y Enrique Juan Palacios, de la Dirección de Arqueología, son comisionados en mayo de 1926 para incorporarse al grupo organizado por la Secretaría de Agricultura y Fomento (SAF), con el fin de hacer investigaciones como parte de la campaña para la erradicación de la langosta, para lo cual se embarcan hacia San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, desde donde cada especialista diseñaría su ruta de trabajo. Sin embargo, por falta de recursos la mayor parte del grupo regresa a la ciudad de México, excepto Mendizábal, Palacios y Frank Tannenbaum, que continúan sus respectivos recorridos (op. cit.: 76).

Con los resultados de ese recorrido, Palacios presenta una ponencia en el xxiii Congreso Internacional de Americanistas que se realiza en la ciudad de Nueva York, en septiembre de 1928. El trabajo presentado es una narración que incluye datos etnográficos y opiniones personales del autor: En los confines de la Selva Lacandona es un libro publicado por la SEP, y uno de los primeros en ofrecer una mirada crítica sobre la situación de las monterías, tema que posteriormente sería objeto de varias novelas de B. Traven. Por su parte, Mendizábal publica, varios años después, en 1943, un ensayo sobre la colonización hispana de la selva lacandona, “La conquista espiritual de la ‘Tierra de Guerra’”.

En ese mismo Congreso de Americanistas, Mendizábal presenta uno de sus más importantes trabajos sobre el impacto geopolítico del control de las salinas en las sociedades del México Antiguo, con lo cual abre una reflexión que señala el contraste sociopolítico entre los pueblos cultivadores y los recolectores-cazadores; es decir, hace un primer bosquejo de lo que será posteriormente reconocido como la frontera norte de Mesoamérica (Mendizábal, M.O. 1928). Por su parte, Alfred L. Kroeber, destacado antropólogo discípulo de Franz Boas, presenta en el Congreso su propuesta sobre el establecimiento de áreas naturales y culturales de la América septentrional, que posteriormente publicará como “Cultural and Natural Areas of Native North America”, y donde también anticipa algunas de las características de lo que será la super área cultural mesoamericana (Kroeber, A. L., 1939), quien continúa la tradición de su maestro, preocupado por establecer las relaciones entre geografía y cultura. Otro estudioso, Clark Wissler, también discípulo de Boas, había establecido antes mapas de distribución de rasgos culturales para los pueblos indios de Estados Unidos. Kroeber avanza en este propósito al proponer una relación entre el medio ambiente y los pueblos amerindios de Norte América. Esta propuesta de investigación se continúa en el proyecto del Handbook of South American Indians, dirigido por Julian H. Steward, en 1939, y en el que participa Paul Kirchhoff, con sendas monografías sobre los pueblos del noreste de Sudamérica.

Enrique Juan Palacios publica, en 1929-1930, la primera historia de la arqueología en México; con el título de “Los estudios históricos arqueológicos de México. Su desarrollo a través de cuatro siglos”, aparece en forma de fascículos en el Boletín de la Secretaría de Educación Pública, en los cuales describe, “con sumo detalle y erudición, cada una de las crónicas, tratados e investigaciones versadas sobre el pasado prehispánico, ya fuesen escritas por indígenas o españoles, por nacionales o extranjeros, desde el lejano siglo XVI, hasta el siglo XIX” (López Hernández, H., 2016: 11). Como apunta H. López, esta historia de la arqueología, y mucho del trabajo publicado de Enrique Juan Palacios, han sido ignorados por las historias oficiales de la antropología escritas en la segunda mitad del siglo xx.

Finalmente, para cerrar este apartado, indiquemos que los dos primeros ensayos que publica Mendizábal fueron escritos junto con Enrique Juan Palacios; en ambos la temática y el enfoque corresponden a la tradición histórico-arqueológica de los estudiosos del siglo XIX (Mendizábal, M.O., 1921a y b).

Las investigaciones de Mendizábal

Si bien los primeros trabajos de Miguel O. de Mendizábal muestran su formación histórico-arqueológica, como los hechos con Palacios y otros publicados en la década de los años veinte, gradualmente se abrirá a otros temas con énfasis temáticos diferentes, orientándose cada vez más hacia cuestiones de carácter social y económico.

En respuesta a la apertura hacia América Latina estimulada por la obra de José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública, cuando comienza a configurarse el nacionalismo de la Revolución Mexicana, Mendizábal se lanza a la preparación de una síntesis histórica sobre las grandes civilizaciones del continente americano, básicamente de México y el Perú , como los Ensayos sobre las civilizaciones aborígenes americanas (1924). Moviéndose entre la abundante información histórica desarrolla varias líneas de investigación; por una parte centra su esfuerzo en documentos específicos, como el Lienzo de Jucutácato; por otra parte explora temáticas específicas, como el sustancioso trabajo sobre la influencia de la sal en la distribución de los pueblos mesoamericanos, ya citado antes (1928).

También desde la historia recoge los antecedentes de algunos de los más importantes centros de lo que Alfredo López Austin ha llamado la “tradición religiosa mesoamericana”, como los santuarios de Chalma y de Sacromonte (Mendizábal, M. O., 1922 y 1924), todavía referentes contemporáneos para las grandes peregrinaciones de los Pueblos Originarios de la ciudad de México. Desde esta misma perspectiva lleva a cabo síntesis históricas regionales, como la dedicada al noroeste de México (1930) y la dedicada al oriente de Jalisco y Zacatecas (1943).

Mendizábal explora también las raíces históricas de muchas de las manifestaciones artísticas de los pueblos indios, como la poesía y las canciones populares (1924), el arte plumario (1925b), los bordados y tejidos (1927), o las industrias populares (1929).

Otra veta temática que Mendizábal hereda de los sabios decimonónicos es la cartografía de las lenguas amerindias; así, publica un mapa de la Distribución geográfica de las familias lingüísticas (1928), siguiendo la tradición fundada por Francisco Pimentel en 1862, y continuada por Nicolás León. Posteriormente, y con base en los datos del Censo General de Población de 1930, elabora varias cartas lingüísticas en las que destaca porcentajes de monolingüismo y de bilingüismo, todavía siguiendo la clasificación de Nicolás León (Mendizábal, M.O., 1934). En colaboración con el profesor Wigberto Jiménez Moreno, prepara en 1936 y 1937 sendos mapas de la distribución de los hablantes de lenguas amerindias, tanto en el siglo XVI como en 1930.

Sin embargo, pronto comienza a sensibilizarse hacia los problemas sociales y económicos de los pueblos indios, particularmente en las áreas de la educación y de la salud pública (1925 b y c), así como en el gran tema de esos años, la cuestión agraria. Para los años 30 Mendizábal se embarca en varios proyectos de investigación que tienen como una de sus fuentes principales de información el trabajo de campo. Así, en el proyecto auspiciado, en 1932, por Moisés Sáenz desde la SEP para investigar las causas del fracaso del gran programa educativo en los pueblos indios, decide integrar un equipo con el que se instala en la región purépecha de los Once Pueblos, en el estado de Michoacán –lo que será conocido como Estación Experimental de Incorporación del Indio. Mendizábal es el encargado entonces de realizar un reconocimiento de la situación económica regional (Sáenz, M. 1936).

El gran proyecto de investigación en el que se embarca Mendizábal, que abarca la mayor parte de la década e implica tanto un intenso trabajo de campo como investigaciones en archivos y acervos históricos, es el que desarrolla en el Valle del Mezquital, donde habita una población otomí en condiciones de extrema pobreza y marginación. En esta investigación le acompaña Francisco Rojas González, su discípulo desde el Museo Nacional, quien destaca por sus cualidades de novelista de temática indígena.

El trabajo de campo recibe un impulso cuando se crea, en 1936, la Comisión Intersecretarial del Valle del Mezquital para resolver los problemas de la población otomí de la región, bajo la iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas. En esta iniciativa gubernamental, que convoca a varias instituciones, entre ellas los institutos de Investigaciones Sociales y de Investigaciones Estéticas, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Mendizábal incrementa el número de sus colaboradores, particularmente a raíz de encabezar una comisión que le asigna el presidente Cárdenas, cuando visita la región, para hacer una investigación que sirviera de base a un diagnóstico, y así poder resolver los problemas que otomíes de varias comunidades le plantean directamente al presidente.

Realiza entonces una intensa investigación, tanto en las comunidades que se habían manifestado como en el sistema regional de mercados. En este sentido elabora dos monografías etnográficas sobre sendas comunidades otomíes, para cumplir con el encargo presidencial. Esto, sin embargo, es solamente una parte de su proyecto original, que estaba muy avanzado, cuando Mendizábal fallece, en 1945. La mayor parte de sus investigaciones en el Valle del Mezquital permanece entonces inédita. Estos materiales fueron publicados póstumamente, entre 1946 y 1947, en sus Obras completas, por los Talleres Gráficos de la Nación, bajo el cuidado editorial de su colaborador y discípulo Francisco Rojas González.

Entre los numerosos trabajos inéditos, los del Valle del Mezquital se refieren a su relación con el desarrollo de la industria textil en la sociedad novohispana, pues la actividad económica más importante de la población otomí era la elaboración de diversos productos elaborados con las fibras duras de los diversos agaves que existen en la región, como el izote, el ixtle y la lechuguilla. También explora la historia de la población otomí regional y, finalmente, elabora las monografías etnográficas mencionadas. En los archivos de sus investigaciones quedan numerosos cuadros de concentración de los datos reunidos en el trabajo de campo, así como diversos ensayos sobre problemas sociales y económicos de la sociedad nacional contemporánea; todo este legado se recupera afortunadamente con la publicación de sus Obras completas.

La política

Para fines de la década de los años veinte había un ambiente de intensa actividad política en el contexto del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón en julio de 1928, y la designación de un presidente provisional, Emilio Portes Gil, al término del periodo de Plutarco Elías Calles, en noviembre de ese mismo año, quien convocaría a elecciones presidenciales.

Entre los investigadores del área de antropología de la SEP, se propone en septiembre de 1928 la creación de la Sociedad de Antropología y Etnografía, cuyo presidente es Carlos Basauri, un investigador especialista en etnografía, que tendría como publicación propia la revista Quetzalcóatl; el núcleo de este grupo lo constituye el equipo formado por Manuel Gamio y trasladado a la SEP. Por su parte, otro grupo de intelectuales, integrantes del Bloque de Obreros Revolucionarios, funda la revista Crisol, ya en 1929, entre cuyos miembros encontramos a Miguel Othón de Mendizábal, que publica varios artículos en sus páginas; otras personalidades de este Bloque son Gilberto Loyo, primer demógrafo graduado en Italia, Manuel Maples Arce, poeta, Fermín Revueltas, pintor, Rosendo Salazar, dirigente obrero, Adolfo Ruíz Cortines, futuro presidente del país (1946-1952) y otros políticos e intelectuales (Urías Horcasitas, B, 2007: 33).

Durante el gobierno de Emilio Portes Gil surge un movimiento estudiantil para exigir la autonomía de la Universidad Nacional de México, hasta entonces integrada a la SEP y sometida a los vaivenes burocráticos de esos años. El movimiento tiene éxito, y la Universidad logra su autonomía en julio de 1929, cuando se le otorga su ley orgánica. Sin embargo, con este hecho se inicia un largo proceso de fricciones entre las autoridades universitarias y el gobierno nacional, lo que redunda en el otorgamiento de un presupuesto muy bajo. Había la intención de convertir a la UNAM en una universidad privada, en tanto que los esfuerzos gubernamentales se orientarían a la creación de una institución organizada para formar profesionales del área técnica, en oposición a la educación que impartía la UNAM, centrada en las llamadas carreras liberales y humanísticas.

En ese contexto inestable y de escasos recursos se funda en 1930 el Instituto de Investigaciones Sociales (IIS), con una dirección rotativa de seis personalidades, entre ellas Manuel Gamio y Alfonso Caso; sin embargo, esta dirección no funciona en la práctica y quien mantiene las actividades con el bajo presupuesto es su secretario académico, Miguel Othón de Mendizábal, quien tiene como su ayudante a Francisco Rojas González. La frágil situación de este Instituto tiene un momento de mayor vitalidad y acción cuando se funda la Comisión Intersecretarial para estudiar y enfrentar los problemas sociales y económicos de la población otomí del Valle del Mezquital; es entonces cuando, bajo la rectoría de Luis Chico Goerne, se establece un acercamiento con las instituciones gubernamentales. Manuel Gamio asume la dirección del IIS y se despliega el proyecto de investigaciones antropológicas en el Valle del Mezquital; participan también el Instituto de Investigaciones Estéticas, a través de dos estudiosos de la música tradicional, Gabriel Saldívar y Vicente T. Mendoza, y el Instituto de Geología. Sin embargo, Manuel Gamio renuncia poco tiempo después y nuevamente Mendizábal queda a cargo de las investigaciones.

Mientras tanto, en el agitado ambiente político del nacionalismo revolucionario impulsado por el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940), Miguel Othón de Mendizábal y Jesús Silva Herzog fundan la Universidad Gabino Barreda, de la que Mendizábal es el primer, y único, rector, pues poco después se convierte en la Universidad Obrera, bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano, por ese entonces uno de los más importantes dirigentes del movimiento obrero.

Desde los años de las presidencias de Pascual Ortiz Rubio (1931-1932) y de Abelardo Rodríguez (1933-1934) comienzan a definirse dos orientaciones de la educación pública, y particularmente la relativa a los pueblos indios; esto se expresa en la pugna entre Moisés Sáenz, quien se propone fundar una educación indígena, organizada a partir de las características sociales y culturales de los pueblos indios, y Narciso Bassols, orientado hacia una educación igual para todos los mexicanos, pero con un énfasis en la situación social y económica de la población campesina, entre quienes están los pueblos indios, impartiendo una educación técnica dirigida a la mejoría de las condiciones de la producción agropecuaria.

En el gobierno de Lázaro Cárdenas se desarrollan ambas políticas; por una parte se despliega una intenso programa de reparto de tierras a las comunidades campesinas; por la otra se inicia una política indigenista formal a través de la creación del Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas, en 1936, cuya organización es diseñada por Moisés Sáenz y enviada al presidente Cárdenas. En este proceso Mendizábal tiene una activa participación, particularmente en una polémica que se desata sobre la orientación de dicho departamento; por una parte, los miembros del Partido Comunista reclaman una autonomía para los pueblos indios, uno de cuyos resultados es la organización del Consejo Supremo de la Raza Tarahumara, fundado en 1937. Por la otra, Vicente Lombardo Toledano propone también una autonomía para los pueblos indios, pero advierte que debe ocurrir después de haberse realizado una revolución socialista. Finalmente, Mendizábal defiende la posición oficial de la política indigenista, la “mexicanización” de los pueblos indios; es decir, lo que también se conocerá como una política de incorporación (Medina, A., 1988).

Sin embargo, el proyecto educativo de establecer una educación orientada a la formación de técnicos, impulsado por Narciso Bassols y Luis Enrique Erro, comienza a tomar cuerpo en el proyecto del Instituto Politécnico Nacional (IPN) que se inicia en 1936 y comienza sus actividades en 1937. Aquí, Mendizábal tiene una activa participación en el establecimiento de varias escuelas: por una parte propone, junto con Jesús Silva Herzog, la creación de una Escuela de Economía, lo que se consigue. Posteriormente, muestra en diversos estudios la elevada concentración de la atención médica en las ciudades, por lo que reclama la urgente necesidad de formar médicos para el sector rural, creándose así la Escuela de Medicina Rural, cuyos egresados tenían prohibido ejercer en el sector urbano. Finalmente, después de su intensa experiencia en el Valle del Mezquital para realizar investigaciones etnográficas e históricas orientadas a la solución de los agudos problemas sociales, económicos, de salud y educativos, participa en la organización del Departamento de Antropología, dentro de la Escuela de Ciencias Biológicas, del IPN, fundado en 1937, pero cuyas actividades escolares comienzan en 1938.

La experiencia adquirida en el Valle del Mezquital le conduce a definir el perfil profesional de los antropólogos formados en el IPN como técnicos que actúan como intermediarios entre los pueblos indios y las instituciones gubernamentales encargadas de solucionar los problemas de tales poblaciones. Esta es una orientación que será conocida posteriormente como antropología social y, particularmente en el periodo que sigue a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), como antropología aplicada.

Desde el inicio de sus actividades, el Departamento de Antropología de la Escuela de Ciencias Biológicas, del IPN, establece un plan de estudios con la orientación teórica culturalista de la tradición fundada por Franz Boas en los Estados Unidos. Con el traslado de este Departamento ‒en 1940‒ de su sede original, en el casco de la ex hacienda de Santo Tomás en el oriente de la ciudad de México, a los salones del Museo Nacional en pleno centro de la ciudad, se inicia la consolidación del programa que formará a los nuevos profesionales de la antropología; los estudios duran cuatro años, dos de estudios generales y dos dedicados a los estudios de especialización en una de las cuatro áreas de la antropología cultural: antropología física, arqueología, etnología y lingüística.

En octubre de 1937 se funda la Sociedad Mexicana de Antropología (SMA), con su publicación, la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos, en la cual se reúnen los especialistas que laboran en los diferentes campos de la antropología; a su cabeza está el arqueólogo Alfonso Caso, con Rafael García Granados y Daniel F. Rubín de la Borbolla como secretarios; éste último funge como director del Departamento de Antropología. Mendizábal es uno de los organizadores de la SMA y un activo participante en las actividades que desarrolla, particularmente el programa de conferencias.

Para 1939 se funda el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), con Alfonso Caso como primer director; esta institución incorpora al Museo Nacional y al antiguo Departamento de Monumentos Históricos, Artísticos y Arqueológicos, que se divide en los departamentos de Monumentos Prehispánicos y de Monumentos Coloniales; además, también se incorpora, ya en 1940, el Departamento de Antropología, del IPN, ahora como Escuela Nacional de Antropología; aquí Mendizábal desarrolla una intensa actividad magisterial que pronto le gana el aprecio y la admiración de maestros y alumnos. Años después, en 1950, un grupo de estudiantes (entre quienes están Rolf Stavenhagen, Guillermo Bonfil, Leonel Durán y Carlos Navarrete) se reúne en una cantina del centro histórico de la Ciudad de México y funda el Grupo Cultural Miguel Othón de Mendizábal (comunicación personal de Carlos Navarrete, 2 de abril de 2019); algunos de sus miembros serán destacados profesionales y publican en 1970 el libro De eso que llaman antropología mexicana y posteriormente se convierten en activos funcionarios del gobierno mexicano.

Mendizábal participa también en el Primer Congreso Indigenista Interamericano que se realiza en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán, en abril de 1940, cuya organización a lo largo de varios años fue resultado de la intensa actividad de cabildeo desarrollada por John Collier, Comisionado de Asuntos Indígenas de los Estados Unidos, y Moisés Sáenz, entonces embajador de México en el Perú y estudioso de la educación en los pueblos indios, como en Perú y Ecuador, además de su experiencia educativa en México desde los días en que ocupó el cargo de Subsecretario de Educación en el gobierno del presidente Calles. Una de las resoluciones de los congresistas es la de la fundación del Instituto Indigenista Interamericano, cuya sede se establecería en la ciudad de México, y como su primer director se designa a Moisés Sáenz; sin embargo, su inesperado fallecimiento en Perú le impide asumir el cargo, ocupándolo, a partir de 1942, Manuel Gamio.

En pleno arranque y crecimiento de la comunidad antropológica mexicana, con el complejo institucional fortaleciendo sus diferentes jurisdicciones, Miguel Othón de Mendizábal fallece el 22 de febrero de 1945, generando una gran consternación, pues era una personalidad notable, activa y querida en el medio antropológico. Su gran amigo Jesús Silva Herzog propone la publicación de todos sus trabajos en los Talleres Gráficos de la Nación. Las Obras Completas de Mendizábal abarcan seis volúmenes; en el primero se reúnen las contribuciones de sus amigos y colegas, entre ellos Enrique Juan Palacios, quien en una nota a pié de página de su texto, “Prehistoria de México”, expresa:

Habiéndole conocido muy de cerca y largos años, cúmpleme decir, en justificada apreciación, aun cuando en forma del todo sucinta: estuvo dotado de facultades intelectuales muy agudas, golpe de vista rápido y certero, y notable don de gentes (…) De su vida agitada y aun aventurera, hay un tropel de anécdotas, no pocas reveladoras del temple del sujeto y de sus variadas dotes. Aún en trances difíciles no le abandonaban el fértil humorismo, la sangre fría, la percepción y el conocimiento instantáneo de cosas y casos (Palacios, E.J., 1946: 213).

El mismo año de la publicación de su texto, 1946, Palacios se retira de sus labores profesionales; fallece en marzo de 1953.

Epílogo

Miguel Othón de Mendizábal se forma en la primera comunidad de estudios antropológicos que surge en el Museo Nacional en los comienzos del siglo xx y en el contexto sociopolítico de la dictadura de Porfirio Díaz; su entorno cultural y científico está dominado por el positivismo, corriente filosófica asumida como oficial por la elite porfirista, y por el darwinismo. Son los tiempos cuando Justo Sierra, ministro de educación, impulsa las investigaciones antropológicas e históricas incrementando el magro presupuesto con el que contaban.

Esta primera comunidad recibe las tradiciones históricas fundadas por el nacionalismo criollo, entre ellas la búsqueda de los documentos históricos relativos al México Antiguo, como llamaba Francisco Xavier Clavigero a las ahora conocidas como sociedades mesoamericanas. Esta poderosa corriente nacionalista cruza todo el siglo XIX y llega floreciente a los comienzos del XX, como lo muestra el linaje intelectual que se desprende de los criollos nacionalistas y continúa con los ideólogos del periodo independiente, desde Carlos María de Bustamante y José Fernando Ramírez hasta Francisco del Paso y Troncoso.

El gran tema de investigación es el de los orígenes de los pueblos del México antiguo, en una perspectiva dominada por el evolucionismo, particularmente del procedente de H. Spencer, en el último tercio del siglo XIX. Así, la lingüística, la arqueología y la etnografía contribuyen a esta reconstrucción de los procesos históricos de los pueblos que conformaban el México Antiguo. Sin embargo el tema central de todos estos estudios es el estatuto racial de los pobladores, antiguos y contemporáneos. El tema de la raza domina las discusiones de los especialistas, y de los políticos también, durante el régimen porfirista; el estatuto racial de los pueblos indios está en el centro de las discusiones. Son considerados como un “problema” que se busca resolver de diferentes maneras, ya sea con políticas de colonización que logren su “blanqueamiento”, ya por programas educativos.

Frente a esta tradición, los profesores del Museo Nacional, que forman parte de la prístina comunidad antropológica, asumen dos posiciones: la que continúa la tradición nacionalista y se concentra en los estudios etnográficos, lingüísticos y de antropología física para establecer los orígenes y el estatuto racial de los pueblos indios; y aquella otra que propone una “ingeniería social” para intervenir en la situación de la población nacional.

Estas dos orientaciones teóricas y metodológicas están representadas por los dos profesores de etnología: la primera por Nicolás León, cuyo campo de acción abarca también la arqueología, la lingüística, la historia y, sobre todo la antropología física, quien asume la posición positivista de tomar distancia de su objeto de estudio; en cambio Andrés Molina Enríquez se inclina por una intervención que cambie la situación de los pueblos indios, y tanto su planteamiento sobre los “grandes problemas nacionales”, que incidirá en la legislación agraria de la Constitución de 1917, como su acción política, expresada en el “Plan de Texcoco” con el que desconoce al gobierno del presidente interino, Francisco León de la Barra, en agosto de 1911, muestra su coherencia personal y profesional.

Mientras que la tradición evolucionista y positivista se continúa en el Museo Nacional, y posteriormente en los departamentos de antropología, arqueología y antropología física de la SEP, la ciencia aplicada a los problemas sociales de la sociedad mexicana es seguida por otros discípulos de la primera comunidad antropológica, entre los que destacan Manuel Gamio y Miguel Othón de Mendizábal. El primero establece su posición en el libro Forjando patria, publicado en 1916, y la desarrolla con el gran proyecto de investigación regional en el Valle de Teotihuacán, desde la SAF, donde organiza su Departamento de Antropología, y cuyos resultados se consignan en su libro La población del Valle de Teotihuacán, publicada en 1922.

Miguel Othón de Mendizábal expresa en sus obras una transición desde la posición evolucionista académica, que muestra en la mayor parte de sus trabajos de los años veinte, en línea con las tradiciones científicas decimonónicas, a una ingeniería social, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, en los años treinta, cuando asume un papel estratégico que incide en la fundación de las más importantes instituciones indigenistas y antropológicas. Su concepción del antropólogo como intermediario entre los pueblos indios y el gobierno federal muestra esta orientación, como también sus propuestas para fundar las escuelas de Medicina Rural y de Economía, en el IPN.

La concepción evolucionista que domina los estudios antropológicos llega a su fin con la fundación de la Escuela Nacional de Antropología, el INAH, la Sociedad Mexicana de Antropología y el Instituto Indigenista Interamericano, a cuya fundación contribuyó Mendizábal en mayor o menor medida. Comienza entonces a establecerse la tradición boasiana, expresada en el plan de estudios de la Escuela de Antropología, con sus cuatro campos –antropología física, arqueología, etnología y lingüística– unidos por una teoría general de la cultura, así como con la llegada de la escuela funcionalista, representada por Sol Tax, de la Universidad de Chicago, quien entrena a los estudiantes de la ENAH en una disciplina rigurosa para el trabajo de campo, heredada de los funcionalistas británicos.

En la arqueología comienza una transición hacia el evolucionismo multilineal, con la influencia de V. Gordon Childe y de Julian Steward. Mientras tanto, en la lingüística, Mauricio Swadesh, presente en la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas y en el Consejo Nacional de Lenguas, en 1939, funda un programa orientado no solamente al estudio de las lenguas amerindias con los nuevos recursos de la lingüística antropológica, sino sobre todo a su aplicación para dotar a los pueblos indios de los instrumentos que les permitan publicar sus propios textos en su lengua amerindia. De hecho Swadesh sienta las bases de lo que será una escuela mexicana de lingüística.

El eje de todo el complejo institucional y de buena parte de la práctica de investigación es el establecimiento de una propuesta teórica que asumirá el rol de un paradigma. Como continuación de su formación en la etnología alemana y en conjunción con los planteamientos de A.L. Kroeber y Julian H. Steward, Paul Kirchhoff propone un área cultural caracterizada por una serie de elementos que remiten a una alta cultura, Mesoamérica.

En un artículo que publica la revista Acta Americana, en 1943, editada en México, aparece la propuesta, que de inmediato es asumida por la comunidad antropológica nacional, pero especialmente por los arqueólogos que laboran en el INAH. Los estudios etnográficos, etnológicos, lingüísticos y de antropología física incorporan gradualmente esta perspectiva teórica (Medina, A., 2015). Bajo este nuevo paradigma se escribe la historia de la antropología y se establecen los “precursores”, el padre fundador, sus herederos legítimos y aquellas investigaciones consideradas “legítimas” desde esta nueva perspectiva. En esta historia no aparecen ni Miguel Othón de Mendizábal, ni Enrique Juan Palacios. En este sentido es necesario reconsiderar las “otras” historias, en las que participan numerosos investigadores considerados “marginales” o que son simplemente ignorados por las ideas dominantes. Así, las investigaciones sobre Enrique Juan Palacios y Miguel Othón de Mendizábal nos permiten construir una historia más compleja, ajena a la mitología de los “padres fundadores”.

Obras de Miguel Othón de Mendizábal referidas en el texto

(1921a), Quetzalcóatl y la irradiación de su cultura en el antiguo territorio mexicano. Monografías del Museo Nacional, México. (En colaboración con Enrique Juan Palacios).

(1921b), El Templo de Quetzalcóatl en Teotihuacán. Significación histórica del monumento, Monografías del Museo Nacional, México. (En colaboración con Enrique Juan Palacios).

(1922), “El santuario de San Miguel de Chalma”, Azulejos, tomo I, núm. 7.

(1924a), Ensayos sobre las civilizaciones aborígenes americanas, Museo Nacional, México.

(1924b), “La poesía indígena y las canciones populares”, Boletín del Museo Nacional, 4ª. Época, tomo II, no. 4.

(1924c), “El santuario del Señor del Sacro Monte”, Conozca Ud. A México, tomo I.

(1925a), “El jardín de Nezahualcóyotl”, Ethnos, 3ª época, nos. 3 y 4, México.

(1925b), “El arte plumario”. Páginas etnológicas, El Globo, 20 de marzo.

(1926), El lienzo de Jucutácato. Su verdadera significación, Monografías del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, México.

(1927a), “Los cantares y la música indígena. Las canciones y los bailables populares de México”, Mexican Folkways, vol. 3, no. 2.

(1927b) ,“Los animales en los tejidos y bordados indígenas”, Forma, no. 3.

(1928a), Distribución geográfica de las familias lingüísticas (clasificación del Dr. León). Supervivencia de las lenguas indígenas de México, Departamento de Estadística Nacional, México.

(1928b), La influencia de la sal en la distribución geográfica de los grupos indígenas de México, Imprenta del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, México.

(1934), “Cartas lingüísticas”, México en cifras, Dirección General de Estadística, México.

(1936), Distribución prehispánica de las lenguas indígenas de México (en colaboración con Wigberto Jiménez Moreno), Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México. Mapa.

(1937), Distribución de las lenguas indígenas de México, conforme al Censo de 1930, por municipios, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México. Mapa.

(1943a), “Colonización del oriente de Jalisco y Zacatecas”, Tercera Mesa Redonda sobre Problemas Antropológicos de México y Centro América, Sociedad Mexicana de Antropología, México.

(1943b), “La conquista espiritual de la ´Tierra de Guerra’”, Cuadernos Americanos, Vol. 8: 123-136.

(1946a),“Antecedentes históricos del valle del Mezquital”, Obras completas, Vol. VI: 7-150, Talleres Gráficos de la Nación, México.

(1946b), “Condiciones económicas, sociales y políticas del municipio de Santa María Tepeji”, Obras completas, Vol. VI: 199-236, Talleres Gráficos de la Nación, México.

(1946c), “Monografía de Capula”, Obras completas, Vol. VI: 237-256, Talleres Gráficos de la Nación, México.

Bibliografía citada

Brading, David (1980), Los orígenes del nacionalismo mexicano, Editorial Era, México.

Cifuentes, Bárbara (2002), Lenguas para un pasado, huellas de una nación. Los estudios sobre lenguas indígenas de México en el siglo XIX, Plaza y Valdés/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

De la Torre Villar, Ernesto (2001), “Vida y obra de José Fernando Ramírez”, en Obras históricas I. Época prehispánica, Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Galindo y Villa, Jesús (1923), “Don Francisco del Paso y Troncoso. Su vida y sus obras”, Anales del Museo Nacional, 4ª época, pp. 305-331.

Gamio, Manuel (1922), La población del Valle de Teotihuacán, Dirección de Antropología, Secretaría de Agricultura y Fomento, Talleres Gráficos de la SEP, México.

Gamio, Manuel (1982), Forjando patria, Editorial Porrúa, México.

García Blanco, Eleatriz (1988), “Francisco Rojas González”, en García Mora, Carlos (editor), La antropología en México. Panorama histórico, vol. 11: 319-340, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Gilly, Adolfo (2013), Cada quien morirá por su lado. Una historia militar de la Decena Trágica, Ediciones Era, México.

Guzmán, Martín Luis (1984), “Febrero de 1913”, Obras completas, vol. II: 843-889, Fondo de Cultura Económica, México.

Kirchhoff, Paul (1960), “Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales”, Suplemento de la revista Tlatoani, Nº 3, Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México.

Kroeber, Alfred L. (1939), “Cultural and Natural Areas of Native North America”, University of California Publications on American Archaeology and Ethnology, vol. XXXIII, University of California Press, Berkeley.

León, Nicolás (1919), “Historia de la antropología física en México”, American Journal of Physical Anthropology, Vol. II, Nº 3: 229-264.

León y Gama, Antonio de (1990), “Descripción histórica y cronológica de las dos piedras”, en Matos, Eduardo (coord.), Trabajos arqueológicos en el centro de la ciudad de México, pp. 43-95, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

López Hernández, Haydeé (2016), Los estudios histórico-arqueológicos de Enrique Juan Palacios, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Medina Hernández, Andrés (1988), “A propósito del 68 mexicano. Antropología, Marxismo y la Cuestión Étnica”, Anales de Antropología, vol. 24: 171-198.

Medina Hernández, Andrés (2015), “La cosmovisión mesoamericana. La configuración de un paradigma”, en Gámez Espinosa, Alejandra y Alfredo López Austin (coordinadores), Cosmovisión mesoamericana. Reflexiones, polémicas y etnografías, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México.

Molina Enríquez, Andrés (1978), Los grandes problemas nacionales. 1909, Ediciones Era, México.

Moreno de los Arcos, Roberto (1984), La polémica del darwinismo en México: siglo xix, Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Palacios, Enrique Juan (1946), “Prehistoria de México”, en Mendizábal, Miguel Othón de, Obras completas, vol. 1: 179-222, Talleres Gráficos de la Nación, México.

Palacios, Enrique Juan (2016), “Los estudios históricos arqueológicos de México. Su desarrollo a través de cuatro siglos”, en López Hernández, Haydeé, Los estudios históricos-arqueológicos de Enrique Juan Palacios, pp. 95-196, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Rutsch, Mechthild (2004), “Sobre historia de la antropología mexicana: 1900-1920”, en Rutsch, M. y Mette Marie Wacher (coordinadoras), Alarifes, amanuenses y evangelistas. Tradiciones, personajes, comunidades y narrativas de la ciencia en México, pp. 275-292, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Universidad Iberoamericana, México.

Rutsch, Mechthild (2007), Entre el campo y el gabinete. Nacionales y extranjeros en la profesionalización de la antropología mexicana (1877-1920), Instituto Nacional de Antropología e Historia/ Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Sáenz, Moisés (1936), Carapan. Bosquejo de una experiencia, Librería e Imprenta Gil, Lima, Perú.

Sommers, Joseph (1966), Francisco Rojas González, exponente literario del nacionalismo mexicano, Universidad Veracruzana, Xalapa.

Trabulse, Elías (2003), “Epílogo”, en Francisco Xavier Clavigero, Historia Antigua de México, Tomo II: 1-27, Gobierno del Estado de Puebla, México.

Urías Horcasitas, Beatriz (2007), Historias secretas del racismo en México (1920-1950), Tusquets Editores, México.

Warman, Arturo y otros (1970), De eso que llaman antropología mexicana, Editorial Nuestro Tiempo, México.